La mañana llegó sin avisar, como suelen llegar las mañanas después de los días que no deberían haber existido.
Eirika abrió los ojos antes de recordar dónde estaba. Luego lo recordó todo de golpe, el bosque, las criaturas, Ringo herida, el pasillo del gremio con la puerta cerrada al fondo, y se quedó un momento quieta mirando el techo de una habitación que olía a madera limpia y a algo cocinado con cuidado en algún lugar cercano. Era un olor ridículamente reconfortante para alguien que no recordaba nada anterior a ayer.
Sobre la silla junto a la cama había ropa que no estaba ahí cuando se durmió.
La tomó con cautela. Era un vestido blanco sencillo idéntico al que había llevado el día anterior, pero completamente nuevo. Sin manchas. Sin desgarros. Sin el rastro de nada de lo que había pasado.
En la habitación de al lado, Eidelin encontró lo mismo. El mismo vestido blanco, doblado con cuidado sobre la misma clase de silla. Lo observó un momento con la expresión de alguien que ha decidido que hay cosas que no vale la pena cuestionar antes del desayuno. Luego lo aceptó porque los vestidos rotos seguían en el suelo y esa discusión ya estaba resuelta.
Agna seguía dormida cuando Eidelin empezó a cambiarse, y se despertó exactamente en el momento más inoportuno posible. Se cubrió los ojos con las manos de inmediato y se giró hacia la pared con una velocidad que habría sido admirable en otras circunstancias.
"Deberías cambiarte también", dijo Eidelin sin voltear. "Hoy tenemos cosas que hacer."
Agna asintió hacia la pared.
El comedor del hotel tenía ventanas que daban a la plaza y luz que entraba en ángulos oblicuos sobre las mesas de madera. Olía a pan recién hecho y a algo con canela que Eirika identificó antes de llegar a la puerta y que aceleró considerablemente sus pasos en el pasillo.
Las tres se sentaron. La comida llegó rápido. Eirika empezó a comer antes de que su plato terminara de posarse en la mesa, lo cual era técnicamente un logro.
"¿Durmieron bien?" preguntó entre bocados, mirando a Eidelin y a Agna con una expresión que pretendía ser casual y no terminaba de serlo del todo.
Agna abrazó el brazo de Eidelin como respuesta.
"Sí", dijo Eidelin. "Nos hacía falta."
Eirika masticó en silencio durante un momento. Luego dejó el tenedor.
"¿Cómo estará Ringo?"
El peso de la pregunta llegó antes que las palabras. Eidelin bajó la mirada hacia su plato.
"No lo sé", dijo. "Pero espero que esté bien."
Agna, que había estado en silencio desde que bajaron, tomó el pan de la canasta y se lo extendió a Eidelin con una seriedad que no correspondía al gesto.
"Ella estará bien", dijo en voz baja. "Porque ustedes son fuertes."
Eirika la miró. Era la primera vez que Agna decía algo que no fuera una respuesta directa a una pregunta, y lo había dicho con una convicción tranquila que no encajaba del todo con la chica que había estado temblando en el bosque el día anterior.
"¿De dónde eres, Agna?" preguntó Eirika.
Agna se tensó de inmediato y buscó a Eidelin con la mirada.
"Eirika", dijo Eidelin.
"Solo pregunto."
"Ya lo sé. Pero ella no está bien todavía." Una pausa. "Ha pasado por mucho."
Eirika consideró esto, miró a Agna, y decidió que había preguntas que podían esperar. Volvió a tomar el tenedor.
"Bueno", dijo. "Cambiando de tema. Deberíamos pensar en qué hacer ahora. No podemos quedarnos aquí para siempre esperando que aparezcan objetos solos."
Fue exactamente en ese momento cuando una chica apareció junto a su mesa como si hubiera estado ahí desde siempre y nadie se hubiera dado cuenta.
"Hola. Yo soy Aiko. Mucho gusto."
Era difícil precisar qué edad tenía Aiko. Podría haber tenido quince años o podría haber tenido veinticinco y simplemente haber decidido no comprometerse con ninguna de las dos opciones. Tenía el cabello corto y desordenado de un verde brillante que no era el verde de las plantas del bosque sino el verde de algo que había elegido ser ese color específico y no se disculpaba por ello. Sus ojos eran de un ámbar intenso, grandes y expresivos, con la particularidad de que miraban todo con la misma atención ligeramente desenfocada de alguien que está escuchando algo que los demás no pueden oír.
En las manos sostenía una bola de estambre azul que hacía rodar de un lado al otro sin ningún propósito aparente.
"Por cierto", añadió Aiko, como si fuera una continuación natural de haberse presentado, "Ringo va a estar bien. Yo soy la doctora, después de todo."
Eirika dejó el tenedor otra vez.
"¿Podemos verla?"
Aiko dejó de hacer rodar la bola de estambre y la miró con una expresión de genuina confusión.
"¿Ver a quién?"
"A Ringo."
"¿Quién es Ringo?"
El silencio que siguió tuvo una textura particular.
"Acabas de decir que Ringo va a estar bien", dijo Eidelin, con la paciencia de alguien que está catalogando activamente lo que tiene frente a ella.
"Dije que Ringo iba a estar bien y que yo soy la doctora", aclaró Aiko. "No la doctora de Ringo. Ni siquiera sé quién es Ringo." Hizo rodar la bola de estambre hacia el otro lado. "¿Quién es Ringo?"
Eirika abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
"Tú dijiste su nombre primero."
"Eso es cierto", admitió Aiko con una calma que no le correspondía a la situación. Luego miró a Agna con una curiosidad desenfocada. "Esa chica vampiro se ve rara."
Se sentó en la silla vacía de la mesa sin que nadie la hubiera invitado y tomó un panecillo de la canasta central con la misma naturalidad con que alguien toma agua. "¿Puedo?"
No esperó respuesta.
Eirika la observó masticar con la expresión de alguien que está considerando sus opciones y no encuentra ninguna particularmente satisfactoria.
"¿Qué quieres?" preguntó Eidelin directamente.
Aiko masticó. Tragó. Miró a Eidelin con esos ojos ámbar que de repente no parecían tan desenfocados.