Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

El plan no era así

Logan se mordió los labios, y pensó con una ferocidad determinante que no iba a volver a esa casa sin los huevos. Que si esas gallinas creían que habían ganado, estaban completamente equivocadas.

Respiró profundo, y volvió a entrar.

Lo que siguió fue un aprendizaje de acierto y error, acompañado de varios picotazos. Aprendió que, si se movía despacio y no miraba directo a los ojos de las gallinas y dejaba la mano quieta un segundo antes de tomar el huevo, las probabilidades de sobrevivir mejoraban considerablemente.

También aprendió, demasiado tarde, que los huevos son frágiles. El primero que rompió fue por apretar demasiado cuando una gallina lo sobresaltó por detrás. Vió los restos en la palma de su mano, echó un vistazo a su alrededor como si alguien pudiera haberlo visto, y enterró discretamente los restos en la paja con el pie.

El segundo se cayó de la canasta cuando dio un paso en falso. El tercero lo rompió contra el borde del nidal al sacar la mano demasiado rápido.

Para el cuarto ya había entendido qué hacer. Debía tener movimientos lentos, agarrarlos suavemente, con la respiración controlada. Además, ignorar los picotazos como si fueran un simple juego. El siguiente huevo llegó entero a la canasta y así todos los que siguieron.

Cuando terminó salió al patio con la canasta llena, los nudillos rojos, la camisa salida del pantalón, y una satisfacción que no podía explicar.

Se había ganado esos huevos.

Los contempló con orgullo, y pensó que no fue tan difícil después de todo.

Entró a la casa. La cocina estaba vacía y en silencio. Puso la canasta en la mesa, y se lavó las manos con cuidado porque los nudillos le ardían.

Isabella había dicho que él hacía omelette y huevos revueltos. Miró la sartén colgada en el gancho de la pared, miró los huevos, y la cocina de gas.

—Está bien —murmuró—. Soy un hombre que ama cocinar huevos, esto es lo mío. Lo presiento.

Puso la sartén en el fuego. La encendió con más confianza de la que tenía. Tomó un huevo, lo quebró contra el borde, y la mitad del contenido fue a parar fuera, y la otra mitad a la sartén.

—¡Carajo!—rápidamente limpió con una servilleta. Intentó de nuevo, ese si salió bien. Revolvió con el tenedor, pero la temperatura era demasiado alta. Lo supo cuando el borde empezó a dorarse más rápido de lo esperado.

Bajó el fuego y siguió cocinando. Revolvió, esperó, añadió sal, y después otro poco más de sal.

Al pasar tres minutos, la cosa amarillenta de la sartén pasó de ser un desastre a algo que olía bastante bien.

Cuando terminó la primera tanda buscó los platos. Acomodó la mesa con concentración; tres platos, tres tazas, cubiertos, servilletas.

Preparó café. Encontró bolsitas de té en la alacena y dedujo, correctamente, que eran para Noah, por lo que calentó agua.

Se alejó un paso y miró la mesa.

No era perfecta. Los huevos tenían las orillas más doradas, parece que se le había ido la mano con la sal y el café se veía demasiado negro. Sin embargo, la mesa estaba puesta, los tres platos listos, y el desayuno era gracias a él, y eso era algo que Logan Harrington no había hecho nunca en su pudiente vida.

Primero bajó Isabella. Con el pelo suelto y los ojos adormilados. Se detuvo en el último peldaño y miró la cocina.

Logan estaba de pie junto a la mesa con la camisa salida, los nudillos rojos, el pelo completamente desordenado como si hubiesen tirado de él, y en la mesa tres platos servidos, el café humeante, y el té de Noah listo.

Isabella analizó todo eso en silencio.

—¿Qué te pasó en las manos?

—Las gallinas tienen una actitud muy agresiva para ser animales domésticos —comentó Logan con toda la seriedad del mundo.

Ella se mordió el interior de la mejilla—. ¿Rompiste algún huevo?

—No —afirmó Logan.

Bella fijó sus ojos en él, y éste sostuvo la mirada con la cara más seria que podía fingir.

—Ninguno—repitió Logan.

Isa decidió no decir nada. Se sentó a la mesa justo cuando se escucharon los pasos corriendo por el pasillo de arriba, la voz de Noah antes de que apareciera.

—¡Papá!

Noah llegó al último peldaño y fue directo a él con los brazos abiertos. Logan lo recibió, lo levantó del suelo con un movimiento que le provocó dolor, pero no se quejó.

—Preparé el desayuno.

Noah se separó para mirarlo con los ojos abiertos.

—¿Tú?

—Yo.

El niño miró la mesa—. ¡Guau! —exclamó emocionado.

Los tres se sentaron. Noah llevó el primer bocado de huevo a su boca, mástico, y de inmediato notó que estaba un poco salado.

—Están exquisitos —anunció.

Logan asintió con satisfacción. Isabella comió en silencio, los huevos tenían demasiada sal y aparentemente su hijo prefirió no confesarlo.

—Papá —dijo Noah, con la boca todavía medio llena—, ¿Me llevas hoy al colegio?

Él sonrió. Una sonrisa enorme, de esas que ocupan toda la cara.

—Claro que sí. Terminamos el desayuno, te preparas, y te llevo.

Bella miró a Noah por encima de la taza de café. Le puso los ojos bien grandes.

El mensaje era claro, ese no era el plan, ese no había sido nunca el plan, había demasiada familiaridad en esa mesa y demasiado entusiasmo en ese niño y todo esto se estaba saliendo de control a una velocidad que no calculó.

Él pequeño la ignoró con naturalidad, él decidió algo y no estaba dispuesto a negociarlo.

Logan y Noah hablaron durante todo el desayuno. Sobre el partido de fútbol que se venía en el colegio, sobre el dinosaurio favorito de Noah, sobre los caballos del potrero. Logan respondía todo con una atención que Isabella no podía ignorar por más que lo intentara, esa manera de mirarlo cuando Noah hablaba, como si lo que decía fuera lo más interesante que había escuchado desde que abrió los ojos en el hospital.

Ella comió rápido y en silencio. Se sentía como una intrusa en su propia mesa.

Cuando los platos estaban vacíos se levantó a recogerlos y Logan dijo:




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