Isabella entró a la cocina, pasando de largo hasta el fregadero dónde se lavó las manos en completo silencio.
Logan estaba detrás de ella, de pie junto a la mesa, con la liebre sobre una tabla de madera y un cuchillo en la mano.
—Isabella.
—Qué.
—No tengo idea de qué hacer con esto.
Ella se dio vuelta, lo vio ahí parado. Tenía dos opciones. Subir a su cuarto, encerrarse y no bajar hasta que la cara le volviera a su color normal, o hacer lo que sus manos sabían hacer desde los ocho años.
Se acercó a la mesa. Le quitó el cuchillo de la mano con un movimiento firme.
—Mi papá cazaba —dijo, y su voz se suavizó sin que pudiera evitarlo—. Salía los sábados al monte, igual que tú ayer. Mi mamá y yo los cocinábamos.
Hizo el primer corte, con las mejillas rojas y el corazón acelerado, pero sus manos recordaban las tardes en la cocina con su madre, el olor a leña y la voz de su papá silbando al llegar por el sendero.
—¿Los extrañas? —preguntó Logan.
Isabella detuvo el cuchillo un instante
—. Todos los días.
—Enséñame —pidió él después de un momento—. Si voy a seguir cazando, necesito saber cocinar lo que traiga.
Enseñarle significaba estar cerca. Compartir la cocina, pasarse cosas, rozarse las manos. Quedarse ahí, a medio metro de él, durante dos horas.
—Está bien —aceptó, porque en ese momento no tenía una excusa que valiera.
Cocinaron juntos. Isabella daba instrucciones; pela los ajos, corta la cebolla, baja el fuego. Logan obedecía sin cuestionar, moviéndose por la cocina, memorizando cada cosa.
No se hablaron más de lo necesario. Pero pese a todo el odio que ella pudiera sentir, indiscutiblemente podían trabajar como un equipo, como uno.
Isa cortaba las zanahorias, él lavaba las papas. Ella revolvía, él pasaba los platos. No se miraban, pero se sentían, y demasiado.
Isabella notaba cada vez que él se acercaba un paso más de lo necesario para alcanzar la sal, como si buscara su cercanía.
Logan notaba cada vez que ella se apartaba un centímetro y cuando sus brazos estaban a punto de rozarse.
Él quería acercarse, ella necesitaba alejarse, y los dos lo sabían sin decirlo.
La liebre entró a la sartén y la casa se llenó de un aroma que traía recuerdos.
Isabella recordó a su madre en esta misma cocina, tarareando mientras revolvía. Su padre limpiando el rifle en la mesa, Noah de bebé en los brazos de su abuelo.
Se mordió el labio y revolvió con más fuerza de la necesaria.
Logan la observaba de reojo. No entendía por qué su esposa se había convertido de pronto en esta mujer monosílabos y miradas esquivas. Sin embargo, algo en él, le decía que no debía presionarla, que aquello no era la respuesta, por lo que se quedó ahí, a su lado, admirandola en silencio.
.
.
Noah apareció cuando el olor llegó al segundo piso. Bajó la escalera a toda velocidad con el pijama todavía puesto.
—¡Papá! —se detuvo de golpe al ver la sartén—. ¿Qué es eso?
—La liebre que cacé anoche.
Los ojos de Noah se abrieron como platos—. ¿De verdad la cazaste tú?
—Sí.
Noah se trepó a la silla para ver mejor.
—Cuéntame todo. Prometiste que con efectos de sonido.
Logan se apoyó en la mesa y empezó—. Salimos del pueblo cuando el sol todavía estaba arriba. Caminamos por el sendero del monte y había que ir callados porque los animales tienen un oído increíble. Si pisas una rama... —chasqueó los dedos— se van.
Noah lo miraba sin parpadear—. Miguel nos puso en posiciones, como un equipo. Tomás a un lado, Elías al otro, y yo en el centro. La primera vez que disparé, el rifle hizo ¡BANG! —Noah pegó un salto en la silla—, y el empujón me tiró al suelo. Caí sentado sobre una raíz.
—¿Te dolió?
—Me dolieron las pompas dos horas.
En niño estalló en carcajadas. Isabella, de espaldas revolviendo la sartén, apretó los labios.
—¿Y le diste?
—No, fallé. El animal se escapó corriendo y seguramente le fue a contar a todos sus amigos que había un cazador malísimo en el monte.
—¿Y después?
—Esperé, mucho rato. Hacía frío, me dolían los pies. Pero entonces vi otra sombra —bajó la voz—. Se movía entre la hierba, despacito. Yo levanté el rifle, muy lento, y la seguí con la mira. No me moví, no respiré. Y cuando estuvo justo ahí... ¡BANG!
Noah volvió a saltar—. ¿Le diste?
—Le di.
—¡Papá! —se bajó de la silla y lo abrazó—. ¡Eres el mejor cazador del mundo!
Logan lo levantó en brazos—. No soy el mejor. Fallé la primera vez y casi me caigo tres veces. Pero lo intenté hasta que salió. La clave está en nunca rendirse, ¿Comprendes, hijo?, aunque las circunstancias no sean favorables, o no sepas cómo hacerlo, nunca, nunca te rindas.
—Sí papi—asintió Noah—. Nunca me rendiré.
El orgullo se reflejó en los ojos de Logan, orgullo y cariño.
Sirvieron los tres platos. La carne quedó tan bien que se deshacía con el tenedor.
Noah probó el primer bocado. Se quedó quieto, masticando despacio.
—Mamá.
—Dime.
—Esto sabe igual que cuando cocinaba la abuela.
Isabella dejó el tenedor en el plato. Era cierto, el guiso sabía a su madre, a los sábados de su infancia, a las manos de su mamá cortando las verduras mientras su papá se sacaba las botas en la puerta.
Y hoy era ella la que cortaba, y era Logan el que llegaba del monte con la presa al hombro, y era Noah el que se sentaba a la mesa esperando el plato.
La historia se estaba repitiendo en una versión que ella no había escrito.
Cuando terminaron, Isabella agarró la chaqueta del gancho junto a la puerta.
—Voy a atender a los animales.
—¿Te ayudo? —se ofreció Logan.
—No. Quédate con Noah.
Salió antes de que él pudiera decir algo más. El aire de la tarde le golpeó la cara y lo agradeció.
Necesitaba estar sola, necesitaba espacio entre ella y Logan, entre ella y la cocina que olía a su madre, entre ella y todo lo que estaba sintiendo.