Maemuki

Capitulo 42 Donde todo encuentra su lugar

El proyecto comenzó como una idea pequeña.

Casi un experimento.

Una compañía europea de artes escénicas había contactado a Ramé después de su victoria en el campeonato internacional. Querían crear algo distinto: un espectáculo que combinara patinaje artístico y ballet en una misma coreografía narrativa.

No solo saltos.

No solo técnica.

Historia.

Movimiento emocional.

Arte.

La primera reunión ocurrió en un teatro antiguo en Lyon.

Las butacas rojas estaban vacías.

El escenario iluminado por una sola luz blanca.

Ramé caminaba de un lado a otro sobre el escenario mientras hablaba con el director artístico.

Meraki observaba desde una de las primeras filas.

El director levantó una ceja.

—¿Así que ustedes quieren mezclar técnica de ballet clásico con desplazamiento sobre hielo?

Ramé asintió.

—Exactamente.

—Pero no como espectáculo decorativo.

—Como lenguaje.

Meraki añadió desde la butaca:

—El ballet usa el suelo como eje.

—El patinaje usa la velocidad.

El director se inclinó hacia adelante, interesado.

—¿Y cómo conectan ambos?

Ramé miró a Meraki.

Y sonrió.

—Con historia.

El nacimiento de algo nuevo

Durante los siguientes meses, ambos comenzaron a trabajar juntos como nunca antes.

El espectáculo se llamaría:

"Gravedad Inversa".

Una obra donde los bailarines y patinadores representaban dos mundos distintos.

El mundo del peso.

Y el mundo del movimiento.

Los bailarines entrenaban con Meraki.

Postura.

Control.

Extensión.

Equilibrio.

Mientras que los patinadores entrenaban con Ramé.

Velocidad.

Saltos.

Interpretación.

Los primeros ensayos fueron… caóticos.

Uno de los bailarines terminó cayendo en el hielo la primera semana.

Un patinador chocó contra la baranda intentando hacer una pirueta adaptada del ballet.

Pero poco a poco…

algo comenzó a surgir.

Un lenguaje nuevo.

Meraki caminaba entre los bailarines, corrigiendo posiciones.

—La energía no se queda en el cuerpo.

—Se proyecta.

—Cada movimiento cuenta algo.

Ramé entrenaba a los patinadores en la pista.

—No es solo técnica.

—La gente tiene que sentir lo que estás contando.

A veces se miraban desde lados opuestos del ensayo.

Y sonreían.

Porque ambos sabían algo.

Sin planearlo…

habían creado algo propio.

El estreno

El estreno ocurrió casi un año después.

París.

Un teatro adaptado con una pista de hielo especial sobre el escenario.

La noche del estreno, el teatro estaba lleno.

Críticos.

Periodistas.

Bailarines.

Patinadores.

Artistas.

La obra duró una hora y media.

Pero cuando terminó…

el silencio fue absoluto durante varios segundos.

Luego el público se puso de pie.

Aplaudiendo.

El director artístico estaba llorando entre bastidores.

—Esto… esto es algo completamente nuevo.

Ramé miró a Meraki.

—¿Escuchaste eso?

Meraki respondió con calma.

—Sí.

—Creo que funcionó.

Ramé soltó una risa.

—Eres imposible.

Tres años después

El proyecto creció.

Lo que había empezado como un espectáculo se convirtió en algo más grande.

Una academia internacional.

Una escuela donde se enseñaba patinaje artístico y ballet como disciplinas complementarias.

Tenían sedes temporales en distintas ciudades.

París.

Viena.

Montreal.

Tokio.

Durante tres años Ramé y Meraki viajaron por el mundo.

Entrenaban jóvenes atletas.

Diseñaban coreografías.

Participaban en espectáculos.

Pero sobre todo…

enseñaban.

Un día, en la academia de invierno en Suiza, una niña de once años levantó la mano durante la clase.

—¿Es verdad que ustedes dos eran rivales?

Ramé levantó una ceja.

—¿Quién te dijo eso?

La niña respondió inmediatamente.

—Internet.

Meraki suspiró.

—Internet exagera mucho.

La niña frunció el ceño.

—Pero también dice que ahora están juntos.

Ramé miró a Meraki.

Meraki miró a Ramé.

Ramé respondió con una sonrisa tranquila.

—Eso sí es verdad.

La niña asintió con seriedad.

—Entonces la historia terminó bien.

Meraki respondió suavemente.

—No terminó.

—Solo cambió.

El regreso al viñedo

Después de tres años viajando constantemente, ambos regresaban al viñedo Laurent cada invierno.

Se había convertido en una especie de refugio.

Laurent seguía discutiendo sobre las cosechas.

Gabriel seguía burlándose de él.

La casa seguía llena de vida.

Una tarde fría de invierno, Ramé y Meraki caminaron hacia el lago congelado.

El mismo lago donde todo había comenzado.

Ramé llevaba los patines en la mano.

Meraki también.

—¿Otra vez? —preguntó él.

Ramé sonrió.

—Tradición.

El hielo estaba perfecto.

Liso.

Silencioso.

Patinaron juntos durante varios minutos.

Sin coreografía.

Sin espectadores.

Solo movimiento.

Después de un rato, Ramé se detuvo en el centro del lago.

Meraki se acercó.

—¿Cansada?

Ramé negó.

—No.

Luego lo miró con una expresión extraña.

Meraki levantó una ceja.

—¿Qué?

Ramé habló con calma.

—Tres años.

Meraki asintió.

—Tres años.

Ramé respiró profundo.

—Hemos vivido en cinco países.

—Creado una compañía.

—Entrenado atletas.

—Sobrevivido a cientos de aeropuertos.

Meraki sonrió ligeramente.

—Eso suena bastante exacto.

Ramé lo miró.

—Pero hay algo que todavía no hemos hecho.




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