SABADO 09:30 AM
La mañana era gris.
Fran estaba sentado frente a una taza de café con leche que ya se había enfriado. Del otro lado de la mesa, el responsable de aquella llamada lo observaba en silencio.
Su padre, Fabián, Un hombre que había sido más ausencia que recuerdo.
—Me alegra que hayas venido —dijo finalmente.
Fran no levantó la mirada.
—Decime para qué es esto —respondió, seco, con la mandíbula tensa.
Fabián dudó un instante antes de hablar.
—Es sobre… tu mamá. Sobre por qué nos divorciamos.
Fran apretó los dedos alrededor de la taza.
—No lo sé —dijo—. Pero supongo que ahora me lo vas a decir.
El hombre asintió, incómodo.
—La engañé.
El silencio cayó pesado entre los dos.
—Y… de esa relación… tenés un hermano.
Fran levantó la vista de golpe.
No dijo nada.
—Me gustaría que lo conozcas —agregó Fabián, sosteniéndole la mirada.
Fran soltó una risa breve, incrédula.
—No.
Fabián frunció el ceño.
—Fran…
—No, en serio —lo interrumpió—. No gracias.
Se inclinó hacia atrás, negando con la cabeza.
—Es una estupidez… todo esto.
Se levantó de la silla de golpe.
—Y vos… sos un…
Las palabras se le trabaron en la garganta en donde no salió nada, solo bronca, solo decepción haciendo que Fran gire sin terminar la frase y salir de la cafetería, empujando la puerta con más fuerza de la necesaria.
Fran salió de la cafetería sin mirar atrás.
Caminó primero. Después aceleró el paso. Y, sin darse cuenta, terminó corriendo.
El aire le quemaba en el pecho, pero no frenó.
Hasta que chocó contra alguien.
—¡Ey! —la voz lo hizo reaccionar.
Era Mariana.
Estaba sentada bajo un árbol, con un libro abierto entre las manos. Lo miraba con sorpresa… y algo más.
—¿Estás bien? —preguntó, incorporándose un poco.
Fran tardó un segundo en responder.
—Sí… sí, estoy bien —dijo, intentando recomponerse—. Salí a correr.
Mariana arqueó una ceja, divertida.
—No tenés cara de hacer eso.
Sin esperar respuesta, lo tomó suavemente del brazo y lo llevó a sentarse a su lado.
El contraste fue inmediato, el silencio, la sombra del árbol y la calma.
—¿Qué leés? —preguntó Fran, todavía agitado.
Mariana le mostró la tapa.
—Es de afuera. Stephen King… El misterio de Salem’s Lot.
Le extendió el libro.
—Deberías leerlo. Te abre la cabeza.
Fran lo sostuvo entre las manos, observándolo con curiosidad.
—¿Es bueno?
Mariana sonrió.
—Mucho.
Se levantó con tranquilidad, acomodándose la ropa.
—Nos vemos, Fran.
Se inclinó apenas y le dio un beso en la mejilla haciendo que el gesto fue suave, natural y volvió a dejarlo en silencio. Mariana se alejó caminando, sin mirar atrás dejando a Fran que se quedó ahí, con el libro en las manos. Y con la sensación de que, últimamente todo en su vida estaba cambiando demasiado rápido.
DOMINGO 18:40
Mientras Fran caminaba por el pasillo de su casa, una voz lo detuvo de donde venía de la cocina dejando ver que era su madre en donde hablaba por teléfono, pero no como siempre. Había algo distinto en su tono, más suave, más cercano y casi… íntimo.
Fran se quedó quieto, escuchando apenas desde la distancia.
—¿Con quién hablabas? —preguntó cuándo apareció en la puerta.
Aurelia dio un pequeño sobresalto. Colgó el teléfono más rápido de lo normal.
—Con nadie importante —respondió, evitando su mirada.
Sin agregar nada más, se alejó hacia su habitación.
Fran la observó irse, con una leve sonrisa que no terminaba de ser confianza algo no cerraba, pero no le dio mucha importancia para caminar hacia una silla y acomodar la mochila y salió de la casa.
El aire de afuera le pegó de golpe haciendo que mire a su alrededor y entonces lo vio a lo lejos, del otro lado de la calle, había alguien quieto observando la casa.
Fran frunció el ceño por un segundo pensó en acercarse en preguntar, pero algo en su cuerpo le dijo que no que se fuera, que no se metiera haciendo que desvié la mirada y caminó en dirección contraria, tratando de convencerse de que no era nada de que estaba imaginando cosas.