Mar de Estrellas

8. Suites Angelopolis

Camila

Después de llevar 8 horas manejando, finalmente llegué al lugar dónde quería. Me dirigí manejando a la colonia Hornos, una zona costera y urbana en Acapulco, dónde la vida turística y la vida cotidiana local le daban un toque familiar a ese barrio costero. Me gusta porque, a pesar de que está conectada con el movimiento de la ciudad, está pegado a la bahía y no es un lugar aislado. Pero eso si, qué maldito calor hace, a pesar de que estaba anocheciendo, el calor se sentía en el aire como si fuera mediodía.

Maneje por unas calles más hasta llegar al lugar de mi hospedaje: Suites Angelopolis. Era el lugar en dónde me hospede hace tanto tiempo con mi familia, y sigue igual a cómo lo recuerdo. Era un edificio blanco de cinco pisos, con ventanas grisáseas y un pequeño balcón por habitación. En el sexto piso no había balcón, pero tenía una terraza al aire libre dónde podían verse los alrededores desde la cima. Metí mi auto al estacionamiento del lugar, pude ver alrededor de seis vehículos más, así que elegí estacionarme hasta el fondo.

Apago el auto, busco en mi bolso mis lentes y la pañoleta y me los pongo, no quiero arriesgarme a que alguien me reconozca y arme un escándalo por mi estancia; tomo mi bolso y el folder para salir a pedir una habitación. Al abrir la puerta mi rostro fue golpeado con más fuerza por el calor del ambiente, y al ponerme de pie sentí un ligero mareo por estar tantas horas sin comer; me urge ingerir algo. Camino con normalidad hacia la cajuela para sacar mi maleta, y me dirijo a la recepción.

Al entrar pude sentir una cierta cálidez en el lugar, como si este lugar me hubiera estado esperando. La recepcionista era una mujer grande, yo le calculo unos 70 años, estaba sentada dándole la espalda a la entrada viendo una película de Cantinflas. Me acerqué en silencio al mostrador, y carraspé para llamar su atención.

—Buenas noches—saludé, y la mujer se dió la vuelta sorprendida—, ¿tiene habitaciones disponibles para esta noche?

—¡Buenas noches!—me saludó alegremente, mientras se levantaba de su silla y se acercaba a la recepción—. Si, si las tenemos, ¿para cuántas personas?

—Para una, por favor—indique. La señora asintió y se acercó a una mesa dentro para buscar su lista de registro y una pluma. Puso ambas cosas en el mostrador, mientras buscaba la hoja dónde me anotaría.

—Me permite su identificación, señorita.

Chin. Olvidé ese detalle. No quiero que sepa quién soy, pero no me dejará hospedarme si no le doy mi identificación. ¿Qué hago? Empiezo a rebuscar en mi bolso algo que me pueda servir mientras pienso en qué hacer. No tengo ninguna identificación falsa a la mano, así que tendré que hacer otra cosa.

—Disculpe señora, pero me he dado cuenta de que no traigo mi IFE*—mentí, sí la traigo, pero no se la voy a dar— . ¿Hay alguna otra manera de registrarme sin ella?

La señora me mira pensativa, cómo si me estuviera analizando de pies a cabeza, cómo si yo fuera una criminal. Tal vez lo soy, pero no soy peligrosa, lo juro.

—Me temo que eso no será posible—me dice con voz seria—, necesito su identificación para poder registrarla como huésped.

—Por favor—suplique—, necesito quedarme aquí, es una emergencia—y ahí ya no mentía.

La señora se me quedo mirando de nuevo, tenía una expresión en el rostro de que buscaba entenderme. Espero que mi actuación le haya hecho cambiar de opinión.

—¿Cuál es su nombre?—me preguntó, mientras tomaba el libro de registro y la pluma.

—Carmen Solís—respondo, fue el primer nombre falso que se me ocurrió. Carmen porque así se llamaba mi abuela, y Solís por el actor y cantante Javier Solís. La señora anota mi nuevo nombre.

—¿De dónde vienes?

—Del Distrito Federal.

—¿Cuánto tiempo se hospedará aquí?

Buena pregunta. ¿Cuánto tiempo necesito estar aquí? Pienso, luego respondo:

—Será estancia larga—la señora levanto su vista y me miro fijamente a los ojos, luego asintió y siguió anotando.

—Bien, en total serían quince mil pesos, dividiré el pago en dos, me da la primera mitad ahorita y la segunda dentro de quince días.

—De acuerdo—no podía estar más feliz. Quince mil por un lugar cómo este no era mucho, de hecho, creo que esta barato. Busco mi cartera dentro de mi bolso y saco mi primer pago, veo que aún me quedan dos mil quinientos de efectivo. Le entregó el dinero y ella lo guarda en su caja registradora, para luego extenderme el libro de registros.

—Firme aquí, enfrente de su nombre.

Tomo la pluma y me invento un garabato de firma. Quedó horrible, pero no importa, aún así parece firma. Mientras firmo, veo a la señora buscar la llave de mi habitación en un tablero de llaves en la pared. Ni siquiera dije que habitación quería, pero cualquiera está bien.

—Tenga, su habitación es la 23 en el tercer piso—me dice mientras me extiende una sola llave con una placa con ese número.

—Gracias.

—Carmen, si necesitas algo puedes pedírselo a algún camarero, o puedes pedírmelo a mí. Soy Chabela, para servirte.

—Muchas gracias, doña Chabela—esa señora tiene pintas de ser abuela, o de ser viuda—. Bueno, me retiro, que tenga buena noche.




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