MARTES, 23 DE MARZO DE 1976.
La noche había caído hacía horas sobre el pueblo. Las calles estaban tranquilas y, detrás de las ventanas iluminadas, las familias intentaban mantener la rutina de siempre, aunque el clima en el país llevaba meses cargado de rumores, incertidumbre y conversaciones en voz baja.
En su habitación, Fran estudiaba.
Sobre el escritorio se acumulaban apuntes, cuadernos y algunos libros de literatura correspondientes a su último año de secundaria. Entre ellos descansaba un ejemplar de Monigote en la arena, de Laura Devetach, abierto por la mitad.
A veces leía una página o a veces simplemente se quedaba mirando las palabras.
El último año solo pensarlo le provocaba una mezcla extraña de emoción y miedo.
Dentro de unos meses tendría que decidir qué hacer con su vida. Elegir una carrera, un trabajo, un rumbo. En definitiva, convertirse en alguien.
Y eso era precisamente lo que más lo asustaba.
—La vida es complicada... —murmuró para sí mismo mientras acomodaba el libro sobre el escritorio.
La puerta se abrió suavemente.
Aurelia apareció con el guardapolvo recién planchado entre las manos.
—Amor, andá acostándote. Mañana tenés que levantarte temprano.
Fran levantó la vista y sonrió.
—Lo haré. Termino este capítulo y me voy a dormir.
Su madre se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—No te quedes toda la noche leyendo.
—Prometido.
Aurelia salió de la habitación y cerró la puerta.
Fran tomó el libro, se acomodó sobre la cama y siguió leyendo.
Las páginas fueron pasando una tras otra.
Sin darse cuenta, las horas comenzaron a deslizarse lentamente hacia la madrugada.
La única compañía era la radio que sonaba a bajo volumen sobre una mesa cercana. Música, publicidad, algún locutor nocturno, nada fuera de lo común hasta que, de repente, la transmisión se interrumpió.
La música desapareció con un ruido seco invadió el parlante y después llegó una voz formal, fría y Distante haciendo que Fran levante la cabeza de inmediato.
Algo en el tono le hizo comprender que no era un anuncio cualquiera.
Se incorporó lentamente sobre la cama y prestó atención.
—Comunicado número uno de la Junta de Comandantes Generales...
El joven sintió un escalofrío.
La voz continuó leyendo el mensaje oficial, anunciando que las Fuerzas Armadas habían asumido el control del país y que la población debía obedecer las disposiciones de las autoridades militares, policiales y de seguridad.
La habitación quedó en silencio solo se escuchaba la radio en donde Fran permaneció inmóvil no entendía completamente el alcance de aquellas palabras.
Sabía que algo importante acababa de ocurrir y sabía que, al día siguiente, todos hablarían de eso. Pero todavía no podía imaginar cuánto cambiarían las cosas a partir de aquella madrugada mientras la voz seguía enumerando disposiciones y nombres de comandantes, el muchacho miró por la ventana.
La calle seguía igual, las casas seguían igual en donde el pueblo parecía exactamente el mismo y, sin embargo, en algún lugar entre la noche del 23 y la madrugada del 24 de marzo de 1976, la Argentina acababa de entrar en una nueva etapa de su historia.
AL DÍA SIGUIENTE.
Fran llegó a la escuela técnica más temprano de lo habitual sin embargo, desde la esquina ya pudo notar que algo había cambiado.
Había hombres en la entrada no eran profesores ni preceptores. Vestían uniformes y observaban a cada estudiante que cruzaba el portón. Uno por uno, revisaban mochilas, carpetas y bolsos antes de permitirles entrar.
El ambiente estaba cargado de una tensión difícil de explicar.
Fran ajustó la correa de su mochila mientras esperaba su turno.
Cuando le tocó pasar, un hombre revisó sus cosas con rapidez y le indicó que siguiera.
—Adelante.
Fran obedeció sin decir nada al cruzar el patio sintió que la escuela tampoco era la misma por dentro, los cambios estaban por todas partes.
En las aulas, los viejos bancos dobles habían desaparecido. Ahora cada alumno tenía un pupitre individual de madera, alineado en filas rectas y perfectamente ordenadas. La separación entre estudiantes era mucho mayor que antes.
Por las ventanas abiertas seguían entrando los sonidos característicos de la técnica: el zumbido constante de los tornos, el golpe seco de los martillos y el olor a aceite de máquina que impregnaba los talleres desde hacía años.
Pero incluso esos ruidos familiares parecían diferentes aquella mañana.
—¿Qué carajo pasó acá? —murmuró Fran.
—Lo mismo me pregunté yo.
Era Gallego, que acababa de entrar detrás de él.