Mar de Sales

Dejar todo atrás

Estaciona el carro enfrente de la comisaría, le escribe un mensaje y espera, sin dejar de mirar la entrada. En efecto, Rylan sale de ese lugar, la capucha que trae le cubre gran parte del rostro.

—¿Qué rayos haces ahí? —le pregunta apenas entra al auto.

—Por lo que veo… —cierra la puerta. Suspira—. Soy el único que le parece buena idea dormir en un cementerio.

—¿Qué? —ríe sarcástico—. ¿Qué pasa con Alicia? Recurrir a mí es un caso extremo, ¿no? —pone en marcha el carro. Aunque tiene la mirada concentrada en la calle, espera por una respuesta, al no obtener nada solo echa una mirada rápida.

Rylan se quita la capucha para agarrar un poco de aire. Se le hace difícil formular las palabras, en realidad no quiere hablar, ni mucho menos dar explicaciones.

—Mira —dice al fin—, sé que esto es lo más raro que te pediré, pero no quiero preguntas, en algún momento daré alguna explicación… supongo. —Vuelve a tomar aire, le pesa no tener a quien más recurrir—. Este… Necesito quedarme en tu casa.

—¿Ah, qué es seria la cosa? —sonríe con ironía—. Por supuesto, ¿ahora debemos buscar tus cosas lanzadas por la ventana, o esperar a que se apague el fuego e intervenir en un momento de paz?

—Qué no es una discusión…

—Apestas a alcohol, y que te lo diga yo, es grave.

—Sí, bueno… —Se pasa las manos por la cara, frustrado.

—Se veía venir.

—¿Perdón? —Rylan le busca con sorpresa el rostro, pero Santiago solo mantiene la vista al frente.

—Te molesta mi arrogancia, pero lastimosamente sé reconocer mis comportamientos tóxicos en otras personas, y Alicia los tiene. —Niega—. Le importa más su trabajo que la relación, ¿no es así? Desde el principio lo vi, aunque pensaba que aguantaría un poco más.

—Qué estupideces dices. —Aprieta los puños, no quiere creer que algo de razón tiene—. Solo tuvimos un raro y breve acuerdo.

—Así comienzan.

—Claro, el experto ha hablado.

—Te llevo ocho años, algo de experiencia extra debo tener.

Rylan decide no responder, lo menos que quiere hacer es caer en las provocaciones. Pero lo único que viene a su mente es su adorada gatita y eso le rompe el corazón.

—Vamos a tu casa, más tarde en la noche pasamos por mis cosas, ahora solo quiero dormir.

—Ya que me escribiste tan temprano, no me dio tiempo a comer, y puedo deducir que tú tampoco, a menos que den desayunos en los cementerios y no me he enterado.

—¿Estás de humor? —lo observa con desprecio.

—Un poco, sí.

Se baja del auto a comprar comida para llevar. Rylan se queda, su apariencia pide a gritos una ducha. Tampoco tiene el ánimo para salir, esperar o socializar en lo más mínimo. La resaca le deja el dolor de cabeza insoportable, que empeora con los rayos de sol que le pegan en el rostro. Intenta taparse pero le resulta casi imposible. Con resignación deja que todo fluya: el aire acondicionado del auto, el sol, su cuerpo derritiéndose sobre el asiento y los pensamientos tristes que le recuerdan de dónde viene. Su hogar se derrumba entre sus manos. Lo que creía que estaba construyendo, ahora no existe. Le aterra perder tan rápido lo que lleva tiempo conseguir.

—Listo. —Santiago vuelve con la bolsa de papel entre las manos—. Espero que te guste el pollo, es de lo único que tienen listo, demasiado temprano para estos negocios. —Conduce y para aliviar la tensión del momento sigue hablando—. Por eso no progresan, la competencia que tienen entre ellos y ninguno aprovecha de ganar clientes más temprano. Sobre todo con el tráfico de estas horas…

—¿A quién le importa el mercado de esta zona? —pregunta obstinado, prefiere el silencio.

—A nosotros, que estamos hablando de eso.

—Tú solo querrás decir.

—A ver, ¿cuáles son los temas que sueles hablar? A cierto, ninguno, porque nunca hablas. Siempre me pregunté, ¿te cobran por hacerlo?

—Ya empezamos con las estupideces.

—Ah, lo mío son estupideces, pero si lo dice Omar, el genio, la maravilla hecha calva.

—Nadie dijo eso.

—Las palabras son gratis, ¿que otra cosa puedes usar a montones y tener poca repercusión?

—Las palabras sí tienen peso e importan, mientras más hablas más imbécil pareces.

—Estamos agrios, ¿es la resaca verdad? Porque, que yo recuerde, tú eres un ser de luz, difícil de hacer molestar.

—La gente no me conoce.

—Ah —ríe—, pero estás al tanto de lo que hablan de ti.

—Más de lo que me gustaría, Elú me obliga. —Sigue con la cabeza reposada del espaldar, mira el techo en busca de alguna mancha.

—Sí, está más intensa de lo que pensé. —También siente el malestar y suspira por todo el trabajo que le espera en casa.

—¿No te gusta hablar de ella? —Rylan ríe, le agrada verlo incomodarse.

—Se supone que son vacaciones, no se sienten como tal.

—¿Hace un año no estabas desesperado por este ajetreo? Ahora extrañas echarte en tu sillón a fingir una existencia relevante, ¿no?

—Medio miserable, sí, lo sé. —Respira profundo—. Tú sí que sabes cómo animar a la gente, por favor, nunca muestres este comportamiento en público —ríe bajo.

—No pega —también ríe. Una pequeña parte de sí reconoce este momento como un aire fresco, que despeja los pensamientos que esperan ansiosos el encierro para atacar. «Parece ser que socializar ayuda a parar la tormenta» piensa, o al menos eso es lo que se le cruza.

El resto de la tarde pasa con normalidad para Santiago. Desde que llegaron y comieron, Rylan no ha salido del cuarto. Lleva todo el día encerrado, aunque la habitación cuenta con baño propio, esperaba verlo por la sala o curiosear por los alrededores. En su momento libre, camina de un lado a otro, echa un par de miradas a la puerta del medio, la que él eligió. Regresa a la cocina en busca de su celular para escribirle a Hamel: «¿es normal que tu hermano se encierre en el cuarto todo el día?».

Es de noche cuando recibe una respuesta: «¿Cómo? ¿Por qué está contigo?». Sin querer chismear, le toca ponerla al tanto de la situación. Le sienta mal meterse en los problemas de otros, pero las preguntas de Hamel no paran de llegar.




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