Mar de Estrellas

10. La musa

Julián

Estoy jodido.

Llevo horas sentado en esta cafetería y no tengo idea de que escribir en mis notas. El café que pedí hace unas horas ahora esta frío, me duelen las piernas de estar sentado y tengo la mesa llena de migajas de borrador.

Una migraña amenaza con asaltarme la cabeza, y el aire caliente del lugar no me está ayudando. Volteo a todos lados del local para ver si me encuentro con algo lo suficientemente interesante que despierte mi curiosidad; un algo que sea aparentemente insignificante pero que tenga una historia oculta que el mundo merezca conocer.

Un mesero cansado de su turno, unas señoras hablando de sus años dorados y una pareja en su luna de miel. Nada fuera de lo normal. Me recargo sobre el respaldo de la silla y un suspiro se escapa de entre mis labios. Lo más difícil de ser escritor es la frustración que sientes cuando, teniendo todo el tiempo del mundo para crear, tienes la mente en blanco.

Y eso es raro en mí, yo siempre tengo ideas de sobra en el archivo mental de mi cabeza, pero esta vez no tengo nada. Ni siquiera porque estoy en uno de los lugares más famosos de México me nace nada. ¿Dónde está la musa que necesito?

Necesito moverme a otro lado, a ver si tengo suerte. Comienzo a guardar mis cosas en mi morral, cuando un fuerte estruendo en la puerta acapara mi atención. Una mujer alta de vestido blanco va entrando a trompicones al lugar. Lleva un pañuelo del mismo tono de su vestido cubriéndole la cabeza, y unos lentes que abarcan casi la mitad de su rostro, se le ve alterada y parece como si fuera a desmayarse en cualquier momento. Pero nadie nota eso, o al menos, no le dan importancia.

El ruido de sus zapatillas se escucha suavemente en el piso de loseta mientras se dirige a una mesa, esparciendo por el lugar su curiosa aroma de rosas y cigarro. Esta sentada a cuatro mesas de la mía, pero se sienta dándome la espalda. Creo que tendré que quedarme un rato más, quizá esta dama misteriosa pueda servirme de algo para mis escritos.

Una mesera le toma la orden en menos de un minuto a la mujer, y cuando la mesera se aleja, veo que se va acercando a mi mesa.

—¿Se le ofrece algo más, señor?—me pregunta la mesera a escasos pasos de la mesa.

—Otro americano, por favor.

La mesera asiente y se lleva la otra taza fría. Mi vista vuelve a la dama misteriosa. Esta moviendo su pierna derecha de arriba a abajo rápidamente, mientras su mirada se pierde en las afueras de un ventanal. Por su aspecto, podría pensar que se trata de alguien que busca esconderse de algo, o bien, de una criminal extranjera que no quiere ser reconocida.

La mujer gira su cabeza hacia mi mesa y aparto mi mirada de ella. Dios, va a pensar que soy un acosador. Disimuladamente vuelvo a mirarla, para toparme de nuevo con su atención perdiéndose en las afueras del lugar. Volteo casi instintivamente al ventanal para admirar lo que ella ve; y me topo con un mar azulado y brilloso golpeando con suavidad sus olas contra la pálida arena mientras la gente y el cielo, copiándole el azul al mar, son testigos de sus actos. Es una vista agradable e hipnotizante, ya veo porque ella está tan perdida en él.

La mesera llega abruptamente con mi taza, y ahora puedo comenzar a trabajar. Saco mi libreta de notas y empiezo a escribir:

"El mar como ente de anhelo para los solitarios. ¿Por qué las personas, enfermas de soledad buscan acudir al mar para buscar su ansiosa compañía? ¿Acaso la libertad del océano es motivo suficiente de envidia para las almas estando atrapadas en la tristeza?"

Analizo lo que acabo de anotar y lo relaciono con la mujer misteriosa. ¿Será acaso un alma solitaria que encuentra refugio en algo tan llamativo como el mar? Pienso en la mujer, y sigo escribiendo:

"La naturaleza parece ser mejor consuelo para los deprimidos que las mismas personas. Nada se compara con el cálido consuelo de las olas que con las palabras vacías robadas por el viento."

Pienso de nuevo. ¿Qué tanta razón puedo tener, si carezco de tanta tristeza? Viendo a esa mujer anestesiando sus nervios con lo que parece ser un café cargado, intento ponerme en su lugar. Si yo fuera ella, ¿qué me haría falta? ¿Cuál es la herida que, siendo tan profunda, me roba hasta la más sencilla de las tranquilidades?

Viéndola desde aquí, puedo deducirla como alguien normal: una mujer modesta que le gusta pasar desapercibida cubriéndose el rostro, que disfruta de la tranquilidad de las playas y que tiende a estar sola. Sin embargo, pese a su apariencia común, hay algo más. Hay algo en ella que me llama, un algo que suplica algo de atención y comprensión.

Quiero acercarme a ella. Quiero entender cómo alguien tan aparentemente tranquila, quiere ocultar sus tormentas internas. ¿Por qué parece que le tiene miedo al mundo?

Mis pensamientos se disuelven cuando escucho el ruido de su silla jalándose, mientras sus tacones empiezan a sonar al ponerse de pie. La veo alejarse hacia la recepción para pagar, y va saliendo de prisa del lugar. Rápidamente empiezo a guardar nuevamente mis cosas desordenadas para salir a verla, pero una parte de mí me dice que no. ¿Pero por qué no? Porque no es prudente perseguir a una dama desconocida que desde hace rato quiere perderse en otro lado. Yo no soy quién para retenerla en base a mi curiosidad.

Me acerco a la recepción a pagar, y le pregunto al gerente:




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