Cuando el sol comenzó a caer detrás de las colinas, el granero estaba lleno de una luz dorada suave.
El polvo suspendido en el aire parecía flotar lentamente, iluminado por los rayos de la tarde que entraban por las ventanas altas.
Habían pasado horas.
Meraki no recordaba la última vez que el tiempo se le había escapado de esa manera.
Normalmente cada minuto de su día estaba calculado.
Medido.
Controlado.
Pero en el granero, enseñándole a Ramé a controlar el eje de sus giros y el equilibrio de sus saltos, algo extraño había ocurrido.
El tiempo simplemente… había pasado.
Ramé estaba sentada en el suelo de madera, con las piernas extendidas frente a ella.
Su respiración todavía estaba ligeramente agitada.
—Creo —dijo mientras se dejaba caer hacia atrás apoyándose en las manos— que mis piernas ya no funcionan.
Mateo, que había estado observando desde un rincón del granero durante buena parte del entrenamiento, soltó una pequeña risa.
—Eso se llama entrenamiento real.
Ramé levantó la cabeza hacia él.
—¡Yo entreno todos los días!
Mateo levantó una ceja.
—Pero hoy entrenaste con un bailarín.
Ramé miró a Meraki con una sonrisa divertida.
—Eso explica por qué fue tan difícil.
Meraki estaba de pie cerca de la ventana abierta del granero.
El aire frío de la tarde entraba lentamente, mezclándose con el olor de la madera y la tierra.
Observaba el viñedo desde la altura.
Las sombras comenzaban a alargarse sobre las hileras de plantas.
Ramé se puso de pie con cierta dificultad.
—De verdad… no sabía que podías moverte así.
Meraki no respondió inmediatamente.
—Hace mucho tiempo.
Ramé caminó hacia él.
—Pero todavía está ahí.
Meraki miró hacia el horizonte.
—No importa.
Ramé lo observó durante un momento largo.
—Para mí sí importa.
Meraki giró la cabeza ligeramente hacia ella.
—¿Por qué?
Ramé se encogió de hombros.
—Porque cuando te mueves así… no pareces enojado.
El comentario lo tomó desprevenido.
Ramé continuó con naturalidad:
—Pareces… libre.
Meraki apartó la mirada.
Libre.
Era una palabra que ya no utilizaba para describirse a sí mismo.
Laurent apareció en la entrada del granero en ese momento.
—Creo que es hora de cenar.
Mateo se estiró.
—Gracias a Dios.
Ramé levantó una ceja.
—¿Tienes hambre otra vez?
Mateo sonrió.
—Siempre.
La cena
La casa estaba cálida cuando regresaron.
La chimenea seguía encendida y el aroma de comida recién preparada llenaba la cocina.
Laurent colocó una gran olla sobre la mesa.
—Sopa de verduras.
Mateo apareció con pan recién horneado.
—Y pan.
Ramé se dejó caer en una silla.
—Creo que nunca había tenido tanta hambre.
Mateo se sentó frente a ella.
—Eso es porque trabajaste de verdad hoy.
Ramé lo miró con indignación fingida.
—¡Trabajo todos los días!
Meraki tomó asiento al lado de la mesa.
Laurent sirvió la sopa con calma.
El vapor subía lentamente desde los platos.
Durante unos minutos nadie habló.
Solo se escuchaban los sonidos suaves de los cubiertos y el fuego de la chimenea.
Ramé fue la primera en romper el silencio.
—¿Cómo se conocieron?
Mateo levantó la mirada.
—¿Nosotros?
Ramé asintió.
—Nunca contaron la historia completa.
Laurent suspiró suavemente.
—Fue en una audición.
Mateo sonrió.
—Yo llegué tarde.
Laurent levantó una ceja.
—Muy tarde.
Mateo continuó:
—Y él estaba furioso.
Laurent negó con la cabeza.
—No estaba furioso.
Mateo lo miró con una sonrisa.
—Estabas furioso.
Ramé apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Y luego?
Mateo miró a Laurent antes de continuar.
—Bailamos juntos en la audición.
Laurent añadió:
—Y el coreógrafo dijo que nuestra energía en el escenario era… peligrosa.
Ramé sonrió.
—¿Peligrosa?
Mateo rió.
—En ese momento supimos que nuestra vida iba a ser complicada.
Laurent miró a Meraki.
—Pero valía la pena.
Meraki sostuvo su mirada.
Había algo profundamente sincero en sus palabras.
Mateo añadió con tranquilidad:
—La gente tiene miedo de lo que no entiende.
Laurent asintió.
—Pero eso no significa que debas vivir escondido.
El silencio volvió a la mesa.
Ramé miró a Meraki por un momento.
—¿Tu familia también era artística?
La pregunta cayó con suavidad.
Pero el peso de las palabras fue inmediato.
Meraki bajó la mirada hacia su plato.
Durante un momento largo no respondió.
Ramé parecía darse cuenta de que había tocado un punto delicado.
—No tienes que responder —dijo rápidamente.
Meraki habló finalmente.
—Mi hermano también bailaba.
Mateo levantó la mirada.
—¿También?
Meraki asintió.
—Era mejor que yo.
Laurent lo observó con atención.
—Eso suena como algo que diría alguien humilde.
Meraki negó lentamente.
—No.
Su voz era tranquila.
—Era verdad.
El silencio se extendió nuevamente.
Ramé no preguntó nada más.
Simplemente siguió comiendo.
Pero su mirada ocasional hacia Meraki estaba llena de algo distinto.
No curiosidad.
Comprensión.
Después de la cena, Ramé salió al porche.
Meraki la siguió unos minutos después.
La noche había caído completamente.
El cielo estaba lleno de estrellas.
Mucho más de las que podían verse desde la ciudad.
Ramé se sentó en los escalones de madera.
—Siempre olvido lo hermosas que son.
Meraki se apoyó contra una de las columnas del porche.
—Las estrellas.
Ramé asintió.
—Cuando era niña pensaba que mis padres estaban ahí arriba.