Camila
La tenue luz del amanecer se mete en el cuarto, acompañado de un aroma a sal y arena. No hay tanto calor como pensé que abría, de hecho, se siente un clima perfecto. Lentamente abro mis ojos y comienzo a tallármelos con las dedos suavemente, anoche caí rendida en la cama después de la cena, y dormí tan bien como nunca antes lo había hecho.
Enfoco mi vista hacia el reloj que hay en la mesa de noche. Son las 8:00 a.m., y yo siento como si hubiera dormido una semana entera. Me quedaría más tiempo en la cama acostada, pero desde el viaje he sentido unas ganas de ver como esta todo allá afuera.
Comienzo a levantarme de entre las sábanas, y me dirijo al baño para asearme. Me metí a la bañera y el agua fría de la llave me ayuda a quitarme el poco sueño que me quedaba. No se como expresar la diferencia de agua que hay aquí que la que hay en la ciudad, o sea, se que al final de cuentas es agua, pero no se, como que el agua hasta se siente diferente. O tal vez lo que se siente diferente es el entorno, al salir de mi asfixiante entorno de la ciudad quizás por eso siento diferente otras cosas.
Me termino de bañar y me lavo los dientes rápidamente, para irme al cuarto a vestirme. Entre todas la ropa que traje, saqué de la maleta un vestido sin mangas color naranja y unas zapatillas blancas. No era fanática del color naranja, pero era un color que le gustaba a mi madre.
Me acerco al tocador para desenredarme el cabello mojado, al sentirlo tan largo entre mis dedos y las cerdas, siento que debería cortármelo, es más, de una vez me lo voy a cortar.
Voy al baño de nuevo con mi cepillo en mano y empiezo a rebuscar en el gabinete a ver si encontraba unas tijeras escondidas de pura casualidad, y curiosamente si las encuentro. Estaban hasta el fondo, ocultas entre varias cosas de limpieza y botes de champú que proporciona el hotel. Las saco y las limpio con papel higiénico para quitarles el polvo.
Me miro fijamente en el espejo y contemplo mi cabello, calculando a que largo debería cortarlo. Llevaba varios meses sin cortármelo, por lo que apenas lo tenía a media espalda. Después de casi media vida, iba a tener un largo de cabello diferente.
Mmmmm. Al hombro me quedaría perfecto.
Me pongo una toalla entre los hombros, aliso de nuevo mi pelo con el cepillo, tomo entre mis dedos el primer mechón de enfrente, lo llevo a la altura de mi hombro, y corto. Los primeros mechones cayeron al suelo. Comienzo a tomar diferentes mechones de mi cabello para cortarlos justo como el primero, esperando que no me quede chueco. Ni siquiera sé si me estoy cortando correctamente el cabello, pero no importa, de todos modos nadie me va a reconocer aquí.
Termino de cortarme el cabello y contemplo mi nuevo corte en el espejo. Me veo bien, pero creo que un fleco me haría ver mejor. Tomo unos cuantos mechones de enfrente, para cortarlos a la altura de mis cejas, pero empiezo a sentir un leve temblor en mis manos. Hacía tanto tiempo que no me cortaba el cabello yo sola que empiezo a sentir un poco de nervios, pero los ignoro y simplemente corto lo más derechito posible.
Degrafilo mi flequillo y mi cabello con cuidado, esperando que con eso se quite cualquier mechón trasquilado. Retiro la toalla de mis hombros y me observo con cuidado. Vaya, me veo muy linda. ¿Por qué no se me ocurrió cortarme el pelo antes? Sonrió hacia mi reflejo y dirijo la vista hacia el piso. Hay muchos mechones en el suelo, me agacho para recogerlos con mis manos, los envuelvo en papel y los tiro a la basura.
Vuelvo al cuarto y veo el reloj, ya pasan de las 10:00 a.m. y yo sigo aquí sin terminar de arreglarme. Vuelvo al tocador y me maquillo de prisa, como si tuviera prisa de salir. Bueno, en teoría si, no he comido nada. Antes de salir, me pongo los lentes y me cubro la cabeza con la pañoleta, tomo mi bolso y me voy.
※※※
El calor se siente más pesado aquí afuera, y con las calles inundadas de turistas y gente local trabajando, se siente todavía más calor. Llevo varias cuadras caminando buscando algo que se me antoje comer, he visto tantos puestos de comida que siento que se me antoja todo. Mi mirada se desvía hacia un local de gorditas con poca gente. Dios mío, ¿cómo aguanta el calor del comal esa señora?
Me acerco al local cautelosamente para ordenar, y además de la señora que se encarga del comal, veo a un señor en una pequeña cocina cerca del comal moviendo comida en las ollas, a una muchacha lavando platos y a un niño recogiendo y limpiando mesas. Al notar mi presencia frente al lugar, la señora me ve y me saluda alegremente.
—Buenos días güerita, ¿qué le vamos a preparar?
—Buenos días, póngame dos de frijol y una de requesón, por favor.
—Claro que sí, ¿para llevar?
—Para comer aquí.
—Pásele güerita, adentro hay lugar—me dice el señor.
Le agradezco y entro. Es un local muy sencillo, con apenas cinco mesas de plástico, cubiertos con manteles floreados y con pequeñas charolas con verdura picada y varias salsas. Me senté en la mesa del fondo vacía, dejó mi bolsa en uno de los bancos de plástico a mi derecha y sigo contemplando el lugar.
Hay varios cuadros de la Virgen de Guadalupe colgados, una que otra foto familiar y fotos de los alrededores. Hay al menos otras 5 personas sentadas en una sola mesa en el local aparte de los dueños y yo. Todo esto me da unos aires de negocio familiar, eso explicaría las fotos y la familiaridad del ambiente.
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Editado: 25.07.2026