Maidens Madness

Capítulo 0: El Inicio de la Locura

El asilo Tasogare Mae no Uta nunca estuvo realmente en silencio.

Solo había perfeccionado el arte de callar.

Ya no gritaba. Respiraba. Sus paredes, hinchadas de humedad y memoria, contenían murmullos que nadie quería traducir. Algo se movía en su interior, no con prisa, sino con paciencia. Como si supiera esperar.

Era casi mediodía cuando una chica se detuvo frente a la entrada. La luz del sol no lograba tocar por completo la fachada, parecía detenerse antes, como si dudara. De la falda de la chica colgaba un pequeño peluche, un conejo con sombrero de copa negro, que se balanceaba apenas con el viento.

"Odio este lugar."

Lo dijo en voz baja, pero el edificio pareció escucharla. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la tela de su ropa. No era la primera vez que cruzaba esas puertas. Y quizá ese era el verdadero problema.

"Pero hoy no puedo echarme atrás."

El aire le supo metálico al respirar. No era un olor real. Era memoria.

Tragó saliva. El sonido fue demasiado fuerte en medio de aquel silencio contenido. Por un instante pensó en retroceder, en fingir enfermedad, en desaparecer. Pero sus pies avanzaron antes de que su mente pudiera detenerlos.

El comedor la esperaba al fondo del pasillo. Siempre el comedor.

El eco de sus pasos se extendía por el pasillo como si alguien más caminara junto a ella. Llevaba una charola con comida entre las manos y el peluche seguía balanceándose contra su falda con cada paso, pequeño e ignorado.

"Debe estar muy ocupado... como siempre."

El plato tembló apenas entre sus manos. No por el peso, sino por lo que oprimía su pecho desde dentro.

Entonces un sonido agudo rasgó el aire.

Y el asilo dejó de susurrar.

Algo despertó.

Puertas abiertas de golpe. Respiraciones demasiado cercanas. Demasiado humanas para ser animales. Demasiado rotas para ser personas.

"¿Qué... qué está pasando...?"

La charola cayó al suelo con un golpe metálico.

"No... eso no es normal."

"¿Hay alguien ahí...?"

La multitud irrumpió como una marea sin ojos. Manos húmedas la sujetaron. Dedos clavándose como ganchos. El mundo se quebró en luces rojas intermitentes y sombras convulsas. Entre el caos, el pequeño peluche se desprendió de su falda y quedó en el suelo del pasillo, pisoteado y olvidado.

Y luego nada.

El pasillo volvió a quedar vacío, salvo por un grito que nadie reclamó.

Pasó el tiempo. Incontable tiempo.

El asilo cerró, o eso dijeron. Los registros se perdieron en el desorden. Algunos pacientes fueron trasladados. Otros simplemente no aparecieron. El edificio estuvo vacío hasta que alguien decidió renovarlo, pintar las paredes de colores claros y poner flores en la entrada.

En un día que comenzó como cualquier otro, una joven llamada Eirika llegó al lugar.

"¡Qué hermoso día."

La luz caía limpia sobre la fachada. Nada en aquel edificio sugería que algo hubiera ocurrido ahí. Una anciana la recibió con una sonrisa amable y la guió por los pasillos sin darle tiempo de preguntarse por qué olían a desinfectante.

"Señorita Eirika, la estábamos esperando. Por favor, sígame."

Caminaron juntas por el pasillo principal. El lugar era más grande de lo que Eirika había imaginado, con techos altos y puertas que se sucedían una tras otra en perfecta simetría.

"Es curioso, desde afuera parecía más antiguo."

"Las apariencias suelen engañar, linda."

Las luces parpadearon brevemente. Nadie no pareció notarlo.

"Ya casi llegamos."

Llegaron a una habitación enorme llena de muñecas antiguas. El aire era más frío allí dentro, denso, casi inmóvil. Eirika se frotó los brazos sin darse cuenta.

"Tengo un asunto que atender, señorita Eirika. Solo espere un momento. Estaré cerca si me necesita."

La anciana salió y cerró la puerta. Sus pasos suaves se perdieron lentamente por el pasillo.

Eirika quedó sola.

"Qué colección tan peculiar."

Caminó despacio entre los estantes, mirando las muñecas sin detenerse en ninguna. Algunas tenían el cabello desgastado y los ojos opacos por el tiempo. Otras estaban perfectamente conservadas, como si nadie las hubiera tocado nunca. Eirika rozó apenas el vestido de una con la punta de los dedos.

"Siento como si me estuvieran mirando."

Una corriente helada recorrió la habitación.

Entonces lo vio. En el estante más cercano, casi oculto entre los vestidos de porcelana, había un objeto que no encajaba con los demás. Un pequeño peluche. Un conejo con sombrero de copa negro.

El sonido seco de un seguro.

"¿Eso fue...?"

La luz se apagó.

"¿Quién apagó la luz? No puedo ver nada..."

El silencio y la oscuridad sepultaron por completo la habitación. Hasta que una voz masculina rompió la penumbra con una calma que resultaba más perturbadora que cualquier grito.

Pensé que tardarías más... Eirika.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.