Camila
Se supone que es un día especial, pero siento esta noche como cualquiera de mis miserables días. Hoy es la premiere de mi más reciente trabajo, "Besos de Vecindario", una comedia rómantica fastidiosa sobre dos vecinos que se enamoran y ya. Nada del otro mundo, pero el público y la farándula hablan de ello como si fuera algo novedoso.
Lo único que tengo que hacer es presentarme a la recepción, posar para unas fotos y mantenerme de pie unas horas, pero me siento tan mal que ni siquiera quiero eso. Desde hace tiempo ya no quiero nada, ni mi carrera, ni a mis personas, ni a mi misma.
La limusina ha llegado a la Gran Cantina Filomeno, un restaurante conocido por su galante decoración, con un menú tan exquisito que haría feliz a cualquier persona, o eso parece. Afuera ya hay un puñado de paparazzis, ansiosos con sus cámaras para capturar todo lo que puedan, será una noche molesta. Un hombre se acerca a abrir mi puerta, y en el momento en que la abre, miles de flashes empiezan a cegarme la vista. Oigo muchas voces, gritando mi nombre, mientras capturan mis expresiones en fotografías que veré mañana en las noticias.
—¡Camila! ¡Camila!—repiten y, con una sonrisa ensayada, trato de voltear a ver a todos los que puedo.
Mientras las cámaras me sofocan, mis pies empiezan a tambalearse discretamente bajo mi largo vestido negro, siento que mis tacones van a romper mis tobillos en un instante. A pesar de todo, logro atravesar el incómodo camino hasta llegar al vestíbulo del restaurante. Busque un sillón para recomponerme, y al ver uno desocupado, casi me caigo al llegar a el. Me desplome en el cuero del sillón, mientras buscaba recomponerme.
Por alguna razón, esta noche me sentía más terrible e irritada de lo normal, y como no podía aliviar mi molestia a simple vista, me siento forzada a fingir lo más que pueda hasta que me sacie con alegría artificial. Apoyo mis codos sobre mis piernas, y dejo caer mi cara entre mis manos. Solo ansio que esta noche se acabe. No quiero estar aquí. Quiero desaparecer.
Un momento después, siento que unas pisadas se acercan a mí, pero ni siquiera me incorporo, reconozco esas pisadas. El hombre frente a mí me mira con una sonrisa perfectamente falsa y unos ojos como si quiera agarrarme a bofetadas. Yo no lo estoy mirando, pero lo conozco tan bien que hasta imagino sus expresiones. Él toma asiento a mi lado, indiferente a mi estado, así es él.
Leonardo Rivas, mi representante de toda la vida, me ha visto así de fastidiada en muchas ocasiones, pero yo sé que para él mis crisis emocionales no son diferentes al berrinche de un niño. Siento como su mano caliente me toca mi fría espalda, lo que me hace incorporarme, topandome con sus profundos ojos cafés mirándome.
—Querida, ¿qué te tiene tan preocupada?—me preguntó, pero esa pregunta se traduce a "¿por qué estás haciendo drama aquí?".
—Nada, solo estoy emocionada—miento, lo único que me emocionaría sería irme a casa lo más pronto posible.
—Ya veo—responde seco.
De repente Leo se me acerca lo demasiado al oído y me susurra:
—Sonríe, preciosa, que esta noche te necesitan radiante. Tu próximo papel depende de esta noche.
Se aleja de mí y me mira con la cara con la se ve a un perro esperando que te de la pata. Solo asentí, y mi expresión pálida se cambio a una más sonriente. Leo sonríe al ver mi cambio, me da unas palmaditas en el hombro, se levanta y se aleja al interior de la recepción, dejándome sola en el sillón.
※※※
El ambiente de la fiesta se veía agradable, había mucha gente conocida platicando entre ellos, bebiendo ron y riendo a carcajadas. Sentía mi tristeza como una mancha ante esta alegría. Intendando ignorar a mi cabeza, caminaba entre toda esa gente, sonriendo mientras ellos me saludaban de lejos animadamente. Estaba buscando a alguien, hasta que lo encontré, y en ese momento me arrepentí de haber deseado encontrarlo.
Ahí estaba él hombre de mi vida, Andrés Soler, con la única mujer en el mundo que no soporto, Paulina Guzmán.
Andrés es mi amado prometido, llevábamos juntos 6 años, y sabía que yo no me llevaba con Paulina. Pero ahí estaban los dos. Juntos en una esquina del salón, bebiendo fraternalmente con alegría, como si no supieran que yo esoy aquí. Soy la estrella de la noche, pero a sus ojos solo soy una nube gris que no deja de llover.
Andrés desvió un momento su mirada, y se topó con mi seño fruncido, y su expresión cambio de emocionada a incómoda. Claro, se hace el que no sabe lo que me pasa. Paulina se da cuenta y se gira a verme también, dedicándome una sonrisa burlona. Ella sabía lo que hacía. Buscaba molestarme rondando cerca de mi prometido, pero hoy no le daré el gusto de fastidiarme, no quiero otro motivo para huir de aquí.
En lugar de quedarme mirándolos, preferí darme la vuelta e irme a la barra a beber algo para deshacer mi nudo en el estómago. No tenía energía para lidiar con sus juegos, y las cosas no estaban tan bien entre los dos como para añadirle más leña al fuego.
Me acerqué a la barra, y el bartender se apresuró a arrimarme una margarita. Al tenerla en mis manos, me la bebí de un solo trago, y dejé el vaso en la barra para que me sirvieran más. Creo que nunca había tenido un refugio tan seguro como el alcohol.
#1357 en Novela contemporánea
#4754 en Novela romántica
amigos a amantes, segundasoportunidades, crecimientopersonal
Editado: 17.06.2026