La ciudad amaneció cubierta por una neblina ligera.
Desde la ventana del hotel, Ramé observaba cómo las calles comenzaban a llenarse lentamente de tráfico. Los autos avanzaban con luces encendidas, difuminadas por la humedad del aire.
El teléfono vibraba sobre la mesa desde hacía casi una hora.
Mensajes.
Llamadas.
Notificaciones.
Todo el mundo quería una declaración.
Todo el mundo quería saber si la historia publicada sobre su familia era verdad.
Ramé finalmente tomó el teléfono.
Había más de doscientas notificaciones.
Abrió una.
Una periodista deportiva:
Ramé Laurent, ¿podría aclarar las acusaciones sobre el financiamiento de su carrera?
Otra.
¿Es cierto que su familia fue investigada por fraude internacional?
Otra.
¿Podría afectar esto su participación en el campeonato mundial?
Ramé dejó el teléfono boca abajo.
Respiró profundamente.
—No voy a responder a nada de esto.
La voz de Laurent, su tío, llegó desde el otro lado de la habitación.
—Y no deberías hacerlo.
Ramé se giró.
Laurent estaba de pie junto al escritorio, con varias carpetas abiertas y un portátil encendido. Su rostro normalmente tranquilo mostraba señales de tensión.
A su lado estaba Gabriel, quien había llegado temprano esa mañana desde el viñedo.
Ramé frunció ligeramente el ceño.
—¿Tan grave es?
Laurent la miró con seriedad.
—No es grave.
Hizo una pausa.
—Es peligroso.
Ramé cruzó los brazos.
—Entonces dime la verdad.
Laurent y Gabriel intercambiaron una mirada silenciosa.
Un lenguaje que solo las parejas que llevan décadas juntas dominan.
Finalmente Gabriel habló.
—Hay partes del artículo que son mentiras.
Ramé lo miró.
—¿Y las otras partes?
Gabriel suspiró.
—Son… versiones distorsionadas de algo que sí ocurrió.
El silencio se volvió denso.
Ramé sintió que el estómago se le apretaba.
—Explícate.
Laurent cerró lentamente el portátil.
—Tu padre fue investigado hace años.
Ramé parpadeó.
—¿Qué?
Gabriel continuó.
—No por fraude.
—Por una disputa comercial.
Ramé frunció el ceño.
—¿Con quién?
Laurent respondió:
—Con una empresa japonesa de exportación.
El corazón de Ramé se detuvo un segundo.
—¿Japonesa?
Laurent asintió.
—Sí.
Ramé sintió un frío extraño recorrerle la espalda.
—¿Quién dirigía esa empresa?
Laurent dudó un instante.
Luego respondió.
—La familia Takahashi.
El nombre cayó en la habitación como una piedra.
Ramé tardó varios segundos en procesarlo.
—¿La familia de Meraki?
Gabriel asintió lentamente.
—Sí.
El pasado que nadie conocía
Horas después, Ramé caminaba por el estadio con la cabeza llena de pensamientos.
Las palabras de sus tíos seguían resonando en su mente.
La familia Takahashi.
Una disputa comercial.
Una investigación.
Demasiadas coincidencias.
Demasiadas piezas conectándose.
Meraki estaba en la pista cuando ella llegó.
Entrenaba solo.
Su cuerpo se movía con precisión absoluta.
Saltos limpios.
Aterrizajes silenciosos.
Cada movimiento calculado.
Pero Ramé notó algo.
La intensidad.
Era mayor de lo normal.
Como si estuviera intentando escapar de algo.
Meraki terminó un salto triple y se deslizó hacia la barandilla.
Cuando la vio, frunció ligeramente el ceño.
—Pensé que estarías hablando con periodistas.
Ramé bajó al hielo.
—No lo hice.
Meraki la observó con atención.
—Bien.
Ramé se acercó.
—Necesitamos hablar.
Meraki inclinó ligeramente la cabeza.
—Suena serio.
Ramé respiró profundamente.
—Mi padre tuvo una disputa comercial hace años.
Meraki no reaccionó.
Ramé continuó.
—Con una empresa japonesa.
Ahora Meraki sí levantó la mirada.
—¿Y?
Ramé lo miró directamente.
—Con la empresa de tu familia.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Meraki permaneció inmóvil.
Ramé observó su rostro buscando una reacción.
Finalmente Meraki habló.
—No sabía eso.
Ramé lo estudió.
—¿Estás seguro?
Meraki asintió lentamente.
—Mi familia nunca hablaba de negocios frente a mí.
Hizo una pausa.
—Especialmente después de que me expulsaron.
Ramé sintió algo extraño en el pecho.
Por primera vez pensó en algo que nunca había considerado.
—¿Y si Elias sí lo sabía?
Meraki frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué estás insinuando?
Ramé habló despacio.
—Que tal vez esto no empezó contigo.
Meraki la miró fijamente.
Ramé terminó la idea.
—Tal vez empezó con nuestras familias.
El enfrentamiento
Esa misma tarde.
Meraki encontró a Elias en el estacionamiento del estadio.
No fue difícil.
Elias estaba apoyado contra un auto negro, revisando su teléfono con tranquilidad.
Como si nada en el mundo pudiera afectarlo.
Meraki caminó directamente hacia él.
Elias levantó la mirada.
Sonrió.
—Hermano.
Meraki no respondió.
Se detuvo frente a él.
—El artículo.
Elias guardó el teléfono.
—¿Qué pasa con él?
Meraki lo miró con frialdad.
—Sabes exactamente qué pasa.
Elias encogió los hombros.
—Solo es periodismo.
Meraki dio un paso más cerca.
—Estás atacando a Ramé.
Elias lo miró con una expresión casi divertida.
—Estoy haciendo preguntas.
Meraki apretó la mandíbula.
—Esto no tiene nada que ver con ella.
Elias inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Estás seguro?