Malven

Capítulo 8: Jugo de tomate.

Lunes, 08:27

La semana volvía a empezar, pero nada era igual. El viernes anterior, Mich había muerto. El acoso constante lo había empujado demasiado lejos, y ahora su ausencia pesaba en cada rincón de la secundaria.

Cada uno lo llevaba como podía: algunos estaban tristes, otros intentaban seguir como si nada, y algunos… simplemente no se inmutaban.

En el aula de quinto año, el ambiente era extraño, como si algo invisible hubiera cambiado para siempre. Sin embargo, la rutina seguía: cuadernos abiertos, pupitres de madera que crujían, el murmullo bajo de las voces. El pizarrón verde mostraba restos de tiza blanca, como si la vida escolar insistiera en continuar.

Todos actuaban con normalidad. Todos… menos Fran, que se quedaba mirando un punto fijo, perdido en sus pensamientos, reviviendo lo ocurrido una y otra vez.

—No es tu culpa —dijo Macor, apoyando una mano en su hombro.

Fran tardó en reaccionar. —Lo sé… —respondió, aunque su voz no sonaba convencida—. Pero es raro… haber estado ahí.

Un dolor leve le cruzó la cabeza, haciéndolo fruncir el ceño apenas un segundo. Alzó la mirada hacia sus amigos, buscando sostén.

—Al menos… estamos todos juntos. Nada nos va a pasar —agregó, forzando una pequeña sonrisa.

Pero, en el fondo, ni él mismo estaba seguro de lo que acababa de decir. Sus ojos se quedaron fijos en el pizarrón, mientras una sensación incómoda le recorría el pecho, como si algo estuviera por cambiar.

Lunes, 08:50

El final de mes llegó con un aire raro.

No era solo el calor pegajoso que empezaba a sentirse en las mañanas, ni el ventilador del aula que giraba con desgano, haciendo más ruido que otra cosa. Era otra cosa. Algo que no se decía, pero estaba ahí, suspendido en el aire.

El grupo volvió a reunirse en el aula, ocupando casi por reflejo los mismos lugares de siempre. Como si sentarse en esos pupitres de madera, marcados con iniciales y rayones viejos, pudiera devolverles una normalidad que ya no existía.

Por un momento… lo logró.

Las hojas se abrieron, los cuadernos se desplegaron. Alguno comentó algo en voz baja. Una risa breve, incómoda, se escapó desde el fondo.

Pero duró poco.

La puerta se abrió.

El preceptor entró con una carpeta de cartón bajo el brazo y una lista en la mano. Su expresión era seria, más de lo habitual. El murmullo bajó apenas.

—Lamentablemente… —empezó, acomodándose los anteojos de marco grueso— tengo una noticia que no les va a gustar a algunos.

Las miradas empezaron a cruzarse. El murmullo creció, inquieto.

—Por disposición de la dirección —continuó—, algunos alumnos serán reubicados en otros cursos.

El silencio cayó de golpe seco definitivo en donde nadie preguntó nada y nadie se movió.

El preceptor bajó la vista hacia la lista.

—Navarro… Gallego… Francisco.

Levantó la mirada.

—Tomen sus cosas y síganme.

Por un segundo, nadie reaccionó.

Navarro fue el primero en moverse. Empujó la silla hacia atrás con un golpe seco y empezó a guardar sus cosas sin decir palabra. Gallego lo siguió, más lento, con el ceño apenas fruncido.

Fran se quedó quieto un instante más, como si no hubiera entendido del todo. Después reaccionó. Metió sus cuadernos en la mochila con movimientos torpes, sintiendo otra vez esa presión en el pecho que no terminaba de irse nunca.

Se cruzaron miradas cortas e inciertas en donde algunas manos se alzaron en despedidas rápidas. Otros simplemente bajaron la vista. Nadie sabía bien qué decir, porque no era solo un cambio de aula era otra cosa, otra ruptura, otra grieta que se abría, silenciosa.

Los tres salieron detrás del preceptor en donde la puerta se cerró a sus espaldas con un golpe seco y, por un instante, el aula pareció quedarse más vacía de lo que realmente estaba.

Lunes, 09:02

El nuevo curso no se sentía propio.

El aula era parecida los mismos pupitres de madera gastada, el mismo pizarrón verde con restos de tiza mal borrada, pero algo no encajaba. Las voces eran otras. Las miradas también.

Navarro, Gallego y Fran se sentaron juntos al fondo, casi por instinto, como si ese rincón pudiera protegerlos un poco del resto.

Algunos compañeros los observaban con curiosidad, cuchicheando entre ellos. Otros ni siquiera parecían registrar que habían llegado.

—Esto es una mierda —murmuró Gallego, dejándose caer en la silla, que crujió bajo su peso.

Fran apoyó los codos sobre el pupitre y miró alrededor.

—Capaz… termina siendo interesante —dijo, sin demasiada convicción.

Su mirada se desvió. Navarro ya estaba hablando con otro chico, inclinado hacia él, como si nada hubiera pasado. Como si el cambio de curso fuera apenas un detalle menor.



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En el texto hay: argentina, drama, adoleste

Editado: 16.05.2026

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