El aire dentro del complejo de entrenamiento era frío, incluso para los estándares de una pista de hielo.
El sonido constante de las cuchillas raspando la superficie se mezclaba con la música de fondo que marcaba el ritmo de los programas.
Era temprano.
Demasiado temprano para la mayoría de las personas.
Pero para los atletas de alto rendimiento, ese era el momento en que el hielo pertenecía a quienes estaban dispuestos a sacrificarlo todo.
Ramé estaba en el centro de la pista.
Su respiración era profunda mientras ejecutaba una serie de pasos rápidos que culminaban en un salto doble perfectamente aterrizado.
Las cuchillas tocaron el hielo con precisión.
—Otra vez.
La voz del entrenador Duvall resonó desde el borde de la pista.
Ramé no protestó.
Se impulsó hacia atrás y repitió la secuencia.
Esta vez con más velocidad.
Más fuerza.
El salto fue aún más limpio.
Duvall asintió ligeramente.
Pero no sonrió.
Nunca lo hacía.
A unos metros de distancia, Meraki entrenaba su propio programa.
Sus movimientos eran distintos.
Más fluidos.
Más coreográficos.
Cada giro parecía parte de una historia invisible que solo él entendía.
Ramé lo observó de reojo mientras se detenía junto a la barandilla para beber agua.
Había algo diferente en él desde el fin de semana.
Más tranquilo.
No relajado.
Pero sí menos… distante.
Tal vez el viñedo había hecho más de lo que ella imaginaba.
Duvall volvió a hablar.
—Cinco minutos de descanso.
Los atletas se dispersaron alrededor de la pista.
Ramé dejó su botella sobre la banca.
Meraki se acercó lentamente.
—Tu salto estuvo mejor.
Ramé levantó una ceja.
—¿Eso fue un cumplido?
Meraki respondió con calma.
—Una observación.
Ramé sonrió.
—Lo tomaré como un cumplido.
Meraki se apoyó en la barandilla.
Por un momento ninguno habló.
La pista estaba llena de sonidos familiares.
Entrenadores corrigiendo posturas.
Música repitiéndose desde el principio.
El hielo siendo pulido por la máquina en una esquina.
Ramé rompió el silencio.
—¿Dormiste bien?
Meraki asintió.
—Sí.
Ramé lo observó con curiosidad.
—No pareces sorprendido de haber pasado el fin de semana con mi familia.
Meraki respondió con sencillez.
—Lo estoy.
Ramé inclinó la cabeza.
—Pero no te arrepientes.
Meraki negó.
—No.
La respuesta fue directa.
Ramé sintió una pequeña satisfacción silenciosa.
Pero antes de que pudiera decir algo más…
la puerta principal del complejo se abrió.
El sonido fue fuerte.
Lo suficiente para que varias personas miraran hacia la entrada.
Ramé no prestó atención al principio.
Pero Meraki sí.
Su cuerpo se quedó completamente inmóvil.
Ramé notó el cambio inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Meraki no respondió.
Solo miraba hacia la puerta.
Ramé siguió su mirada.
Y lo vio.
Un hombre alto caminaba hacia la pista con una confianza tranquila.
Su presencia parecía atraer la atención de todos sin que él hiciera ningún esfuerzo.
Cabello oscuro.
Postura impecable.
Y una expresión que combinaba encanto y frialdad al mismo tiempo.
Ramé lo reconoció por las fotos que había visto en noticias deportivas.
Elias Takahashi.
El campeón mundial de patinaje artístico.
El hermano de Meraki.
El hombre que había destruido su vida.
La presencia de Elias
El silencio en la pista se volvió extraño.
Algunos atletas susurraban entre ellos.
Otros fingían no mirar.
Elias caminó hasta el borde de la pista con una sonrisa ligera.
—Buenos días.
Su voz era suave.
Casi elegante.
Pero había algo calculado en ella.
Duvall frunció el ceño.
—Esto es un entrenamiento privado.
Elias inclinó la cabeza ligeramente.
—Lo sé.
Sus ojos se movieron por la pista.
Hasta que se detuvieron en Meraki.
—Solo vine a ver a mi hermano.
Ramé sintió el cuerpo de Meraki tensarse.
Duvall miró entre los dos hombres.
Luego suspiró.
—Cinco minutos.
Elias sonrió.
—Eso es más que suficiente.
Meraki finalmente se movió.
Patinó lentamente hacia el borde de la pista.
Ramé dudó un segundo.
Pero lo siguió.
Elias observaba a Meraki como si lo estuviera evaluando.
Como si fuera una pieza de ajedrez interesante.
—Ha pasado mucho tiempo.
Meraki respondió con frialdad.
—No lo suficiente.
Elias soltó una pequeña risa.
—Sigues siendo dramático.
Ramé cruzó los brazos.
No le gustaba ese hombre.
Había algo en su sonrisa que parecía… falso.
Elias finalmente miró a Ramé.
—Y tú debes ser Ramé Laurent.
Ramé no se sorprendió de que supiera su nombre.
—Sí.
Elias sonrió con amabilidad perfecta.
—He oído mucho sobre ti.
Ramé respondió con calma.
—Espero que nada bueno.
Elias soltó una risa suave.
—Me gustas.
Meraki habló inmediatamente.
—No viniste a hacer amigos.
Elias volvió a mirarlo.
—No.
Su sonrisa se desvaneció apenas.
—Vine a verte patinar.
Meraki frunció el ceño.
—Ya lo hiciste.
Elias inclinó ligeramente la cabeza.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Pero esperaba algo más impresionante.
Ramé sintió la tensión aumentar.
Meraki respondió con voz baja.
—No necesito impresionarte.
Elias dio un pequeño paso hacia la barandilla.
—Claro que sí.
Meraki lo miró directamente.
—No.
Elias suspiró suavemente.
—Sigues mintiéndote.
Ramé intervino.
—Creo que el entrenamiento terminó.
Elias volvió a mirarla.