Mar de Estrellas

3. El amanecer del escándalo

Camila

Después de la noche anterior, podía sentir como la resaca me estaba matando, aunque probablemente eso no sea lo que me tiene mal. No tengo idea de cómo llegue a casa, ni qué hora era, ni por qué demonios no dejaban de sonar los teléfonos del pent-house. Podía oír el tono de llamada desde muchísimos lugares, incluso el de mi habitación resonaba con fuerza cerca de mis oídos.

Fastidiada, intenté envolverme de pies a cabeza en las sábanas blancas de mi cama, pero el ruido seguía ahí. No se iban a callar hasta que los escuche. Me puse a dar vueltas por la cama para ver si alguno de los teléfonos dejaba de sonar., por si se cansaban de buscarme. Fue inútil.

Estiré mi mano hacia el teléfono que estaba en el mueble a lado de mi cama, me incorporé y atendí.

—¿Bueno?

—¿Camila?—habló una voz masculina. Era Fabián, mi asistente.—¿Estás ocupada?

—Estaba dormida, ¿se te ofrece algo?

—Lamento despertarte, pero tenemos que hablar.

Odiaba oír un 'tenemos que hablar'. Yo no tengo nada que hablar con nadie.

—¿Es urgente?

—Demasiado. ¿No has visto la tele?

—No, ¿qué está pasando?

—Llego en veinte minutos a tu pent-house. Déjame llegar y te lo explico todo.

—Bueno, te esperaré.

Y colgué.

¿De qué carajos estaba hablando este hombre? ¿Qué hay de relevante en la tele cómo para qué me hablen de todos lados? ¿Alguien murió?

Pese a mi curiosidad, preferí no prender la tele de mi habitación. Sentía que lo que sea que tenga que saber no sería de mi agrado, y prefiero que me digan las cosas a verlas con mis propios ojos.

Caminé hacia mi tocador, y me di cuenta de que seguía con el mismo vestido de ayer, mi maquillaje estaba batido y mi cabello estaba hecho un puñado de enredos. Rápidamente tomé un cepillo y comencé a cepillarme mi mediana cabellera castaña, para después tomar una toallita para desmaquillarme la cara. Ahora podía ver mi demacrado rostro que ocultaba el maquillaje. Creo que me veía mejor con la cara batida.

Me acerqué a mi armario a sacar un sencillo vestido gris largo que tenía a la mano para cambiarme. Tal vez esto era mi manera de ocultar mi estado lo más posible de los demás.

※※※

Sonó el timbre y bajé casi corriendo por las escaleras hasta que llegué a la puerta a abrirla, y al abrirla, me topé con un Fabián asustadizo y angustiado, con una revista en las manos. ¿Pero qué le pasaba?

—¡Camila! ¿Estás bien?

—Yo sí, pero por lo que veo, tú no—me aparté del marco de la puerta para dejarlo entrar,—mejor dime qué es lo que está pasando.

Fabián caminó hacía la sala y lo seguí. Caminaba nervioso, mientras se frotaba las manos con fuerza. ¿Será qué también se droga y esta bajo los efectos y por eso actuaba así?

Fabián llegó a sentarse a uno de los sillones, teniéndome a mí frente a él de pie. Por su cara, podía ver que estaba rebuscando en su cabeza las palabras correctas para comenzar la conversación. Por un momento parecía que quería esconder la revista de mi vista. Así que eso era.

—Fabián, dame la revista.

Él no titubeo ni dijo nada. Me extendió la revista, y la portada me puso a temblar.

Era una foto mía. En el baño del restaurante. Mientras me metía heroína.

Mis piernas empezaron a flaquear y estuve a punto de caerme al suelo, pero los brazos de Fabián se apuraron a sostenerme. Por eso estaba tan nervioso, no sabía cómo abordar esto conmigo.

El títular de la revista decía: "La dama y el polvo: el vicio secreto de Camila Rosel". Era de esa maldita revista amarillista que disfrutaba de joderle la vida a los artistas. Y yo era su más reciente víctima.

Me estaba costando respirar, mi cuerpo estaba temblando espantosamente y la visión se me empezó a poner borrosa. Tenía la frente empapada de frío sudor pero sentía las manos calientes. Me iba a desmayar, y ni los llamados de Fabián me iban a mantener conciente.

Esto era lo que se había muerto. Mi dignidad.

※※※

Después de mi colapso, desperté en mi cama tapada con mis sábanas. No se cuánto tiempo estuve inconciente, pero podía deducir que ya eran más de las 4:00 de la tarde. Estaba sola en mi habitación, los teléfonos habían cesado con su tono constante y oía un par de voces en el pasillo. No podía distinguir quiénes eran los dueños, pero escuché como sus pasos se apresuraban a abrir mi puerta.

Al otro lado estaba Fabián expresión pálida y preocupada, y Mónica con sus ojos rojos y una mueca triste. Debieron de haber sufrido tanto. Ambos se acercaron a mi cama y me incorporé para recibirlos.

—¿Cómo te encuentras?—preguntó Fabián.

—Estoy bien—mentí,—pero tengo mucha sed.

—Deja te traigo un vaso de agua. Las dejo—dijo Fabián y nos deja a Mónica y a mí en la habitación.

Mónica toma asiento en mi cama, y con su semblante deprimido, toma mis manos entre las suyas.

—Camila, ¿por qué no me dijiste nada?

No le dije nada. Realmente no tenía ninguna explicación.




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