Manual para domesticar a tu jefe con amnesia

La cacería

Era fin de semana, específicamente día Sábado.

Tocaron la puerta a las dos de la tarde. Isabella abrió y encontró a Tomás, el mayor del grupo de muchachos del pueblo. Detrás de él venían Elías, y Miguel, el más callado de los tres pero el que mejor puntería tenía con el rifle.

—Buenas tardes, señora—dijo Tomás, quitándose el sombrero con una reverencia exagerada.

—¿Qué necesitan?

—Venimos a buscar a su esposo —en joven se asomó por encima del hombro de ella—. Hoy es noche de cacería. Tradición sagrada del pueblo.

—¿Logan sabe de esto?

—Debería saberlo. Lleva años viniendo con nosotros —la miró con complicidad—. Bueno, eso es lo que él cree. ¿No?

Isabella le lanzó una mirada que decía claramente que cerrara la boca.

—Esperen aquí —dijo, y cerró la puerta.

Subió la escalera y encontró a Logan en el cuarto de Noah, los dos sentados en el piso armando un rompecabezas de dinosaurios. Noah tenía la lengua afuera por la concentración y Logan buscaba una pieza con el ceño fruncido.

—Logan.

Él levantó la vista.

—Llegaron tus amigos. Los de la cacería, ¿Recuerdas que te conté? Van al monte los fines de semana, cazan conejos, hacen fogatas. Quieren que vayas con ellos esta noche.

—¿Esta noche? ¿Toda la noche?

—Así es como lo hacen. Salen en la tarde, cazan al atardecer, arman fogata, y vuelven en la mañana.

Él pareció considerarlo. No con desagrado, pero sí con cautela.

—Está bien. Voy.

Noah levantó la cabeza del rompecabezas con los ojos brillantes—. ¡Yo también quiero ir!

—No, campeón. Es de noche, hace frío, y hay que caminar mucho por el monte. Eso es para grandes.

—¡Pero yo soy grande! Mido así —se puso de pie y estiró los brazos hacia arriba todo lo que pudo.

Logan se rió—. Eres enorme. Pero esta vez necesito que te quedes con mamá, tienes que cuidarla. Además te prometo algo.

—¿Qué?

—Cuando vuelva te cuento todo lo que pasó, todo, cada detalle. Como si fuera un cuento.

—¿Con efectos de sonido?

—Con efectos de sonido.

—¿Y puedo quedarme despierto hasta que llegues?

—Eso pregúntale a tu mamá.

Noah giró la cabeza hacia Isabella. Ella cruzó los brazos—. Ni lo sueñes, a las ocho y media en la cama.

—¿Nueve?

—Ocho y media.

—Mamá.

—Noah.

El niño suspiró—. Está bien, pero el cuento tiene que ser largo.

—Será larguísimo —prometió Logan, y le revolvió el pelo antes de levantarse.

.

.

Isabella preparó el bolso. Lo hizo en la cocina, mientras Logan se cambiaba arriba. Metió una botella de agua, un sándwich envuelto en papel, una linterna que funcionaba a medias, y la chaqueta más gruesa que encontró. Después fue al armario, buscó entre los zapatos y sacó unas botas de montaña que uno de los vecinos había donado. Las puso junto al bolso sin decir nada.

Logan bajó con los jeans de campo, una camisa de cuadros, y el pelo todavía húmedo de la ducha.

—¿Qué llevo?

—Ya te preparé el bolso —señaló la mesa—. Y ponte esas botas. Son las que usas para el monte.

Él se sentó, agarró la primera bota, metió el pie.

—Están un poco ajustadas—frunció el ceño.

—Siempre han sido así. Se estiran con el uso.

—¿Segura?

—Segurísima. Te las compraste tú mismo, te encantaron. Dijiste que el pie apretado da mejor agarre en la montaña.

Se calzó la segunda bota, se puso de pie, y dio tres pasos por la cocina—. Me apretan los dedos.

—Es lo normal.

Lo normal es que te duelan los pies toda la noche y que mañana llegues cojeando —pensó Isabella, sirviéndose un vaso de agua para esconder la sonrisa.

Los muchachos esperaban afuera. Tomás traía un rifle al hombro, Elías cargaba una mochila que tintineaba con algo que probablemente no era agua, y Miguel llevaba los sacos para la presa.

—¡Ahí está el hombre! —exclamó Tomás al ver a Logan—. ¿Listo para la cacería?

—Listo —contestó con más convicción de la que sentía.

Noah salió corriendo por la puerta y se colgó de la cintura de Logan—. Papá, no te olvides. Todo con efectos de sonido.

—No me olvido.

El pequeño lo soltó, retrocedió un paso, y levantó el pulgar. El pelinegro le devolvió el gesto.

Isabella se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Que les vaya bien. No se pierdan.

—¿Perdernos? —Tomás se ajustó el sombrero—. Señora, conozco este monte mejor que mi propia casa.

Los cuatro se alejaron por el camino de tierra. Bella los vio desde la puerta hasta que las figuras desaparecieron en la curva del sendero que subía al monte.

.

.

Logan caminaba detrás de Tomás, que avanzaba con la seguridad de haber recorrido ese sendero cien veces. Elías iba al lado de Logan, señalándole cosas que supuestamente debería reconocer.

—¿Ves ese árbol? Ahí fue donde te caíste la Navidad pasada.

—¿Me caí?

—Te resbalaste con el barro y rodaste tres metros cuesta abajo, quedaste cubierto de lodo de pies a cabeza. Fue lo más gracioso que he visto en mi vida.

—Qué bueno que no lo recuerdo.

—Nosotros sí, y nunca te lo vamos a dejar olvidar —Elías le dio un empujón amistoso en el hombro—. Bueno, técnicamente ya lo olvidaste, pero te lo recordamos gratis.

Miguel, que iba adelante, se detuvo y levantó una mano. Los demás pararon.

—Desde aquí hay que ir callados —susurró—. Los conejos están pasando ese claro. Si hacemos ruido se espantan y no vemos uno en toda la noche.

Los cuatro avanzaron en fila. Logan caminaba con cuidado, las botas le apretaban con cada paso, sentía los dedos comprimidos. Apretó los dientes y siguió adelante.

Llegaron al claro. Miguel señaló las posiciones; Tomás a la izquierda, Elías al fondo, Logan con Miguel en el centro.

—Toma —dijo Miguel, pasándole un rifle—. ¿Recuerdas cómo se usa?

Él sostuvo el arma con desconfianza—. Más o menos —mintió.

—Te refresco la memoria. Apoyas la culata aquí —le tocó el hombro—. Miras por aquí —señaló la mira—. Respiras, sueltas el aire, y en la pausa apretas el gatillo ¿Entendido?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.