Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

Una vaca juguetona

El despertador sonó a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana. Quince minutos antes que el día anterior, porque Isabella había movido la hora a propósito.

Logan gruñó, no queriendo despertar. Se dio vuelta en la cama y hundió la cara en la almohada.

Isabella abrió un ojo. Lo miró en la penumbra del cuarto y sonrió contra su propia almohada.

—¡Logan despierta! Es la hora.

—¿Ya? —somnoliento miró a la ventana—. Isabella, afuera todavía no amanece.

—El campo no espera a que amanezca.

Él se sentó en el borde de la cama, se frotó los ojos con las dos manos, y de pronto algo cambió en su expresión. Se enderezó, cuadró los hombros como un soldado que recibe órdenes.

—Está bien. Voy por los huevos.

—¿Perdón?

—Los huevos —repitió Logan con una seguridad que ella no esperaba—. Ayer aprendí a recogerlos sin que me masacren. Hoy voy a ser más rápido, creo que la clave es no mirar a la gallina gris directamente a los ojos, tiene un problema de autoridad.

Isabella se mordió el interior de la mejilla.

El muy idiota estaba orgulloso.

—Hoy no son los huevos.

—¿No?

—No. Hoy te toca ordeñar las vacas.

—¿Ordeñar?

—Ordeñar. Sacar leche, de las vacas. Las que están en el establo.

—¿Las vacas? —parpadeó—. ¿Las vacas grandes?

—No tenemos vacas chicas, Logan.

Él se quedó mirando un punto fijo en la pared. Isabella podía ver cómo su cerebro procesaba la información, y disfrutaba cada segundo de ese procesamiento.

—¿Y cómo se hace?

Isabella bostezó, se estiró como un gato, se acomodó mejor en la almohada y respondió con dulzura—. Es facilísimo. Te sientas en el banquito que hay al lado de cada vaca, pones el balde debajo, agarras las ubres con las dos manos y aprietas. Hacia abajo, con ritmo, como si estuvieras tocando un instrumento.

—¿Un instrumento?

—Ajá. Tú lo has hecho miles de veces, así que tu cuerpo debería recordarlo aunque tu cabeza no.

Otra mentira perfecta. Entregada con una naturalidad que a estas alturas ya no le costaba.

Logan asintió, poco convencido.

Cuando los pasos bajaron la escalera, ella se tapó hasta las orejas, cerró los ojos, y dejó que una sonrisa le ocupara toda la cara.

Que Dios lo ampare con las vacas

—pensó.

.

.

El establo estaba al costado del granero, separado por un camino de tierra que a esa hora todavía tenía escarcha. Logan caminó hacia allá con las botas que le quedaban grandes, y el balde en una mano.

Encontró a las vacas, eran tres, grandes. Enormes, en realidad, desde la perspectiva de un hombre que nunca había estado tan cerca de una vaca en su vida. La primera lo miró con ojos oscuros y tranquilos.

—Buenos días —dijo Logan.

La vaca no respondió, obviamente.

Buscó el banquito. Lo encontró colgado de un clavo en la pared, lo colocó al costado de la primera vaca, puso el balde debajo, y se sentó.

La vaca giró la cabeza para mirarlo.

—Vamos a colaborar. Tú te quedas quieta, yo hago lo que tengo que hacer, y los dos salimos de esta con dignidad.

Extendió las manos hacia las ubres. Tragó saliva y agarró con las dos manos. Apretó, y nada. Lo hizo más fuerte, pero no salía absolutamente nada.

La vaca emitió un sonido bajo.

—Isabella dijo que es como tocar un instrumento —murmuró para sí mismo—. Con ritmo, hacia abajo.

Cambió la posición de los dedos. Apretó de arriba hacia abajo, primero con una mano, luego con la otra, intentando crear algo parecido a una secuencia.

Un chorro fino, delgado como un hilo, cayó al balde—. ¡Sí! —exclamó, con entusiasmo.

El grito asustó a la vaca. El animal se movió bruscamente hacia un costado, el banquito se corrió, y Logan tuvo que aferrarse a lo primero que encontró para no caerse, que resultó ser la vaca. Se quedó colgado de ella, abrazado a su costado.

—Perdón, perdón. Fue mi culpa, no volverá a pasar.

Volvió a sentarse. Retomó el ritmo, y está vez la leche cayó con más fluidez. El balde se iba llenando despacio, y Logan empezó a sentir algo que no esperaba: satisfacción… por producir algo con sus propias manos.

Estaba casi sonriendo cuando ocurrió.

La segunda vaca, que se encontraba detrás de él y a la que no le estaba prestando la menor atención, decidió que el pelo de Logan le generaba curiosidad.

Se acercó por detrás y le lamió la nuca, con su lengua áspera y húmeda.

Él pegó un salto que casi volcó el balde—. ¡¿Qué diablos?!

Se dio vuelta y la vaca lo miraba con la

inocencia de quien no ha hecho absolutamente nada malo.

Se pasó la mano por la nuca. Estaba empapado de baba.

—¿Era necesario? —le preguntó a la vaca, con indignación.

La vaca pestañeó.

Respiró, se limpió la mano en el pantalón, y volvió a sentarse. Retomó el ordeño con los dientes apretados y vigilando de vez en cuando a la juguetona vaca.

Cuando terminó con la primera se trasladó a la segunda, la misma que le había lamido la nuca. Se sentó con cautela, mirándola de reojo.

—Tú y yo vamos a tener una relación profesional —le advirtió—. Nada de lengüetazos.

La segunda vaca fue más colaboradora. La leche salió con más facilidad. Encontró el ritmo más rápido esta vez, y el balde se llenó a buen paso.

Fue con la tercera donde vino el golpe de gracia. Era la más grande de las tres, y la más inquieta. Movía las patas, sacudía la cabeza, cambiaba de posición. Logan se sentó a su lado con precaución, puso el balde y empezó a ordeñar.

Todo iba razonablemente bien hasta que una mosca, una sola mosca diminuta, aterrizó en el lomo de la vaca.

El animal sacudió la cola. Le dio de lleno en la cara, no fue un roce, fue un latigazo que le cruzó desde la mejilla izquierda hasta la frente, dejándole una marca y un ardor que le hizo cerrar los ojos.

—¡Maldición! —se llevó las manos a la cara.

La vaca siguió espantando la mosca con total indiferencia.




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