Noah soltó las dos manos al mismo tiempo cuando vio el portón del colegio.
Salió disparado hacia el grupo de niños que esperaban en la entrada.
Pero antes de saludar a sus amigos, se detuvo, se giró y volvió corriendo.
Fue directo a Logan, le rodeó la cintura con los brazos, le dio un abrazo rápido y apretado, y antes de soltarse levantó la vista y dijo:
—Nos vemos más tarde papá.
Le regaló una deslumbrante sonrisa, le soltó la cintura, le dio un beso a Isabella en la mejilla, y salió corriendo de vuelta con sus amigos sin mirar atrás.
Bella lo vio entrar y sonrió con nostalgia, como siempre lo hacía cuando se debían separar.
Justo en ese momento vio a la profesora. Estaba en la entrada recibiendo a los niños y saludando a los padres con educación, hasta que sus ojos encontraron a Logan.
La mujer lo observó sin decoro alguno.
No fue un vistazo. Fue una mirada larga, de esas que empiezan por el rostro y bajan despacio.
Isabella lo notó, claro que lo notó. Se cruzó de brazos y la miró con los brazos cruzados y una ceja alzada.
~{Uy, descarada. Si quieres te lo regalo eh, pero primero me lo quedo yo hasta cobrar mi venganza}~ pensó.
La profesora notando la frialdad de su mirada, de pronto recordó su lugar y rápidamente volvió su atención a los niños.
Isabella bajo los brazos a los costados de su cuerpos y empezaron a caminar en dirección a la casa.
Ya llevaban media cuadra cuando Logan dijo;
—Oye.
—Qué.
—¿Es idea mía o esa profesora me quedó mirando?
—No lo noté —contestó ella, con indiferencia.
—Yo sí lo noté.
—Bueno, qué bien por ti.
Él la miró de reojo, divertido—. ¿Estás molesta?
—No estoy molesta.
—Pareces molesta.
—Pues no lo estoy.
—Isabella.
—Logan.
Él se rió abiertamente. Porque desde su perspectiva, la pequeña mujer sí estaba molesta, incluso celosa.
Isa lo escuchó y miró hacia adelante con la mandíbula levemente apretada, esa risa le resultaba irritante.
Logan extendió su mano y ella la tomó apretando los dientes. Se suponía que eran esposos, y el papel debía sostenerlo hasta el final.
Sin tener otra opción le dió la mano, y en ese contacto, Logan aprovechó para acariciarla con sus dedos.
Durante todo el camino contuvo las ganas de salir corriendo, pero se consolaba en la tarea que pronto le daría a su jefecito.
En cuanto llegaron a la casa, Isabella se paró justo al lado de la cerca, esa estructura que tenía palos torcidos y mal puestos, unidos únicamente por un alambre que estaba flojo.
—Por aquí empezamos.
—¿Por la cerca?
—Sí. Los palos rotos hay que sacarlos y poner palos nuevos, el alambre hay que tensarlo, y ese poste del fondo hay que enterrarlo de nuevo porque está a punto de caerse.
—¿Y las herramientas?
—En el galpón—señaló hacia la pequeña construcción de madera al lado del granero—. Hay martillo, clavos, tenazas, alambre. Todo lo que necesitas.
—¿Y tú?
—Yo tengo cosas que hacer adentro —dijo Isabella—. Tú sabes perfectamente cómo hacer esto, así que no necesitas que te explique nada.
Él la miró, como queriendo decir algo, pero ella le sostuvo la mirada con toda la inocencia fingida.
Él se mordió los labios y fue al galpón, estuvo adentro un momento, y salió con un martillo en una mano, y una bolsa de clavos en la otra.
Isabella entró a la casa, cerró la puerta.
Y se quedó parada en la cocina con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Que empezara el espectáculo.
Minutos después se acercó a la ventana de la cocina con su taza de café y observó hacia afuera.
Logan sostenía un clavo contra la madera con los dedos de la mano izquierda mientras con la derecha levantaba el martillo.
El primer golpe fue un fracaso. Golpeó a la derecha del clavo, dándole a la madera y el clavo salió disparado al pasto.
Lo buscó con la vista, lo recogió e intentó de nuevo.
El segundo golpe fue mejor en dirección pero excesivo en fuerza, enterró el clavo torcido en la madera en un ángulo que no servía para nada y que iba a ser muy difícil sacar.
Isabella tomó un sorbo de café.
El tercero fue cuando ocurrió lo inevitable.
El martillo bajó, el clavo se movió en el último segundo, y Logan soltó un alarido agudo y doloroso. Sacudió la mano izquierda con vehemencia, lanzando improperios al aire y al maldito martillo.
Isabella se alejó de la ventana antes de que él mirara hacia la casa.
Se sentó a la mesa. Y se rió sola, con la mano tapándose la boca. Se rió tanto tiempo que lágrimas se le escaparon por las comisuras de sus ojos.
Recordó la vez en que Logan la había humillado frente a toda la oficina, hace medio año. Aquella vez, le recordó que ella era solo una contadora. Que no estaba a su nivel, que su lugar era detrás de un escritorio… en silencio.
Las risas no se hicieron esperar, y ella prometió que un día se cobraría todo aquello.
El día llegó, y ella no está dispuesta a retroceder.
A media mañana se asomó de nuevo.
Logan seguía en la cerca. Tenía los nudillos de la mano izquierda con varias marcas nuevas que se sumaban a los picotazos del gallinero, la camiseta con una mancha de tierra en el hombro, y el pelo pegado a la frente por el esfuerzo.
Pero había enderezado dos postes y tensado el alambre en un tramo.
Al mediodía le llevó un vaso de agua sin decir nada.
A las cuatro Isabella salió nuevamente.
Logan estaba todavía con la cerca, ahora en el tramo del fondo, luchando con el poste que había dicho que estaba a punto de caerse. BTenía tierra hasta los codos.
Isabella lo miró—. Voy a buscar a Noah al colegio.
—Está bien.
—¿Necesitas algo antes de que me vaya?
—Estoy bien.
Isabella llegó al camino de tierra, y cuando estuvo a unos metros se dio vuelta una vez.
Él seguía ahí, con el poste, el alambre, la tierra, los nudillos rojos, peleando contra una cerca de campo con la misma concentración con que debía pelear contra los mercados financieros, como si el mundo entero dependiera de que ese maldito poste quedara derecho.