El viaje de regreso a la ciudad fue mucho más silencioso que el de ida.
El sol ya estaba alto cuando Ramé y Meraki dejaron atrás el viñedo. Las colinas desaparecieron lentamente en el retrovisor mientras el paisaje volvía a transformarse en carreteras amplias, edificios y el movimiento constante de la ciudad.
Ramé conducía.
Una de sus manos descansaba relajada sobre el volante mientras la otra apoyaba el mentón contra el dorso de sus dedos.
Parecía pensativa.
Meraki miraba por la ventana.
Las imágenes del fin de semana seguían apareciendo en su mente: el granero, el suelo de madera, los giros que su cuerpo aún recordaba demasiado bien.
Y la conversación con Laurent frente a la chimenea.
Había dicho más de lo que había dicho en años.
Mucho más.
—Estás muy callado —dijo Ramé de repente.
Meraki giró apenas la cabeza.
—Siempre estoy callado.
Ramé sonrió levemente.
—No tanto como antes.
Meraki no respondió.
El coche continuó avanzando por la carretera.
Después de unos minutos Ramé habló otra vez.
—Mis tíos te quieren.
Meraki levantó una ceja.
—Me conocen desde hace un día.
Ramé se encogió de hombros.
—Eso no importa mucho para ellos.
Miró brevemente hacia él.
—Tienen buen instinto con las personas.
Meraki recordó la forma en que Laurent lo había observado en el granero.
Como si pudiera ver algo más allá de la superficie.
—Son personas interesantes —admitió finalmente.
Ramé sonrió con satisfacción.
—Eso significa que vas a volver.
Meraki no respondió.
Pero no lo negó.
La pista
El complejo deportivo estaba lleno cuando llegaron.
El ruido familiar de cuchillas sobre el hielo, voces de entrenadores y música de práctica llenaba el aire.
El contraste con la tranquilidad del viñedo era casi violento.
Ramé dejó su bolsa en la banca.
—Bienvenido de vuelta al caos.
Meraki ya estaba cambiándose los patines.
—Es lo normal.
Ramé observó la pista.
—A veces creo que olvidamos que hay un mundo fuera de aquí.
Meraki se levantó.
—El mundo de aquí es suficiente.
Ramé lo miró durante un momento.
Pero no discutió.
Ambos entraron al hielo.
El frío del aire golpeó inmediatamente sus rostros.
Durante unos minutos cada uno entrenó por su lado.
Meraki ejecutaba saltos con la precisión habitual.
Ramé practicaba giros y secuencias de transición.
Pero algo había cambiado.
Meraki lo notaba.
El hielo se sentía distinto.
Tal vez era solo su imaginación.
Tal vez no.
Ramé se detuvo cerca de la barandilla.
—Meraki.
Él se acercó.
—¿Qué?
Ramé cruzó los brazos.
—Vamos a intentar algo.
Meraki ya sabía lo que venía.
—No.
Ramé sonrió.
—Ni siquiera te he dicho qué.
—La coreografía.
Ramé levantó las manos en señal de victoria.
—¡Lo sabía!
Meraki suspiró.
—Ramé…
Ella se impulsó suavemente sobre el hielo hasta quedar frente a él.
—Solo una vez.
Meraki negó con la cabeza.
—No.
Ramé inclinó la cabeza.
—¿Por miedo?
Meraki frunció el ceño.
—No tengo miedo.
Ramé sonrió con picardía.
—Entonces demuéstralo.
Meraki la miró durante varios segundos.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Provocándolo.
Y funcionaba.
—Cinco minutos —dijo finalmente.
Los ojos de Ramé brillaron.
—Perfecto.
Se colocaron en el centro de la pista.
Ramé respiró profundo.
—Empieza como lo hiciste en el granero.
Meraki cerró los ojos por un segundo.
El ruido de la pista desapareció lentamente de su mente.
Solo quedó el movimiento.
Comenzó con un giro lento.
Los brazos se elevaron con una elegancia natural.
Su cuerpo recordaba cada detalle.
Ramé lo siguió.
Intentando imitar la secuencia.
El primer giro fue correcto.
El segundo un poco torpe.
Pero logró mantener el equilibrio.
Meraki continuó con una transición hacia un salto ligero.
Ramé intentó hacerlo también.
Falló.
Casi cayó.
Meraki extendió una mano instintivamente para estabilizarla.
Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca.
Ramé recuperó el equilibrio.
Pero ninguno se movió inmediatamente.
El contacto duró apenas un segundo más de lo necesario.
Luego Meraki soltó su mano.
Ramé lo miró con una pequeña sonrisa.
—Gracias.
Meraki asintió.
—Concéntrate.
Ramé volvió a la posición inicial.
—Otra vez.
Durante los siguientes minutos repitieron la secuencia varias veces.
Ramé mejoraba con cada intento.
Cuando finalmente logró completar el movimiento completo sin perder el equilibrio, levantó los brazos en señal de triunfo.
—¡Lo hice!
Meraki asintió.
—Fue aceptable.
Ramé lo miró con expresión indignada.
—¡Aceptable!
Meraki permitió que una pequeña sonrisa apareciera en la esquina de su boca.
—Bastante bueno.
Ramé cruzó los brazos.
—Eso suena mejor.
En ese momento una voz los interrumpió.
—Interesante.
Ambos giraron.
Un hombre estaba de pie cerca de la barandilla.
Alto.
Traje oscuro.
Mirada analítica.
Meraki lo reconoció de inmediato.
—Entrenador Duvall.
El hombre asintió lentamente.
—No sabía que tenías formación en ballet, Takahashi.
El aire entre ellos cambió de inmediato.
Ramé miró a Meraki con curiosidad.
Duvall continuó observándolo.
—Eso explica muchas cosas.
Meraki no respondió.
Pero algo en la mirada del entrenador dejaba claro que había visto lo suficiente para empezar a hacerse preguntas.
Y algunas preguntas…
podían ser peligrosas.