Mar de Sales

Luciérnagas

Apenas llega a casa, deja el bolso de la mascota en el suelo y lo abre. El plato está lleno. Al ver que no hace falta nada más, sale de nuevo con un vaso de agua en mano. Se recuesta en la pared de la entrada. Desde allí, arriba en la escalera, mira el cielo y las estrellas. Murmura algunas palabras y se entrega a la angustia, sin tener a nadie a quien confiarle estos sentimientos. Solo al aire y al infinito espacio que se muestra despejado sobre él.

Luego de hacerse preguntas y crear teorías, se queda congelado viendo el amanecer. En completo silencio, físico y mental. Siente la calidez que el sol le comienza a brindar. Pasó toda la noche expuesto al frío y al sereno, pero el peso en su corazón no le dejó sentir nada más que el dolor de la soledad. Ahora que la luz inunda todo a su vista, cierra los ojos, y se da cuenta del frío que tenía. Así se levanta, se prepara una ducha caliente y se va directo a la cama. Cae rendido, logra apagar los pensamientos, al menos por ese breve momento, cuando sale el sol.

Hay un sonido que se repite, una y otra vez. Da la vuelta, moviéndose entre el sueño y la realidad, pero no logra distinguir qué es. Su conciencia lo hace reconocer el maullido de su mascota. Se despierta, todavía lento, y se levanta en busca de Papu. Desde la cocina se da cuenta que el maullido viene de afuera.

—No puede ser —dice en voz alta—, ¿te dejé afuera? —le abre la puerta, de inmediato la carga, abrazándola—. Lo siento —hunde el rostro en el pelaje.

No pretendía dormir tanto, pero no puede decirle a su cuerpo que olvide las viejas costumbres. Por inercia, al estar deprimido, duerme más de lo usual. Revisa en su celular la hora, las cinco de la tarde. Sin comer, sin ganas de hacerlo tampoco. Con la cabeza perdida dándole vueltas a los últimos recuerdos de la noche anterior. «No puedo dejar que esto me desanime», reflexiona. Busca una olla y se pone en la primera tarea de la lista para sobrevivir.

Con el plato de verduras hervidas en la mano, se acomoda en el suelo. Prueba el primer bocado, asiente mientras observa a Papu. Revuelve el plato, como si tuviera manjares para elegir a cuál clavarle el tenedor. Todavía perdido en sus pensamientos dice:

—Dicen que en la soledad se demuestra tu verdadera persona… —suspira—. ¿Qué opinas Papu? ¿Qué tal soy como persona?

La gata se le acerca, ronroneante, y se acuesta sobre sus piernas.

—Por supuesto, sea como sea, tú no conoces otra cosa —sonríe—. Para ti debo ser el mejor del mundo.

«Pero… para Alicia…», no es capaz de repetir lo que dice su voz interna. El escalofrío que le causan esas palabras es motivo suficiente para levantarse del suelo, le ayuda a recordar como se comienza a caer en ese vacío de la depresión, el cual sabe que debe evitar.

No se trata de huir de uno mismo, ni tampoco de apagar los pensamientos como quizás quiera hacer. Un rato entretenido, viendo una película o disfrutar de un juego, puede ayudar, por supuesto que sí, pero con eso solo se consigue aplazar un momento que resurgirá, en cualquier silencio o pausa del día, o en las preciadas noches, cuando el día se apaga y llega la hora de las conclusiones.

Lo siguiente en la lista es organizar en cajas y contenedores las cosas para mudarse. La pregunta toma protagonismo, algo de lo que antes no se había percatado ni un solo momento: ¿a dónde ir?

Por suerte, no es una persona que suela acumular objetos. Aunque de pequeño le agarraba cariño con frecuencia a sus juguetes, ropas, hasta bolsos, por los cuales después lloraba cuando la abuela los tiraba. Ahora no guarda nada. Un par de libros, carpetas con papeles personales, un cuaderno nuevo para las canciones. Ropa, calzado en el mismo lugar de los productos de aseo, y una caja llena de copias de cartas que todavía quedaron con vida desde aquella vez. Sentado en el sillón rompe en pedazos las cartas, con lentitud, deja caer los pedazos al suelo. Mira con atención como la sala comienza a llenarse de trocitos blancos, y se dice: «es como volver atrás». Todos los sueños que perdió, todas las versiones de lo que pudo ser su vida y ninguna se dio. Solo una persona tiene la culpa, la misma persona que le enseñó a soñar, le arrebató todo lo que alguna vez quiso. Ahora, no sabe cómo afrontar la realidad, le cuesta dejar de soñar y trazar una línea recta la cual seguir sin dejar de buscar en el pasado lo que ya no existe.

Conecta el teclado, para olvidar el mal cuerpo que le deja los pensamientos, prefiere perderse un rato entre las notas improvisadas, o quizás en canciones olvidadas. El instrumento suena bien, a pesar del tiempo y el desgaste que tiene. Admite para sí mismo que desearía tocar un piano, con teclas que tengan un grado de sensibilidad que le permitan disfrutar mejor el drama de las notas.

Dos días en soledad no han sido tan agobiantes como pensó que podrían ser. En una pequeña parte de sí, se encontraba el miedo a estar solo. La sospecha de que no se soportaría a sí mismo le quitaba la paz. Resultó diferente, hasta el punto de sentirse cómodo. «Supongo que esto es lo que ella quiere lograr». Sin embargo, la necesidad constante de buscarla al despertar, de querer escribir y llegarle de sorpresa es el trago amargo de la tarde. Mantiene la esperanza de que, si logra sobrevivir y aguantar como ella quiere, podrá demostrarle que es capaz de aguantar. Quisiera hacerle saber que puede confiar en él para esta simple tarea, de estar ahí sin presionar, y soportar la distancia aunque parezca innecesaria.

—Y apenas es el segundo día… —se acuesta en el suelo, espera a que Papu se le suba sobre el estómago.

Pasan los minutos, todavía no siente a su peluda compañera. Cuando despertó la encontró a su lado, en la cama, ronroneante. La busca por la sala y no la encuentra. Dentro del cuarto logra verla escondida bajo la cama.

—¿Qué haces ahí? —sonríe incrédulo.

Estira un brazo hasta alcanzarla, al traerla junto a él, la escucha gruñir. Su mascota luce débil y descompuesta. Extrañado, revisa el plato de comida, ya a esta altura debería estar por vaciar el contenedor. «Está lleno». Mira la hora con preocupación.




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