Hamel toca antes de entrar. Dentro oculta sus manos, detrás en la espalda, las ata como nudos.
—Ya es de noche, ya comimos… ¿te acuerdas cuando nos metíamos en el cuarto? Era la hora del chisme, eso decía la abuela —ríe traviesa, aunque trata de ocultar los nervios.
—Era un tiempo diferente —responde Rylan, desde la cama, acostado mientras fisgonea en el celular—. Para ahorrarnos palabras —dice sin mirarle—, no hablaré del tema, no hace falta que soluciones nada, mucho menos le puedes escribir a Alicia.
—¿Ni siquiera puedo saber qué pasó? —hace un puchero, se sienta en el borde de la cama—. ¿No es injusto que Santiago sepa más que yo?
—¿Te dijo algo?
—No, solo me comentó lo de Papu… porque parece que te rehúsas a contar la noticia.
—Entonces ya sabes todo lo que necesitas saber.
—¿Me prometes que no vas a terminar con Alicia? Espero que no sea por ninguna bobada.
—¿Tú crees que quiero terminar con ella? —niega sin dejar de mirar la pantalla—. Solo es una etapa, nada más. Ya verás que todo estará bien.
—Bien, confiaré en ti.
—¿Por qué no aprovechas el momento para explicarme que se supone que pasa entre tú y Santiago?
—¿Cómo? —ríe—, ¿desde cuándo inventas historias?
—¿Qué historias Hamel?
—¿Cómo me voy a meter entre Santiago y Elú?, por favor…
—Ellos no están juntos.
—¿No?
—Que yo sepa, no. —Apaga el celular, lo deja a un lado—. Andrés le bromea con echarle el carro a Elú y a este señor —señala la puerta—, ni le importa.
—Ay, como si Santiago fuera expresivo —comienza a rascarse los brazos, insegura.
—Creo que lo conoces lo suficiente para saber que él no oculta su molestia, para nada.
—Sí, bueno…
—Tú le gustas a él, y él a ti —mueve las manos, como si ella estuviera hechizada y no pudiera comprender—. Parece que ya es tarde para intervenir, además que no es tan mala gente.
—Ah, ¿ahora Santiago resulta ser un buen partido?
—A ver, de todo el historial que tienes, sí. —Asiente dándose cuenta de un tema en común—. ¿Por qué le huyes a los decentes? Ya me acordé de varios que dejaste ir…
—No viene al caso, ¿si? Para empezar yo tengo muy claro lo que quiero, y es el principal problema porque este señor también tiene muy firme convicción de lo que quiere y espera. Pero lo más lamentable de todo esto es que eres un vendido.
—¿Qué? —ríe al no entender tal acusación con tanta seriedad.
—Me extrañó que tu primera opción fuera quedarte con él, ¿desde cuándo tan amigos?
—Primero, es a quien le sobra espacio, segundo los otros tres siguen de visita a sus familias en el pueblo, y tercero, tenemos más de un año conviviendo como banda, ¿qué esperabas?
—Haz dado en el punto, con más razón me debo alejar, Santiago ya es parte de la familia.
—¿Lo cambiamos por ti? ¿Eso es lo que quieres decir?
—No —sopla, la tensión se le acumula—. Sé que parezco extremista, pero me quiero mantener alejada mientras todavía le siga queriendo… ¿entiendes?
—¿Por qué a ustedes, las mujeres, les gusta resolver el conflicto de la peor forma?
—Qué machista, eso es lo que ganas por juntarte con él.
—Supongo que comienza a tener sentido su lógica… —bromea, le hace gracia el giro sin sentido—. Este tipo de comentarios me hacen sonar ebrio y resentido.
—Eres todo un Santiago —Hamel ríe e intenta taparse la cara—, enhorabuena te has infectado con Santiaguitis.
—No —también ríe—, me voy a morir ebrio, amargado y solo. —Mira la pantalla del celular, acaba de recibir un mensaje de Alicia—. Tampoco es que sea muy diferente, en realidad.
—¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara?
—Alicia quiere verme mañana, esperemos sea un buen avance.
—¿Por qué sería uno malo? ¿No deberías estar contento?
—Todavía no le he dicho lo de Papu…
—¿Eso no pasó hace una semana? —Hamel recupera la tensión incómoda que tenía. Rylan asiente, también le preocupa saber cómo se tomará la noticia. No fue capaz de escribirle nada, solo le notificó la entrega del anexo.
Al día siguiente, después del mediodía, Rylan sale en dirección al café donde Alicia lo espera. No mediar palabras con ella ha sido su lema durante la semana, en su afán de darle espacio, tampoco le ha querido contar que se queda en el apartamento de Santiago. Ni mucho menos la caótica noche que tuvo antes de irse.
Desde afuera, antes de cruzar la calle, la reconoce a través del cristal, sentada en un rincón tomando un sorbo de la taza con toda la calma que puede expresar. Extraña verla así por las mañanas. Le emociona verla, al mismo tiempo la culpa le roba la felicidad. El miedo es el nuevo sentimiento que se impone, tiene un remolino que se lleva todo a su paso. «Solo pon un pie después del otro» se dice, obligándose a caminar.
—Amor —Alicia lo recibe abriendo los brazos—. Te extrañé tanto —susurra, envuelta por él.
Rylan respira con tranquilidad el aroma y aprieta con fuerza para sentirla de nuevo.
—Estamos llamando la atención —susurra—, si quieres podemos andar, ya terminé aquí.
—De acuerdo, te sigo.
—No iremos muy lejos —sonríe coqueta.
Lo lleva de la mano, ella va adelante adentrándose entre la gente. Lleva un gran bolso colgado que sujeta con el otro brazo. Rylan se relaja al sentir la brisa y sonríe al ver los hilos negros danzar con el viento. Pero un pensamiento le quita la breve paz que sintió: «como siempre, lleva el control». El bolso luce pesado, sin embargo, no lo suelta, es algo que él nota, algo que él podría llevar por ella. Ahora entiende que parte de sus problemas radican en estas acciones, ella no sabe delegar, y él se relaja en momentos que no debe; al final nunca se daba cuenta.
Llegan delante una casa, ella entra, sonriente le abre la puerta. Dentro gira y estira los brazos, mostrándole el lugar: vacío, sin muebles, un inmenso espacio abierto entre la cocina, la sala y el comedor.
—Espléndido, ¿no te parece?