Oscuridad.
No el tipo de oscuridad que viene cuando cierras los ojos. Era más densa que eso. Más quieta. Como si el mundo hubiera decidido pausar y nadie le hubiera avisado a ella.
Voces. Lejanas primero, luego más cercanas, pero sin forma, sin palabras reconocibles. Solo sonido moviéndose alrededor de algo que todavía no sabía que era ella misma.
Entonces una voz distinta cortó todo lo demás.
"Vaya. Por fin despiertas."
Eirika abrió los ojos.
Una chica de cabello rubio estaba frente a ella sentada sobre sus rodillas y una expresión que no era exactamente curiosidad, pero tampoco era otra cosa. La observaba con la calma serena de alguien que llevaba un rato esperando y no le importaba haber esperado.
"Me llamo Alicia. Mucho gusto."
Sonreía. Era una sonrisa extraña, como si supiera algo que Eirika todavía no, y no tuviera ninguna prisa en decirlo.
Eirika tirada en el suelo intentó responder, pero primero tuvo que entender dónde estaba. El lugar era oscuro y abierto al mismo tiempo, con un cielo que no terminaba de decidir si era de día o de noche. El suelo bajo sus pies era real. El frío también.
"La habitación..." murmuró Eirika. "¿Dónde está la anciana?"
Alicia inclinó la cabeza hacia un lado.
"¿Qué anciana?"
"La que me trajo aquí. Me guio por el pasillo, había muñecas... y luego…"
"Ah." Alicia asintió como si eso lo explicara todo, aunque no explicaba nada. "Entonces llegaste por un pasillo."
"Sí."
"Interesante." Hizo una pausa. "¿Y adónde llevaba el pasillo antes de llevarte aquí?"
Eirika abrió la boca para responder y no encontró nada. La pregunta se disolvió antes de que pudiera sostenerla. Había algo, un pasillo, una puerta, una sonrisa amable, pero cuando intentó enfocarlo se deshacía como humo entre los dedos.
"No... no lo recuerdo."
"Claro que no." Alicia no lo dijo con crueldad. Lo dijo como quien confirma que el agua moja. "Nadie recuerda cómo llega. Solo recuerdan que llegaron. Aunque en realidad," añadió pensativa, "tampoco están seguros de eso."
Eirika la miró fijamente. "Eso no tiene ningún sentido."
"La mayoría de las cosas verdaderas no lo tienen." Alicia se encogió de hombros con una ligereza que resultaba casi irritante. "¿Dónde estamos, quieres preguntar?"
"Eso quería preguntar, sí."
"En el Reino de Shinzo." Lo dijo con la misma naturalidad con la que se diría el nombre de una calle. "Es un lugar bastante peculiar. Aunque supongo que todos los lugares lo son, si los miras con suficiente atención."
"¿Tú de dónde vienes?"
Alicia pareció considerar la pregunta con más seriedad de la que merecía.
"De aquí y de allá. Aunque últimamente más de aquí que de allá." Señaló vagamente hacia ninguna parte en especial. "La pregunta más interesante sería a dónde vas, ¿no crees? De dónde se viene ya pasó. A dónde se va todavía puede cambiar."
Eirika se tocó el cabello sin pensar. Los dedos encontraron dos texturas distintas, un lado liso, otro igual de liso, pero diferente de alguna manera que no supo explicar. Se miró un mechón. Rosa. Miró el otro lado. Celeste.
"¿Qué le pasó a mi cabello?"
Alicia parpadeó como si la pregunta la tomara por sorpresa.
"Nada. Siempre ha sido así."
"No, no ha sido así, yo recuerdo que era..."
Pero no recordaba. O sí recordaba, pero el recuerdo no tenía color. Era como intentar describir el sabor de algo que nunca se había comido.
"¿Ves?" dijo Alicia suavemente. "Las cosas que creemos recordar y las cosas que recordamos de verdad son animales muy distintos. Aunque a veces viven en la misma jaula."
Eirika soltó el mechón de cabello y miró a su alrededor con más atención. El paisaje era extraño de una manera que tardó en precisar. No era que fuera feo ni aterrador. Era que no obedecía las reglas que el ojo esperaba. El césped tenía un tono azul verdoso que viraba al gris en las orillas. Hongos gigantes de colores imposibles brotaban del suelo con texturas de terciopelo. Y había niebla, poca, justa, como si el paisaje la usara para reservarse el derecho de no ser completamente visible.
"¿Es peligroso este lugar?" preguntó Eirika.
"Depende."
"¿De qué?"
"De si sabes dónde poner los pies." Alicia la miró de reojo. "Tú no lo sabes todavía, pero eso es normal. Nadie lo sabe cuándo llega. El problema es que algunas personas tampoco lo saben cuándo llevan mucho tiempo aquí, y eso es más preocupante."
"¿Y tú lo sabes?"
Alicia sonrió otra vez con esa sonrisa de quien guarda algo.
"Yo sé algunas cosas. No todas. Saber todas las cosas es aburrido y además imposible, aunque hay gente que prefiere creer que lo ha conseguido." Hizo una pausa. "¿Tienes miedo?"
Eirika pensó en mentir y no lo hizo.
"No sé. Creo que debería tenerlo."
"Eso es más honesto que la mayoría de las respuestas que he escuchado." Alicia inclinó la cabeza hacia el otro lado, como un pájaro evaluando algo desde un ángulo distinto. "El miedo es útil, ¿sabes? El problema no es sentirlo. El problema es cuando se sienta y ya no quiere levantarse."
"¿Y qué se hace entonces?"
Alicia consideró esto un momento con una seriedad que parecía genuina.
"Depende de si el miedo tiene razón o no." Sus ojos recorrieron brevemente el paisaje que las rodeaba. "Aquí, la mayoría de las veces, la tiene. Así que lo más sensato es escucharlo, pero no obedecerle. Hay una diferencia."
"¿Cuál?"
"Escuchar te dice que hay peligro. Obedecer te dice que te quedes quieta." Una pausa breve. "Quedarse quieta aquí no es una buena idea."
Eirika intentó incorporarse y le costó más de lo que esperaba. El suelo era frío y sus brazos no terminaban de recordar cómo funcionar. Se apoyó en los codos primero, luego en las rodillas, y cuando por fin estuvo de pie tuvo que quedarse quieta un segundo esperando que el equilibrio decidiera cooperar.