Estira la mano por la cama en busca del suave pelaje. Le cuesta un par de minutos reconocer el lugar en donde está. Otro día en el que despierta con la creencia de que todo era un sueño. Se siente tan irreal aceptar la realidad y, aunque le gustaría volver a la cama a fingir que no existe esta versión, no le queda de otra que salir de la habitación y obligarse a socializar.
Afuera encuentra a Santiago, sumergido con suma concentración ante el portátil. Chasquea los dedos y asiente con la cabeza el ritmo que solo él escucha en su mente. Rylan lo observa mientras se adentra en la cocina en busca de algo para comer.
—¿Qué rayos haces? —Deja caer la bolsa de pan sobre el mesón, junto a la bandeja de queso y jamón.
—Uno me pasó esta letra para una potencial canción… —Cuenta en voz baja hasta cinco—. No es algo completo, solo dijo que se inspiró tratando de pensar como tú.
—¿Cómo yo? —ríe—. A ver —da la vuelta al mesón, se asoma a leer en voz alta—: ya no hay reflejo en el espejo… —Asiente, procesa lo demás—. Es agradable no ser el único exponiendo sus ridiculeces.
—¿Podrías dejar de ser tan pesado contigo mismo? Entiendo que con nosotros no tengas opción, algunos nos ganamos uno que otro insulto, ¿pero contigo mismo también eres así? Con razón te deprimes.
—Yo creo que somos Mar de Sales por ser unos salados, nada nos sale bien. —Procede a armar un sándwich y servirse café.
—Ser la sal no es mala analogía, la sal realza el sabor, destaca.
—Pero mucha arruina la comida. Y yo creo que nos sobra.
—Ay que ver que no tienes reparo. —Santiago sube los codos al mesón y cruza los dedos, arma ideas e hipótesis antes de hablar—. Supongamos que sí, somos unos salados y lo que nos sobra es las malas experiencias, ¿entonces qué? ¿Nos tiramos a llorar o hacemos algo? Creo que prefiero mil veces hacer algo, preferiblemente que implique descargar la molestia que… De hecho, te ayudaría.
—¿Ahora qué te vino a la mente?
—Puedes usar el estudio cuando quieras, tengo una carpeta con pistas armadas. Tú eliges el instrumento y le das un toque, listo, lo silencias. Te pones los auriculares, completo volumen, y tocas hasta dejar el alma.
—¿Qué?
—Es lo que hago cuando estoy molesto, o mal, pero casi nunca es lo segundo.
—¿Conviertes la tristeza en rabia? —sonríe incrédulo.
—Es más fácil procesarla.
—¿Qué instrumento sueles agarrar? —dice a la vez que procesa la idea, le agrada.
—La batería, por supuesto, tener la base y el control me relaja más que dar golpes.
—Tendría que escucharlas… —asiente, le sube el ánimo.
—Seguro, termina de comer y anda; te necesito con mejor humor. —No le presta atención, vuelve a concentrarse en el portátil.
Busca, como le indicó, la carpeta en la computadora, en el estudio. Escucha con atención cada una, hasta dar con algo que le guste. Con el pie sigue el ritmo. Más que querer tocar junto a la música, siente que ese sonido atrapa algo. Lo vuelve a escuchar, una y otra vez. Con insistencia la repite, quiere descifrar qué es lo que dice, la melodía le habla y le frustra no saber qué es lo que transmite. Gira de un lado a otro, en la silla, perdido con el sonido, a la vez que revisa las otras carpetas sin prestar mucha atención. Hasta que una miniatura en los archivos recientes le hace perder la concentración en la música. Abre la foto de su hermana, sentada en lo que parece un café, sonriente y con los rayos del sol sobre el rostro. Pausa lo que estaba reproduciendo y revisa los demás archivos recientes. Hay otra pista, a diferencia de las demás esta tiene voz. Comienza con un suave piano acompañado de otro instrumento, que puede deducir que es un violonchelo. Asiente ante la letra cantada por Santiago, y no comprende por qué existe esto.
—Que curioso, eres igual que ella —Santiago entra en el estudio.
—¿Me creí la chica más especial? —repite con tono irónico la letra de la pista.
—¿Qué tiene?, hay que respetar el sentimiento de la canción.
—Quedaría mejor con un tono más —levanta la mano—. ¿Te cuesta?
—Escucho consejos —se cruza de brazos—. Hamel no lo hizo mal y se supone que tú le enseñaste.
—Necesito más contexto.
—Siempre y cuando colabores, te lo proporcionaré.
—Bien —curvea la boca, esto le resulta entretenido y curioso a la vez.
Después de debatir sobre técnicas y maneras de cantar, proceden a grabar la canción de la que hablaban con anterioridad. La tarde se les va en eso, en probar diferentes maneras. Ambos comparten la misma afinidad por la música, ese algo que siempre fue el medio por el cual escapaban de la cruda realidad. Un ratito de música ayuda a despejar la mente, a calmar el alma y a recuperar la conexión que cada día se pierde por las desilusiones.
—Perfecto —Rylan aplaude, por fin dieron con la versión en la que ambos están de acuerdo.
—Costó —Santiago recupera el aliento, le fue difícil mantener el aire.
—Si dejaras de fumar, podrías hacer trabajar mejor el diafragma.
—Lo tendré en cuenta… —Certifica que todo esté en orden y guarda el archivo, que después tendrá que seguir editando.
—Ahora, si tú y Hamel son tan cercanos, por qué me dice para vernos en otro lugar, que aquí estás tú y no quiere verte.
—¿Cómo que no quiere verme? —ríe sarcástico pero sorprendido.
—¿Te da gracia?
—Sí —afirma con rapidez—, bueno, es gracioso siendo ella, pero no tengo la menor idea.
—¿No es raro? —Rylan sigue suspicaz, ata ideas y que trata de darle un sentido o una explicación a las fotos que él guarda de ella.
—Por parte de ella sí —Santiago decide ser directo—. Me encantaría saber qué piensa.
—¿Solo eso?
—Por ahora…
El sonido del timbre interrumpe la conversación. De inmediato Santiago sale del estudio para asomarse por la pequeña pantalla en la cocina. Le confirma al portero que deje subir a la visita. Sonríe con satisfacción y se posiciona delante del ascensor con los brazos cruzados, para que él sea lo primero que vea al abrirse las puertas.