El hielo estaba casi oscuro.
Solo algunas luces del complejo permanecían encendidas, reflejándose en la superficie lisa como fragmentos de luna atrapados bajo el cristal.
Era tarde.
Demasiado tarde para un entrenamiento normal.
Pero Ramé y Meraki seguían allí.
El sonido de sus cuchillas cortando el hielo se repetía una y otra vez como un pulso constante.
Salto.
Caída.
Corrección.
Otra vez.
El entrenador Duvall observaba desde la barandilla con los brazos cruzados.
—Otra vez, Ramé.
Ramé respiró profundamente.
Su pecho subía y bajaba con rapidez.
Otra vez.
Sus músculos ardían.
Habían estado entrenando por más de cuatro horas sin pausa real.
Pero aun así se impulsó hacia atrás para repetir la secuencia.
Si Elias va a competir…
Su mente volvió a la escena de esa mañana.
La sonrisa arrogante de Elias Takahashi.
Su voz suave.
“Algunos nacen para ganar.”
Ramé apretó los dientes.
Entonces voy a ganar.
Se impulsó hacia adelante.
Velocidad.
Precisión.
El salto triple comenzó.
Durante una fracción de segundo el mundo se detuvo.
Luego…
sus cuchillas tocaron el hielo.
Limpio.
Perfecto.
Duvall asintió ligeramente.
—Mejor.
Ramé patinó hacia la barandilla, respirando con dificultad.
Meraki estaba en el centro de la pista.
Repitiendo su propio programa.
Sus movimientos eran intensos.
Más agresivos que de costumbre.
Ramé lo observó.
Está diferente.
Desde que Elias apareció…
Meraki parecía más concentrado.
Pero también más tenso.
Como si algo dentro de él estuviera empujándolo más allá de sus límites.
Duvall habló.
—Meraki.
Él no se detuvo.
Ejecutó un giro rápido.
Luego otro.
—Meraki.
Finalmente frenó.
—Sí.
Duvall lo miró fijamente.
—Estás perdiendo control en los giros.
Meraki respondió sin emoción.
—Lo corregiré.
Duvall frunció el ceño.
—No lo corrijas.
Hizo una pausa.
—Controla tu mente primero.
Meraki no respondió.
Solo asintió.
Pero Ramé lo conocía lo suficiente ahora para notar algo.
Está furioso.
Y Meraki Takahashi no era alguien que manejara bien la furia.
Después del entrenamiento
Dos horas más tarde, el complejo estaba completamente vacío.
Duvall se había ido.
Las luces principales estaban apagadas.
Solo las luces laterales iluminaban la pista.
Ramé estaba sentada en la banca quitándose los patines cuando Meraki regresó del hielo.
Su camiseta estaba empapada de sudor.
Su respiración aún era pesada.
Ramé lo miró.
—Deberías parar.
Meraki respondió sin mirarla.
—No.
Ramé suspiró.
—Meraki.
Él finalmente levantó la mirada.
—¿Qué?
Ramé lo observó con atención.
—No vas a ganar si te rompes antes del campeonato.
Meraki guardó silencio.
Ella no entiende.
Su mente estaba llena de recuerdos que no quería ver.
La voz de Elias.
La mirada decepcionada de su padre.
Las puertas cerrándose detrás de él cuando lo expulsaron de la academia.
No puedo perder otra vez.
Ramé habló suavemente.
—Estás pensando en él.
Meraki respondió inmediatamente.
—No.
Ramé levantó una ceja.
—Mientes muy mal.
Meraki exhaló lentamente.
—No importa.
Ramé negó con la cabeza.
—Claro que importa.
Se puso de pie.
—Porque si entrenas con rabia…
lo miró directamente.
—vas a patinar peor.
Meraki soltó una pequeña risa sin humor.
—Tú no sabes nada de mi rabia.
Ramé no retrocedió.
—Entonces explícamela.
Meraki la miró fijamente.
El silencio entre ellos se volvió denso.
¿Por qué siempre insiste?
Pero algo en la forma en que Ramé lo miraba…
no era curiosidad.
Era preocupación.
Meraki apartó la mirada.
—No vale la pena.
Ramé dio un paso más cerca.
—Meraki.
Él habló con voz baja.
—Pasé años intentando olvidar lo que pasó con Elias.
Sus manos se cerraron lentamente.
—Pensé que había logrado seguir adelante.
Ramé escuchaba en silencio.
Meraki continuó.
—Pero verlo hoy…
sus ojos se oscurecieron.
—me recordó que todavía tiene poder sobre mí.
Ramé respondió con firmeza.
—No lo tiene.
Meraki la miró.
—Claro que sí.
Ramé negó con la cabeza.
—No.
Se cruzó de brazos.
—Solo tiene poder si tú se lo das.
Meraki guardó silencio.
¿Y si tiene razón?
Pero esa idea lo incomodaba.
Porque significaba que todo ese dolor…
todavía vivía dentro de él.
La grieta
Ramé caminó hacia el hielo.
—Ven.
Meraki frunció el ceño.
—¿Para qué?
Ramé se puso los patines otra vez.
—Patinemos.
Meraki suspiró.
—Ya entrenamos suficiente.
Ramé negó.
—No vamos a entrenar.
Meraki levantó una ceja.
—Entonces ¿qué?
Ramé sonrió ligeramente.
—Solo patinar.
Meraki dudó.
Pero finalmente se puso los patines.
Ambos entraron al hielo lentamente.
La pista estaba completamente silenciosa.
Ramé comenzó a deslizarse suavemente.
Sin programa.
Sin técnica estricta.
Solo movimiento.
Meraki la observó.
—Eso no es entrenamiento.
Ramé respondió mientras giraba.
—Exacto.
Meraki se quedó quieto.
Ramé habló mientras seguía patinando.
—¿Sabes por qué empecé a patinar?
Meraki negó.
Ramé sonrió suavemente.
—Porque me hacía feliz.