Mar de Estrellas

12. Un hombre busca a una mujer

Julián

Llevo una semana divagando en esta playa, queriendo encontrar la emoción que necesito para inspirarme, esperando encontrarme con algo mucho más emocionante que la dama melancólica que vi en aquella cafetería. Pero entre tanto andar y andar buscando, no encuentro ninguna fuente de sentimiento tan llamativa como ella.

He intentado de todo; ir a obras teatrales, caminar de madrugada por las calles vacías, ver el amanecer y anochecer, recorrer los lugares a altas horas de la noche, y nada. Ahora, instintivamente, he vuelto a la mentada cafetería, con mi libreta aún en blanco, frustrado, esperando a ver si alguien se llegará a aparecer por aquí.

Mi taza medio llena de café está tibia esperando que me lo termine, el ruido exterior es tan parecido pero distinto al ruido de mis pensamientos y la mano se me está acalambrando por sostener el lápiz que no escribe nada. Llevo alrededor de una hora en este lugar, esperando, por si alguna idea que no contemplé se digna a cruzar aquella puerta.

¿La falta de creatividad me está volviendo demente? No, no es la primera vez que me pasa esto.

Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que si no vuelvo a ver a aquella mujer no voy a poder seguir? Dios, no siento real que me esté empeñando a querérmela encontrar.

Entre las charlas de las demás mesas, escucho que se abren las puertas y el bonito ruido de unos tacones llama mi atención. Volteo discretamente hacia la puerta, buscando reconocer a la dueña de ese sonido, y allí está. La señorita misteriosa se ha vuelto a aparecer por fin.

Finjo concentrarme en mi libreta, mientras la sigo sigilosamente con mi mirada. Veo que se dirige a una de las mesas frente a la ventana, estando a dos mesas de la mía. ¿Sería muy raro si desde mi lugar me tomo el atrevimiento de inspirarme en su sentir para escribir arte?

Casi por reflejo, comienzo a anotar en mi libreta:

Desearía poder vivir para siempre en mis recuerdos. En esos lugares, ningún mal me alcanza, porque estoy ocupado corriendo hacia mi felicidad.

Allí, en el infinito espacio de mis memorias, aún puedo sentir el cálido abrazo de mi madre, las firmes palmaditas de mi padre, y los suaves besos de ese primer amor. Recuerdo con cariño todas esas cosas que me hicieron profundamente feliz en su momento, dónde todavía no conocía la maldad del mundo que me rodeaba.

Pero ahora me siento envuelto en esa maldad, y siento que me ahogo. Y entre todo lo malo que conozco, aún me queda la melancolía de todo lo que solía vivir.

Leo lo que acabo de escribir y, siento que no tiene sentido. ¿Qué diablos tendrá que ver los problemas de nuestro entorno con la nostalgia? Nada, porque la maldad siempre ha existido, pero eso ni siquiera impide que las personas tengamos buenos recuerdos de este mundo.

Desvió mi mirada de nuevo a la mujer frente a la ventana. A pesar de tener oculta su mirada debajo de esos lentes oscuros, puedo sentir como contempla lo ajeno con dolor. Como si estuviera buscando con desesperación algo que haya perdido entre la multitud. Como si la felicidad ajena pudiera brindarle un poco de consuelo a su alma rota.

Parece que me leyó la mente, porque vi como dirigía su mirada hacia mí, casi al mismo tiempo en que me regresaba a mis notas. Ya basta, no puedo seguir acechándola así solo por mis deseos creativos.

Leo nuevamente lo que había escrito, y ahora me parece basura. Arranco la hoja y la dejo sobre la mesa, junto a otro puñado de hojas arrugadas y maltratadas donde había escrito antes.

Escucho el ruido de una ventana abriéndose, y la brisa marina se cuela por ella, mezclándose con el aroma a café del lugar. Era una mezcla curiosa, pero no desagradable. Inhalo con calma el aire nuevo y me relajo por unos segundos, segundos en dónde mis hojas sueltas salen volando por una ráfaga más fuerte de aire.

Me levanto de la silla, agachándome cerca de una mesa vacía a recogerlas, pero al irlas tomando, me di cuenta de que me faltaban algunas hojas. Alcé la vista tratando de buscarlas en alguna esquina o debajo de alguna silla, hasta que pude ver a un par de tacones blancos acercándose a mí.

Levanté aún más la vista para conocer a la dueña de las pisadas, y era ella.

Un vestido debajo de la rodilla de un azul similar al del cielo. Una piel ligeramente tostada que la hacia parecer costeña. Un rostro con los ojos tapados, pero con unos labios rojos vibrantes. Un aura de misterio que te forzaba a querer verla por un largo rato. Ella.

—Disculpa—me habló tímidamente—, creo que se te perdió esto—me recuerda mientras estira su brazo con mis hojas.

Dejo de contemplarla y me levanto rápidamente para tomar las hojas de entre sus delgadas manos.

—Ah, muchas gracias, señorita—le agradecí con un poco de nervios. Tenía frente a mí a la mujer que me había intrigado tanto desde que la vi, la que había buscado a todas horas durante toda la semana. Pero ya que la tengo de cerca ya no sé ni que hacer.

Pude notar que tenía en leve temblor en sus manos, como si se hubiera debatido en unos cuantos segundos si debía acercarse a mí o no. Y qué bueno que lo hizo.

Los dos nos quedamos en un silencio raro, pero ninguno de los dos hizo afán de apartarse. Yo no quería que se fuera, y parecía que ella tampoco quería regresar a su mesa, pero no se me ocurre nada para hacer que se quede.




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