Mar de Estrellas

6. El anillo roto

Camila

No salí de mi habitación por horas. Me mantuve encerrada, tirada en la cama, pensando. Le grité a Leo, y él no hizo nada para reprimirme de vuelta. Muchas veces me imaginé cómo sería cuando le pusiera un alto a los abusos de Leo, y cada pensamiento terminaba con él dándome una cachetada y gritándome que yo no valía nada. Nada más alejado de la realidad.

De repente, empieza a sonar el teléfono de mi habitación, y me acercó para contestar.

—¿Bueno?

—¿Bueno, cariño?

Era Andrés.

—Si, ¿qué pasa?

—¿Estás en tú casa?

—Si, aquí estoy.

—¿Crees qué pueda pasar a verte en un rato? Me gustaría hablar contigo de algunas cosas.

Me va a dejar. Va a romper conmigo. Se irá con otra. Espero equivocarme.

—Si claro, te espero aquí.

—De acuerdo, te veré en dos horas cariño, nos vemos.

—Nos vemos.

Cuelgo y me frotó la cara con ansiedad. No estoy segura de poder afrontarlo. Quizá no vayamos a terminar, quizá quiera apoyarme en todo esto, o quizás no.

No quiero terminar con él. Lo amo tanto que me moriría de tristeza al no tenerlo a mi lado. Lo amo tanto que me duele.

※※※

En las dos horas que estuve sola, trate de calmar mis pensamientos sobre Andrés. Camine y camine por toda la casa, intente escuchar música en la sala, y me arregle aunque estaba hecha un manojo de nervios. Reemplacé mi atuendo anterior con una falda de mezclilla corta, una camisa holgada negra que remangue a los codos y ajuste a mi cintura, y unos botínes cortos negros. Me maquille un poco para no verme tan mal, y terminé mi arreglo con mi labial rojo. Adoro el labial rojo, no sé qué haría sin ese tono.

Bajé de nuevo a la sala y me senté en medio del silencio. No sabía de qué quería hablar conmigo Andrés, pero mi mente ya estaba imaginándose muchas cosas.

Quiere romper el compromiso por mi escándalo.

Ya no me ama y se va a ir con otra, y esa otra a de ser Paulina.

Va a ayudarme con mi problema.

Me va a pedir separarnos por un tiempo hasta que se calmen las cosas.

Me va a sacar del país para rehabilitarme en otro lado.

Va a atrasar la boda indefinidamente.

Ya no sé qué más pensar. A veces quisiera dejar de pensar en tanto para no sentir tanto.

El ruido del timbre me saca de mis pensamientos. Me levanto y me aliso la falda, camino nerviosa hacia la puerta y abro. Andrés me mira con una sonrisa nerviosa mientras sostiene un ramo de rosas blancas.

—Hola, amor—me saluda tímido.

—Hola, querido.

—Toma, tus favoritas—me extiende el ramo hacia mí. Amaba las flores, me sentía la mujer más especial del mundo por recibir flores de él. Las tomo en mis brazos y le permito pasar.

Ambos nos dirigimos en silencio hacia la sala. Lo ví buscando un lugar para sentarse, mientras yo buscaba un jarrón en la cocina y lo llenaba de agua para poner mis rosas. Arregle el ramo dentro del jarrón y lo lleve a la mesa del centro de la sala.

Andrés estaba raro. Estaba más callado de lo normal, sentía que evitada mi mirada y tenía ese tic nervioso de su pierna. Me senté en un sillón frente a él.

—¿Cómo has estado?—empieza a hablar Andrés.

La pregunta ofende. Mal. Me estoy cayendo a pedazos y tengo ganas de morir.

—Bien—respondo sin ganas.

—Por favor no me mientas—suplica mientras me mira a los ojos—.Dime qué te está pasando Camila, por favor.

Me le quedo mirando nerviosa. No puedo explicarle a alguien más cómo me siento cuándo ni yo misma sé cómo me siento. Siento mis pensamientos tan desordenados que no sé cuál es el más preocupante de todos.

—Dime qué tienes.

—No sé.

No sé. No sé. No sé. Yo nunca sé nada.

Andrés aparta la mirada de mí, y se cubre la cara frustrado con sus manos. Comienzo a jugar con las costuras de mi falda, esperando a que Andrés se reincorpore, y lo hace con una mueca exhausta.

—Camila, lo que te tengo que decir es algo que he estado pensando por un tiempo, y la verdad no encuentro las palabras adecuadas para no hacerte daño—me expresa con voz cansada y, a la vez, triste.

Solo dilo.

—Creo que lo mejor para los dos, será romper el compromiso.

—¡¿Qué?!—espeté. Mil emociones recorrieron mi cabeza cuando Andrés pronuncio esas malditas palabras. Sorpresa. Ira. Miedo. Rencor. Confusión. Pero sobre todo, tristeza.

Sentía cómo mis ojos me comenzaban a picar, mientras Andrés me observaba con un rostro angustiado y cansado. No podía entender cómo él llegó a la decisión de terminar con esto. Yo juraba que me amaba.

—¿Por qué?—cuestiono con voz temblorosa y con las primeras lágrimas rondando por mi rostro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.