Maemuki

Capitulo 44 Donde comienza la realidad

Los primeros días después de despertar fueron extraños.

No dolorosos.

No caóticos.

Solo… vacíos.

Meraki pasaba gran parte del tiempo mirando la ventana de su habitación del hospital. Afuera, el invierno continuaba su curso normal, completamente indiferente a lo que había ocurrido dentro de su cabeza durante siete meses.

La nieve caía.

La gente caminaba.

Las ambulancias iban y venían.

La vida seguía.

Y Meraki estaba intentando entender cómo volver a entrar en ella.

Su cuerpo aún estaba débil. Los médicos decían que era normal después de tanto tiempo inmóvil. Sus músculos necesitaban reaprender cosas simples: sostener su propio peso, caminar sin marearse, subir escaleras.

Pero el verdadero problema no estaba en su cuerpo.

Estaba en su mente.

Porque cada noche, cuando cerraba los ojos, la recordaba.

El lago.

El viñedo.

Las discusiones en la cocina.

Las clases en la academia.

El anillo en su dedo.

Ramé riendo sobre el hielo.

Todo estaba allí.

Tan claro.

Tan real.

Y al mismo tiempo… completamente inexistente.

Durante una semana Meraki evitó hablar con ella.

No por enojo.

Ni por rencor.

Simplemente porque no sabía cómo mirar a alguien que en su mente había sido todo.

Pero para ella…

él era solo un desconocido al que su madre había atropellado accidentalmente.

La decisión

La noche del octavo día algo cambió.

Meraki estaba despierto.

Miraba el techo blanco de la habitación.

Recordó una frase que el Gabriel de su sueño había dicho alguna vez:

"El rencor es un peso terrible."

Meraki exhaló lentamente.

Tal vez su mente había inventado esa frase.

Tal vez no.

Pero algo dentro de él entendía que quedarse atrapado en lo que no había sido real sería una forma diferente de coma.

Así que tomó una decisión simple.

No iba a vivir dentro del sueño.

Iba a vivir después de él.

Volver a empezar

El primer paso fue recuperar su cuerpo.

La rehabilitación fue brutal.

Meses sin moverse habían debilitado todo.

Sus piernas temblaban cuando intentaba caminar más de unos minutos.

Su equilibrio era inestable.

Pero Meraki tenía una ventaja que pocos pacientes tenían.

Obsesión por entrenar.

Los fisioterapeutas pronto lo descubrieron.

—Tienes que descansar —le dijo uno de ellos una tarde.

Meraki negó con calma.

—No sé hacerlo.

El terapeuta suspiró.

—Entonces aprende lentamente.

Meraki caminaba.

Corría.

Repetía ejercicios de equilibrio durante horas.

Hasta que un día pidió algo específico.

—Quiero volver al hielo.

El terapeuta lo miró sorprendido.

—Eso tomará tiempo.

Meraki respondió simplemente:

—Lo sé.

El encuentro real

Ramé volvió al hospital un mes después.

Había estado evitando la situación por respeto, pero su madre insistía en que debían seguir visitándolo.

Cuando entró a la habitación, Meraki estaba sentado escribiendo en una libreta.

Ramé se detuvo en la puerta.

—Hola.

Meraki levantó la vista.

Por primera vez desde que despertó, la observó con calma.

Sin intentar compararla con la versión que había vivido en su sueño.

Solo mirándola como lo que era:

Una persona nueva.

—Hola.

Hubo un silencio breve.

Ramé habló primero.

—Mi mamá sigue sintiéndose terrible por el accidente.

Meraki cerró la libreta.

—No fue su culpa.

Ramé asintió, pero su expresión seguía siendo incómoda.

Luego señaló la libreta.

—¿Escribes?

Meraki miró las páginas.

Durante días había estado haciendo lo mismo.

Escribiendo fragmentos.

Recuerdos.

Escenas.

Todo lo que había vivido en el sueño.

—Sí.

Ramé preguntó con curiosidad:

—¿Qué escribes?

Meraki respondió con honestidad.

—Una historia.

Ramé levantó una ceja.

—¿De qué trata?

Meraki la miró unos segundos.

Luego dijo algo que la hizo sonreír sin entender completamente.

—De alguien que cayó bajo el hielo.

El libro

Escribir se convirtió en una obsesión tranquila.

Meraki pasaba horas recordando cada detalle del sueño.

El viñedo.

Laurent y Gabriel.

Las discusiones familiares.

Los entrenamientos nocturnos.

La competencia.

El lago.

La academia.

Todo.

Lo escribió como si hubiera sido real.

Porque para él, en cierto sentido, lo había sido.

El título del manuscrito fue obvio.

Hielo Bajo la Piel.

Cuando terminó el primer borrador, un amigo de la infancia insistió en enviarlo a una editorial.

Meraki no esperaba nada.

Pero tres meses después recibió una llamada.

El editor habló sin rodeos.

—Esta historia es… extraordinaria.

Meraki respondió con calma.

—Es solo una novela.

El editor negó al otro lado del teléfono.

—No.

—Es algo más.

El éxito inesperado

El libro fue publicado un año después del accidente.

Nadie esperaba lo que ocurrió.

Las ventas se dispararon.

Las críticas literarias lo llamaban:

"Una historia devastadora sobre memoria, identidad y amor imaginado."

"Una de las novelas más emotivas sobre el poder de los sueños."

"Un relato brutalmente honesto sobre lo que significa despertar."

El libro fue traducido a múltiples idiomas.

Se volvió un fenómeno mundial.

Pero lo más extraño ocurrió cuando los periodistas comenzaron a investigar.

En el libro había referencias claras.

Un patinador arruinado por un escándalo.

Un hermano manipulador.




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