Isabella revolvía el guiso. El olor flotaba por la cocina; zanahorias, cebollas, papas, carne.
Mientras movía la cuchara, pensaba en Logan sentado en el sillón, en Noah arriba buscando una curita de dinosaurio.
Estaba tan inmersa en sus pensamientos que no lo escuchó acercarse. No lo vio cruzar el salón, y menos aún llegar a la cocina. Solo lo sintió de pronto, muy cerca de su oído, demasiado cerca, y su voz que preguntó:
—¿Qué es eso?
Ella pegó un grito. La cuchara de palo salió disparada de su mano, rebotó en el borde de la olla, y aterrizó en el piso.
—¡Carajo! —se dio vuelta con el corazón en la garganta—. ¿Qué te pasa?
Logan levantó las manos—. Disculpa.
Isabella abrió los ojos, se quedó mirándolo, pues Logan Harrington acababa de disculparse. Sin que nadie se lo pidiera. Únicamente una disculpa, así, como si fuera algo que hacía todos los días.
—El aroma me llamó —continuó él, completamente ajeno al hecho de que Bella estaba procesando algo que contradecía todo lo que conocía de él—. Huele delicioso ¿Qué cocinas?
—Guiso de verduras —se volteó hacia la olla, necesitaba mirar a otro lado—. Y para la próxima, no te acerques así como si nada.
—¿Por qué no?. Eres mi esposa ¿O es que tenemos problemas?
—No —afirmó, demasiado rápido—. No tenemos problemas. Solo valoro mucho mi espacio personal.
Logan levantó una ceja. Miró a su alrededor recorriendo la cocina con los ojos—. Te ayudaré a poner la mesa.
Isabella se quedó con la cuchara a medio camino de la olla. Lo observó abriendo y cerrando cajones.
Al principio quiso negarse, pero si él quería ayudar con las labores domésticas, entonces que ayudara.
Ella señaló el cajón correcto, le indicó dónde estaban los platos, y volvió a su guiso con la satisfacción de que acababa de ganar un punto.
Logan puso la mesa con concentración. Sentía como si jamás en su vida hubiese hecho eso antes. No obstante, ordenó cada cosa en su lugar.
Isa preparó la ensalada sin mirarlo, pero lo escuchaba moverse, los platos, los cubiertos, el ruido de la silla al correrse.
—¡Noah! —llamó hacia la escalera—. ¡A cenar!
—¡Ya bajo!
Treinta segundos después se escucharon los pasos corriendo por el pasillo de arriba, luego bajando la escalera de dos en dos, y Noah apareció en el salón con el pijama puesto y algo en la mano que levantaba como si fuera un trofeo.
—¡Papá, papá, mira!—era un sobre de curitas, de dinosaurios—. ¿Cuál quieres?
El pelinegro las miró, y escogió la más colorida.
—Ese —dijo.
Noah asintió, despegó la curita, y Logan se inclinó hacia adelante. El pequeño se la pegó con una delicadeza que Isabella nunca le vio usar para nada, con la lengua asomando levemente por la comisura de la boca.
—Listo —dijo Noah, satisfecho—. Ahora sanas más rápido.
—Gracias.
El pequeño se sentó a su lado. Isabella sirvió los platos mirando la escena de reojo y mordiéndose los labios con fuerza. Porque claramente Noah había olvidado completamente que esto era una mentira. Que ese hombre sentado a su lado no era su padre, que nada de lo que estaba pasando en esa mesa era real.
Su hijo fingía demasiado bien, o quizás no fingía, y eso si que era un problema.
Comenzaron a comer.
—Cielos —declaró Logan luego de comer en silencio—. Esto es delicioso.
Lo dijo con tal honestidad, que Isabella no supo cómo tomarlo. Ella sabía que él nunca comió algo así. Siempre frecuentaba restaurantes de lujo o pedía a domicilio. Y probablemente nunca en su vida había tenido un plato de guiso de verduras hecho en casa.
—Papá —soltó repentinamente Noah—. ¿Me enseñas a jugar a la pelota? Tenemos un partido en el colegio pronto.
Logan levantó la mano y le desordenó el cabello—Claro que sí. Pero primero tengo que hacer todo lo que tu madre me pida, y después jugamos, por las tardes.
—Está bien, papá —le sonrió—. Primero lo que diga mamá.
Isabella comió rápido, con la cabeza baja y la vista en el plato, porque si la levantaba tenía que ver a Logan mirando a Noah y a Noah mirando a Logan y toda esa escena que era falsa pero que se veía tan increíblemente real que le costaba recordar la diferencia.
Cuando ya habían terminado, ella dijo:
—Noah, a cepillarte los dientes y a dormir.
—¿Papá me lees un cuento?
Logan ya estaba apilando los platos.
—Claro. Dame un minuto y subo.
Bella apretó los puños bajo la mesa.
Qué diablos estaba pasando.
Este hombre, este mismo hombre que cuatro años no había dicho por favor ni gracias ni disculpa, ahora apilaba platos y se ofrecía a leer cuentos y le acariciaba el pelo a su hijo como si lo hubiera hecho toda la vida.
Y ahí sonrió. Despacio, casi sin querer. Porque si el pedante quería ayudar, pues que ayudara. Si quería lavar platos y leer cuentos y arreglar cercas, adelante. Eso es lo que ella había planeado y no va a ponerse sentimental ahora.
Se levantó y empezó a lavar la loza. Minutos después, cuando dejó todo listo, subió.
Se detuvo frente al cuarto. Noah le enseñaba su colección de dinosaurios. Logan asentía, y preguntaba.
En un momento, el niño le puso algo en las manos.
—Papá, vuelvo en un segundo. Por mientras abraza a mi dinosaurio. Huele muy rico.
Fue al baño. Logan se quedó solo con el peluche.
Isabella lo vio desde el pasillo sin que él la notara. Lo vio mirarlo, lo vio acercarse el peluche despacio. Lo olió, y entonces sonrió.
—Mi hijo —murmuró, tan bajo que Isabella no lo escuchó—. Es mi hijo.
Noah volvió del baño, se metió en la cama, y se tapó hasta la barbilla. Logan se sentó a su lado, abriendo el libro que el niño eligió.
Isa se apoyó en el umbral. Logan leía bien, algo que no se lo esperaba. Leía con pausas, cambiaba la voz para los distintos personajes, y Noah lo miraba con los ojos cada vez más somnolientos y esa sonrisa que tenía cuando estaba contento de verdad.