La noche era completamente clara.
El cielo sobre el viñedo estaba lleno de estrellas.
El lago congelado reflejaba la luz de la luna como un espejo plateado.
Ramé y Meraki patinaban en silencio.
Después de la propuesta.
Después del abrazo.
Después de la risa nerviosa de Ramé mientras miraba el anillo en su dedo una y otra vez, como si aún no pudiera creer que fuera real.
Meraki se deslizó hacia atrás sobre el hielo, observándola.
—Sigues mirando el anillo —dijo con una pequeña sonrisa.
Ramé levantó la mano.
La piedra reflejó la luz de la luna.
—Es porque todavía no lo proceso.
Meraki levantó una ceja.
—¿Qué cosa?
Ramé lo miró con una sonrisa suave.
—Que alguien como tú decidió pasar el resto de su vida conmigo.
Meraki soltó una pequeña risa.
—Creo que fui yo el que tuvo suerte.
Ramé negó.
—No.
Se acercó a él patinando lentamente.
—Nos salvamos mutuamente.
El hielo crujió levemente bajo sus patines.
Era un sonido casi imperceptible.
Pero estaba ahí.
Ramé no lo notó.
Meraki tampoco.
Ambos continuaron deslizándose en círculos suaves sobre el lago.
La respiración de ambos formaba pequeñas nubes en el aire frío.
El silencio del viñedo era absoluto.
Hasta que el hielo volvió a crujir.
Esta vez más fuerte.
Ramé frunció ligeramente el ceño.
—¿Escuchaste eso?
Meraki miró hacia abajo.
Una línea blanca apareció bajo el hielo.
Una grieta.
Pequeña.
Pero creciendo.
—Ramé—
No terminó la frase.
El hielo se partió.
El sonido fue brutal.
Como un disparo en medio de la noche.
La superficie se abrió debajo de ellos.
El agua negra del lago emergió violentamente.
Ramé gritó cuando el hielo desapareció bajo sus pies.
Meraki intentó alcanzarla.
Pero ambos cayeron al agua helada.
El impacto fue como miles de agujas atravesando el cuerpo.
El frío robó el aire de sus pulmones inmediatamente.
Ramé intentó nadar.
Pero los patines pesaban.
El agua estaba demasiado fría.
Meraki trató de subir hacia la superficie.
Sus manos golpearon trozos de hielo flotando.
—¡Ramé!
Su voz salió ahogada.
Ramé estaba a pocos metros.
Intentaba mantenerse a flote.
Pero el frío ya comenzaba a adormecer sus músculos.
Meraki nadó hacia ella.
Sus dedos lograron tocar su abrigo.
Pero el hielo se movía.
Las placas chocaban entre sí.
El agua negra los arrastraba hacia abajo.
Ramé lo miró.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Meraki…
Su voz era apenas un susurro.
Meraki intentó sostenerla.
Pero sus brazos ya no respondían bien.
El frío era demasiado fuerte.
El lago comenzó a tragarlos lentamente.
Ramé perdió fuerza primero.
Sus manos dejaron de moverse.
Meraki la sostuvo como pudo.
Pero su visión comenzaba a oscurecerse.
El sonido del mundo se volvió distante.
La superficie del lago se veía cada vez más lejos.
Más difusa.
Ramé cerró los ojos.
Meraki intentó mantenerlos abiertos.
Pero su cuerpo ya no obedecía.
El frío se volvió silencio.
La oscuridad los envolvió.
Y finalmente…
todo desapareció.
Capítulo 43
Donde termina el sueño
Un sonido.
Constante.
Rítmico.
Bip… bip… bip…
Meraki abrió los ojos lentamente.
La luz era blanca.
Demasiado blanca.
Su visión estaba borrosa.
Parpadeó varias veces.
El sonido seguía ahí.
Bip… bip… bip…
Giró ligeramente la cabeza.
Una máquina estaba conectada a su brazo.
Un monitor cardíaco.
El olor del lugar era inconfundible.
Hospital.
Intentó moverse.
Su cuerpo se sentía pesado.
Débil.
Como si no hubiera usado sus músculos durante mucho tiempo.
Una voz habló cerca de la puerta.
—¿Está despertando?
Otra voz respondió.
—Creo que sí.
Meraki intentó hablar.
Pero su garganta estaba seca.
—Ra…
La palabra murió antes de completarse.
La puerta se abrió.
Un médico entró rápidamente.
—Tranquilo.
—Estás en el hospital.
Meraki lo miró.
Su mente estaba llena de fragmentos.
El lago.
El hielo rompiéndose.
Ramé cayendo al agua.
El médico revisó el monitor.
—Es increíble que hayas despertado.
Meraki frunció el ceño ligeramente.
—¿Despertado…?
El médico lo observó con atención.
—Has estado en coma.
Las palabras flotaron en el aire.
Meraki tardó varios segundos en entenderlas.
—¿Cuánto tiempo?
El médico miró el expediente.
—Casi siete meses.
El corazón de Meraki comenzó a latir más rápido.
—Eso… no es posible.
El médico habló con calma.
—Tuviste un accidente grave.
—Fuiste atropellado.
La memoria golpeó su mente como una ola.
El frío de la noche.
La carretera.
La luz de unos faros acercándose demasiado rápido.
Luego…
nada.
Meraki respiró con dificultad.
—No…
susurró.
—Yo estaba en el viñedo.
El médico frunció el ceño.
—¿Viñedo?
Meraki cerró los ojos con fuerza.
Las imágenes volvieron.
Ramé.
El lago.
El anillo.
Tres años.
Los viajes.
La academia.
El compromiso.
Todo.
Todo estaba ahí.
Pero algo no encajaba.
El médico habló con suavidad.
—El accidente ocurrió después de un entrenamiento nocturno.
—Según el reporte, llevabas horas practicando solo.
Meraki abrió los ojos lentamente.
El médico continuó.
—Un automóvil no logró frenar a tiempo.
El corazón de Meraki golpeaba contra su pecho.