El despertador sonó a las seis en punto.
Logan no se movió.
Isabella abrió un ojo, miró el techo, escuchó el ronquido y decidió que el codazo era lo más eficiente para despertar a aquel sinvergüenza.
Se lo dio directo en las costillas.
Él se incorporó de golpe, completamente asustado—. ¡Ah! ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
—Es la hora.
—¿Hora de qué?
—De empezar con el campo. Tu primera tarea es recoger los huevos de las gallinas.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Pero cómo tan temprano?
—Así es el campo.
Él observó la ventana con los ojos entrecerrados—. Pero si todavía está oscuro.
—Falta muy poco para que aclare. Levántate rápido.
Se quedó sentado en el borde de la cama. Se frotó la cara con las dos manos—. ¿Estás segura de que yo he hecho esto antes?
Isabella no esperaba esa pregunta.
—¿Por qué?
—No sé. Por una razón extraña siento que esto no es algo que yo haya hecho en mi vida. Que levantarme a esta hora a buscar huevos no es... —sacudió la cabeza—. No sé, debe ser el golpe.
—Amas las gallinas —afirmó Bella sin titubear—. Las has tenido toda la vida, y sobre todo te encanta recoger los huevos porque después haces omelette, huevos revueltos, tortillas. Dices que los huevos frescos saben completamente diferente a los del supermercado.
Logan se dió vuelta a mirarla—. ¿Yo digo eso?
—Así es.
—Está bien, si mi hermosa esposa lo dice, entonces es la pura y santa verdad —y dicho eso, se levantó.
Ella se dio vuelta, acomodó la almohada, y se tapó hasta las orejas—. Yo seguiré durmiendo.
—¿Cómo?
—Tú te encargas del campo por las mañanas. Yo me encargo del desayuno despues, siempre ha sido así.
Una mentira tan perfecta que ni ella misma encontró la falla.
Él no cuestionó nada, simplemente se levantó y fue al baño.
Isabella escuchó correr el agua, luego el ruido de los cajones abrir y cerrarse. Cuando los pasos bajaron la escalera, ella abrió los ojos y se rió, tapándose la boca con la cobija, porque su jefe, ahora esposo, acababa de bajar a buscar gallinas a las seis de la mañana y eso era, sin ninguna duda, lo mejor que había pasado en los últimos cuatro años de su vida.
Logan se detuvo al pie de la escala, se dió cuenta que olvidó un detalle muy importante.
—Isabella —llamó en voz baja para no despertar a Noah.
—¿Qué?—llegó desde arriba.
—¿Dónde están las gallinas?
—En el granero. Va a ser fácil encontrarlas.
—¿Y dónde está el granero?
—Encuéntralo solito —canturreó ella, con una voz dulce.
Se quedó parado en la cocina mirando la puerta trasera con los brazos cruzados.
—Maldición —murmuró, poniéndose las botas que para rematar, le quedaban un número más grande.
Abrió la puerta trasera y salió al frío que helaba hasta los huesos.
El granero estaba al fondo, era obvio ahora que lo veía, una estructura roja con grandes puertas de madera de dónde salían sonidos de animales. Caminó hacia allá con pasos cautelosos, sin saber a lo que se enfrentaba.
Las gallinas estaban organizadas, cada una en su lugar, los nidos alineados en la pared.
Él lo miró todo desde la puerta. Había una canasta colgada en un gancho junto a la entrada. La sostuvo frente a él como si fuera un objeto de procedencia dudosa.
—Está bien —susurró—. Huevos, solo tengo que recoger huevos.
Dio un paso adentro, un tanto nervioso.
Las gallinas lo vieron, y él las vio a ellas.
Nadie se movió durante un momento, parecía una batalla silenciosa entre humano y aves.
Después Logan dio otro paso hacia los nidales, y se agachó frente al primero, vio un huevo marrón que descansaba en la paja. Extendió la mano lentamente y lo tomó.
Lo logró, miró el huevo en su mano con satisfacción y lo puso en la canasta.
Fue por el segundo, y para su sorpresa, también lo pudo sacar.
Fue en el tercer nidal donde todo se complicó. La gallina estaba ahí todavía, cosa que en el primero y el segundo no había pasado, y cuando Logan metió la mano, ella levantó la cabeza y lo miró con una expresión de que había decidido que ese humano era un problema.
Logan retiró la mano, asustado.
~{Es solo una gallina, no seas cobarde}~ pensó.
Volvió a intentarlo, más despacio, con delicadeza y precaución.
El picotazo llegó antes de que pudiera siquiera tocar el huevo.
—¡Ay! ¡Carajo!
Se apartó tan rápido que casi pierde el equilibrio. La gallina abrió las alas, intimidante.
Él se miró los nudillos, una pequeña marca roja que sangraba.
—¡Con qué salvaje! ¿Acaso no me reconoces? ¡Soy yo, Logan!
Si la gallina pudiese hablar ciertamente le hubiese dicho que jamás en su vida lo había visto.
Las demás gallinas, que hasta ese momento se mantenían tranquilas, porque no tenían nada que ver en el asunto, empezaron a moverse, inquietas, y al segundo siguiente ocurrió lo impensable.
Logan no lo vio venir.
Lo atacaron en grupo, pues decidieron que ese hombre de botas grandes no tiene ningún derecho a estar en su gallinero.
Picoteos por aquí, aletazos por allá.
Él salió corriendo, sosteniendo la canasta con los dos huevos, que por milagro pudo recolectar.
Terminó de pie en el patio trasero, con el cabello hecho un lío y unos ojos tan impactantes, que de seguro, se le podría describir como la mirada de las mil yardas.
Se quedó observando el gallinero.
Adentro, el escándalo de las gallinas fue calmándose despacio, como un levantamiento que termina cuando el
intruso se va.
Logan bajó la canasta, contó los huevos. Dos, tenía dos huevos y quince picotazos.
