El pasillo detrás del escenario estaba casi vacío.
Las luces eran más frías que las del teatro principal.
Las sombras de las puertas abiertas caían largas sobre el suelo de madera.
Ramé sentía el corazón latiendo con fuerza.
Elias Takahashi estaba frente a ella.
A pocos pasos.
Demasiado cerca.
Su presencia era diferente fuera del escenario.
Más tranquila.
Más calculada.
Pero igual de magnética.
Ramé respiró profundamente.
—Meraki no habla mucho de su pasado.
Elias inclinó la cabeza ligeramente.
—Eso no me sorprende.
Sus ojos parecían observar cada reacción de Ramé.
Cada pequeño gesto.
Como si analizara algo.
—Siempre fue bueno escondiendo cosas.
Ramé frunció el ceño.
—No creo que sea así.
Elias sonrió con suavidad.
—Claro que lo crees.
Hizo una pausa.
—Solo que todavía no sabes por qué.
Ramé cruzó ligeramente los brazos.
—No vine aquí para hablar de Meraki.
Elias levantó una ceja.
—Entonces viniste por el ballet.
Ramé dudó un segundo.
—Sí.
Elias la observó con calma.
—¿Y qué te pareció?
Ramé respondió con honestidad.
—Eres increíble.
Elias sonrió.
Pero la sonrisa no llegó completamente a sus ojos.
—Eso dicen.
Luego dio un paso hacia una mesa cercana donde había botellas de agua.
Tomó una.
—¿Quieres?
Ramé negó.
—No, gracias.
Elias bebió un poco.
Luego volvió a mirarla.
—Sabes…
su tono era casi casual.
—Cuando éramos niños, Meraki era mejor que yo.
Ramé levantó la mirada.
—¿En ballet?
Elias asintió.
—En todo.
La frase quedó suspendida en el aire.
Ramé no esperaba eso.
—Entonces… ¿qué pasó?
Elias apoyó la botella en la mesa.
—El mundo es complicado.
Ramé lo miró con atención.
—Eso no responde la pregunta.
Elias la observó durante unos segundos.
Luego sonrió ligeramente.
—No.
Pero no parecía tener intención de explicar más.
Ramé sintió que algo en su pecho se tensaba.
—La noticia dice que lo expulsaron por sabotaje.
Elias no reaccionó de inmediato.
—Sí.
Ramé dio un paso más cerca.
—¿Es verdad?
Elias la miró directamente.
—¿Qué crees tú?
Ramé dudó.
La respuesta honesta era complicada.
—No lo sé.
Elias inclinó ligeramente la cabeza.
—Interesante.
Ramé frunció el ceño.
—¿Por qué?
Elias cruzó los brazos.
—Porque la mayoría de la gente ya tiene una opinión antes de preguntar.
Ramé no apartó la mirada.
—Meraki no parece alguien que sabotearía a su propio hermano.
Elias soltó una pequeña risa.
—Tú lo ves ahora.
Hizo una pausa.
—Yo lo conocí antes.
Ramé sintió un escalofrío leve.
—¿Qué significa eso?
Elias caminó lentamente hacia la puerta del pasillo.
—Significa que las personas cambian.
Ramé lo siguió con la mirada.
—¿Y tú cambiaste?
Elias se detuvo.
Miró hacia atrás.
—Claro.
Sonrió suavemente.
—La diferencia es que yo aprendí a sobrevivir.
La frase tenía un peso extraño.
Antes de que Ramé pudiera responder, alguien apareció en el pasillo.
—Elias, la prensa te espera.
Era un asistente del teatro.
Elias asintió.
Luego volvió a mirar a Ramé.
—Fue un placer conocerte.
Ramé permaneció quieta.
Pero antes de irse, Elias dijo algo más.
—Ten cuidado.
Ramé frunció el ceño.
—¿Con qué?
Elias sonrió.
—Con Meraki.
Y se marchó.
Dudas
Ramé salió del teatro unos minutos después.
El aire frío de la noche la golpeó de inmediato.
La calle estaba más tranquila ahora.
Los autos se habían ido.
Las luces seguían brillando sobre la fachada del edificio.
Ramé caminó lentamente hacia la acera.
Su mente estaba llena de pensamientos.
La conversación con Elias había sido extraña.
No había dicho nada directamente.
Pero había insinuado muchas cosas.
Y lo peor…
era que Ramé no sabía qué creer.
Sacó su teléfono.
Miró la pantalla durante unos segundos.
Luego escribió un mensaje.
“Meraki, ¿podemos hablar?”
El mensaje quedó enviado.
Tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Luego desaparecieron definitivamente.
No hubo respuesta.
Ramé guardó el teléfono.
Respiró profundamente.
Por primera vez desde que había conocido a Meraki…
sentía una pequeña grieta en su confianza.
Y esa grieta dolía más de lo que esperaba.
El hielo otra vez
A la mañana siguiente, la pista estaba casi vacía.
Ramé llegó temprano como siempre.
Pero esa vez su mente estaba lejos del entrenamiento.
Comenzó a patinar.
Movimientos automáticos.
Saltos simples.
Transiciones.
Pero sus pensamientos seguían regresando a la conversación de la noche anterior.
“Ten cuidado con Meraki.”
La voz de Elias seguía resonando en su cabeza.
Entonces escuchó la puerta.
Ramé se detuvo.
Meraki entró al complejo.
Sus ojos se encontraron a través de la pista.
El silencio cayó inmediatamente entre ellos.
Ramé respiró profundamente.
Se deslizó hacia él.
—Meraki.
Él dejó su bolsa en la banca.
—¿Sí?
Ramé lo miró directamente.
—Fui a la gala anoche.
Meraki se quedó completamente quieto.
El hielo crujió bajo su patín cuando se movió un centímetro.
—¿Por qué?
Ramé respondió con honestidad.
—Quería entender.
Meraki bajó la mirada por un segundo.
—¿Y lo hiciste?
Ramé dudó.
—No.
Meraki levantó la mirada nuevamente.