El granero quedó en silencio cuando Ramé terminó de moverse.
El último giro fue lento.
Controlado.
Sus pies se deslizaron sobre la madera con la misma naturalidad con la que lo hacían sobre el hielo.
Pero al final no había aplausos.
Solo el sonido suave del viento golpeando las paredes exteriores del granero.
Ramé se detuvo.
Su respiración era ligera, apenas acelerada.
Se pasó una mano por el cabello, apartando un mechón que había caído sobre su rostro.
—Creo que olvidé algunas partes —dijo con una pequeña risa.
Mateo negó con la cabeza desde donde estaba apoyado contra un barril.
—No olvidaste nada.
Laurent tampoco había apartando la mirada.
—El cuerpo recuerda.
Ramé sonrió.
Pero cuando levantó la vista, se dio cuenta de que Meraki seguía observándola.
No con la expresión fría que normalmente tenía.
Había algo distinto.
Algo más silencioso.
Más profundo.
Ramé caminó hacia él.
—¿Qué?
Meraki tardó un segundo en responder.
—No olvidaste nada.
Ramé inclinó la cabeza.
—Eso suena exactamente como algo que diría mi tío Laurent.
Laurent sonrió con discreción.
—No es un mal estándar.
Meraki bajó la mirada hacia el suelo de madera.
Sus pies se movieron apenas.
Un pequeño ajuste de postura.
Un gesto casi imperceptible.
Pero Laurent lo notó.
—Tu cuerpo quiere hacerlo.
Meraki levantó la mirada de inmediato.
—No.
Mateo suspiró suavemente.
—No hay presión aquí.
Laurent caminó unos pasos más cerca.
—El movimiento no pertenece al pasado.
Meraki sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.
Ramé observaba la escena en silencio.
No había insistencia en su mirada.
Solo curiosidad.
Y algo más…
confianza.
Meraki negó lentamente.
—No bailo.
Laurent asintió.
—Entonces no lo hagas.
Se hizo a un lado.
—Pero quédate aquí un momento.
Meraki no se movió.
Ramé volvió al centro del espacio.
—Bueno —dijo mientras giraba lentamente sobre la madera—. Entonces tendré que bailar por los dos.
Mateo rió.
—Eso parece.
Ramé comenzó nuevamente.
Esta vez sus movimientos eran más ligeros.
Menos estructurados.
Más libres.
No estaba ejecutando una coreografía.
Simplemente se movía.
El sonido de sus pies sobre la madera era suave.
Rítmico.
Meraki observaba.
Intentando ignorar la forma en que su cuerpo reconocía cada movimiento.
Cada giro.
Cada transición.
Era como escuchar una canción que había amado durante años y luego había jurado no volver a escuchar.
Y sin embargo…
su cuerpo recordaba la música.
Ramé hizo un pequeño salto.
Aterrizó con ligereza.
Pero al girar perdió el equilibrio por una fracción de segundo.
Tuvo que extender los brazos para estabilizarse.
Mateo levantó una ceja.
—Ese giro fue optimista.
Ramé rió.
—Muy optimista.
Meraki habló antes de poder detenerse.
—Entraste demasiado rápido.
Todos lo miraron.
Ramé sonrió lentamente.
—¿Sí?
Meraki asintió.
—Tu peso estaba adelantado.
Ramé caminó hacia él.
—Entonces muéstrame.
El silencio se instaló en el granero.
Meraki se quedó completamente quieto.
—No.
Ramé no insistió.
Solo lo observó durante unos segundos.
Luego dijo con calma:
—Está bien.
Se alejó unos pasos.
Pero volvió a intentar el movimiento.
Esta vez más despacio.
Más concentrada.
Giró.
Aterrizó.
Pero el equilibrio volvió a fallar.
Mateo cruzó los brazos.
—Tal vez necesitas un profesor.
Ramé levantó una ceja.
—Tengo uno.
Miró directamente a Meraki.
Meraki soltó una pequeña exhalación.
Algo dentro de él estaba luchando.
Laurent observaba en silencio.
Había visto ese tipo de batalla antes.
Muchas veces.
Finalmente Meraki habló.
—El eje está mal.
Ramé sonrió.
—Sí, eso dijiste antes.
Meraki caminó lentamente hacia el centro del suelo de madera.
Sus pasos eran controlados.
Pero algo en el aire cambió.
Mateo dejó de apoyarse en el barril.
Laurent observó con atención.
Meraki se detuvo frente a Ramé.
—Observa.
Ramé asintió.
Meraki colocó los pies en posición.
Durante un momento pareció dudar.
Pero entonces…
se movió.
El primer giro fue lento.
Perfectamente equilibrado.
Su postura era impecable.
Los brazos describieron un arco elegante en el aire.
La transición hacia el salto fue natural.
Instintiva.
Saltó.
Giró.
Aterrizó con una precisión silenciosa.
El granero quedó completamente quieto.
Ramé lo miraba con los ojos abiertos.
Mateo soltó una pequeña risa impresionada.
—Bueno…
Laurent sonrió suavemente.
—Ahí está.
Meraki se quedó inmóvil después de aterrizar.
Como si hubiera olvidado respirar.
Había pasado mucho tiempo.
Demasiado.
Pero el movimiento había salido sin esfuerzo.
Como si el cuerpo hubiera estado esperando ese momento.
Ramé habló en voz baja.
—Eso fue hermoso.
Meraki apartó la mirada.
—Fue técnico.
Ramé negó con la cabeza.
—No.
Su sonrisa era suave.
—Fue hermoso.
Laurent caminó lentamente hacia él.
—¿Ves?
Meraki no respondió.
Laurent colocó una mano ligera sobre su hombro.
—El arte no desaparece.
Mateo añadió con una sonrisa tranquila:
—Solo espera.
Ramé volvió a colocarse en posición.
—Bien.
Meraki levantó una ceja.
—¿Bien qué?
Ramé señaló el espacio frente a él.
—Ahora hazlo otra vez.
Meraki frunció el ceño.