A la mañana siguiente, la pista estaba más silenciosa de lo habitual.
Era temprano.
Demasiado temprano para la mayoría de los atletas.
Las luces del complejo todavía tenían ese brillo blanco artificial que hacía que el hielo pareciera aún más frío.
Ramé llegó primero.
Siempre lo hacía.
Era el único momento del día en el que el lugar estaba casi vacío.
Donde podía escuchar el sonido de sus propios patines sobre el hielo sin interrupciones.
Dejó su bolsa en la banca y comenzó a atarse los patines.
Pero su mente estaba lejos de ahí.
Un solo lugar.
La frase del entrenador Duvall se repetía en su cabeza.
Tres semanas.
Solo uno de los dos.
Respiró profundamente.
No quería pensar en eso como una competencia contra Meraki.
Pero era imposible ignorarlo.
Entró a la pista.
El hielo estaba perfecto.
Liso.
Intacto.
Comenzó con movimientos simples.
Giros lentos.
Transiciones suaves.
Intentaba concentrarse.
Pero su mente seguía volviendo a la conversación del día anterior.
Meraki o ella.
Su pecho se apretó ligeramente.
Entonces escuchó el sonido de la puerta.
No necesitó mirar para saber quién era.
Meraki.
Siempre llegaba temprano.
Pero ese día llegó aún antes.
Ramé siguió patinando.
Meraki dejó su bolsa en silencio.
Observó la pista durante unos segundos.
Ramé ejecutó una secuencia de giros.
Uno.
Dos.
Tres.
El último fue inestable.
Casi perdió el equilibrio.
Meraki habló desde la barandilla.
—Tu eje se inclinó.
Ramé suspiró.
—Buenos días para ti también.
Meraki entró al hielo.
Sus movimientos eran precisos.
Controlados.
Se detuvo a unos metros de ella.
—Tu eje se inclinó —repitió.
Ramé cruzó los brazos.
—Lo sé.
Meraki inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces corrígelo.
Ramé lo miró.
—¿Siempre tienes que sonar como un entrenador?
Meraki respondió con tranquilidad.
—Siempre tienes que patinar como si no estuvieras concentrada.
Ramé frunció el ceño.
—Estoy concentrada.
Meraki señaló el hielo con la cuchilla de su patín.
—Entonces hazlo otra vez.
Ramé lo miró con una mezcla de molestia y desafío.
Luego se impulsó.
Repitió la secuencia.
Uno.
Dos.
Tres.
Esta vez fue mejor.
Pero aún imperfecto.
Meraki observó.
—Otra vez.
Ramé detuvo el movimiento.
—¿En serio?
Meraki la miró con calma.
—¿Quieres el lugar en el equipo o no?
Las palabras golpearon el aire entre ellos.
Ramé apretó los labios.
—Sí.
Meraki hizo un pequeño gesto con la cabeza hacia el centro de la pista.
—Entonces otra vez.
Ramé lo hizo.
Una y otra vez.
Cada intento era un poco mejor.
Cada intento exigía más.
El hielo comenzó a llenarse lentamente con otros atletas.
Pero ninguno de los dos parecía notarlo.
Meraki seguía observando.
Corrigiendo.
Exigiendo.
Finalmente Ramé se detuvo.
Respiraba con dificultad.
—¿Satisfecho?
Meraki la miró.
—Aceptable.
Ramé puso los ojos en blanco.
—Siempre dices eso.
Meraki se encogió ligeramente de hombros.
—Porque casi siempre es cierto.
Ramé se acercó.
Sus ojos brillaban con un nuevo tipo de energía.
—Bien.
Meraki levantó una ceja.
—Bien ¿qué?
Ramé se detuvo frente a él.
—Entonces ahora te toca a ti.
Meraki no reaccionó.
—¿A mí?
Ramé asintió.
—Tu salto cuádruple.
Meraki la observó.
—Lo ejecuto perfectamente.
Ramé sonrió.
—Casi perfectamente.
Meraki frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Ramé cruzó los brazos.
—Siempre pierdes velocidad en la salida.
Meraki respondió inmediatamente.
—No.
Ramé levantó un dedo.
—Sí.
Se impulsó hacia atrás unos metros.
—Hazlo.
Meraki la observó durante un segundo.
Luego se impulsó.
El salto fue impecable.
Alto.
Preciso.
La rotación perfecta.
Pero cuando aterrizó…
Ramé habló.
—¿Ves?
Meraki se detuvo.
—¿Qué?
Ramé se acercó.
—Tu transición es demasiado rígida.
Meraki la miró con incredulidad.
—No.
Ramé sonrió.
—¿Siempre tienes que discutir cuando alguien te corrige?
Meraki cruzó los brazos.
—No necesito correcciones.
Ramé levantó una ceja.
—¿Seguro?
Se inclinó ligeramente hacia él.
—Porque si quieres ese lugar en el equipo…
vas a necesitar cada ventaja posible.
Meraki la observó durante varios segundos.
Algo nuevo estaba ocurriendo entre ellos.
No era hostilidad.
Pero tampoco era la calma que existía antes.
Era una tensión distinta.
Competitiva.
El hielo crujía bajo sus patines mientras permanecían frente a frente.
Ramé finalmente dio un paso atrás.
—Otra vez.
Meraki la miró.
—¿Me estás entrenando?
Ramé sonrió.
—Tal vez.
Meraki negó con la cabeza.
Pero volvió a impulsarse.
Y lo intentó otra vez.
Una rivalidad silenciosa
Durante los días siguientes, algo cambió en su rutina.
Seguían llegando temprano.
Seguían entrenando juntos.
Pero ahora cada movimiento tenía un peso distinto.
Cada salto.
Cada giro.
Cada transición.
Era una prueba silenciosa.
Ramé comenzó a mejorar rápidamente.
Su talento natural empezaba a combinarse con una disciplina nueva.
Meraki lo notaba.
Y eso lo inquietaba.
Porque parte de él…
no quería verla fallar.
Pero otra parte…
sabía que si ella seguía mejorando así…
podría convertirse en su rival más peligrosa.