Respira profundo mientras la observa caminar de un lado a otro. No hace ni veinte minutos que su hermano salió. Para él, la mañana se ha ido en trabajo; lo menos que quiere ahora es pasar la tarde a la espera y que la preocupación tome el protagonismo.
—Me vas a abrir un hueco en el suelo de tanto andar —dice, desde el sillón de siempre, al otro extremo del apartamento.
Hamel se detiene, lo mira en la distancia con amargura. Sabe que tiene razón, no logrará hacer ningún cambio por más que camine o demuestre lo ansiosa que se encuentra. Cruza la cocina, se planta delante de él, se abraza así misma; las palabras no salen. Resopla desanimada al perder el pequeño impulso que había agarrado.
—¿Qué? ¿Ahora te vas a molestar conmigo? —Santiago sonríe, le pone nervioso no saber si está jugando entre la delgada línea de la ironía.
—Hace un año que no te veía. —Se sienta a su lado, él deja el portátil en la mesa de enfrente—. Bueno, en persona, siempre los veo en redes.
—¿Te consideras nuestra fanática?
—Todos me importan, excepto Manuel —ladea la cabeza—, no lo conozco bien pero… en fin, que… —se le van las palabras, de nuevo.
—Cuánta tensión —ríe con calma—, adivinemos —se acomoda, deja caer su espalda en el sillón—. Siempre tuve la razón y te cuesta dármela.
—Por favor —suspira ella—. Quisiera que fuera chiste pero no.
—¿Ves? Te daré un punto por admitirlo.
—Me ofrecieron trabajo de cocina en una estación de petróleo, ¿de esas que quedan en medio del mar? —junta las manos—. Es un hombre que parece amable, lo conocí porque voluntariamente hace horas de servicios, porque sí, a diferencia de todos los demás que estamos por necesidad o interés.
—¿Y te gusta?
—Puede, en realidad es atractivo.
—Hablo del trabajo…
—¡Ah, sí!, digo, no… —deja caer los hombros—. A ver, no me gusta la idea, me aterra, pero el pago es bueno y… creo que otra vez me van a rotar. Para ser sincera yo visualizaba trabajar los treinta años en el orfanato, así, sin saber dónde estaré cada año, no puedo.
—No es la única opción.
—No me interesa escuchar ninguna oferta que venga de tu parte.
—Auch.
—Lo siento, pero no quiero deberte favores.
—Creo que está demás recordarte que no te los cobraré —Santiago se inclina, comienza a sentir esa tensión que solo ella le produce—. Tampoco quiero recordarte que a gritos te he pedido que te aproveches de mí.
—Entré en un cuadro depresivo —confiesa, tensa, sin moverse, mirando a la nada—. No tiene sentido por qué velo tanto por mi vejez, si no hay nadie por quien envejecer. —Un escalofrío le detiene, toma un breve respiro antes de seguir—. Ya muchas cosas han perdido el valor, y no tengo las mismas energías, con cada número nuevo que se agrega a mi edad, siento que rindo menos. Y lo sé, apenas son treinta y dos años, todavía soy joven, pero no me siento así.
—No hay que ser drástico, de seguro existen demasiadas cosas por las que puedes animarte.
—Hay una, la idea más loca y descabellada que he tenido, pero creo que no tengo mucha confianza como para decirlo.
—Por favor —ríe—, no me puedes dejar con la intriga.
—¿Estás con Elú?
—No, ¿a qué viene eso?
—Es que en las redes hay rumores, yo estaba dando por hecho que habían vuelto… —Hamel siente una punzada en el pecho—. ¿Y Perdón? ¿No era para ella?
—En un principio pero —se vuelve a tirar de espalda al sillón—... al final cambié la canción. Si te das cuenta, no tiene un estilo que vaya ni con ella, ni conmigo.
—Pero ella lo sabe porque yo se lo dije.
—No hemos hablado sobre eso, el tema de nuestra relación quedó en el pasado. Me conformo con saber que no me odia y no hará ningún tipo de venganza, le saldría mal ir en contra de su socio.
—¿Y por qué no confirman nada en las redes?
—No lo veo necesario, ¿celosa? —ríe.
—Quisieras… —finge no darle importancia.
—Dime, ¿cuál es la idea más loca que has tenido, y por qué importaba si tengo pareja? —Controla su emoción, le gusta la teoría de que ella todavía esté interesada.
A Hamel se le revuelve el estómago, pensarlo es más fácil que decirlo. En este punto no queda de otra, «no pierdo nada con intentarlo» se anima a decirlo:
—Tengamos un hijo.
—¿Qué?
—Sería algo simple, yo me encargo de todo, tú solo tendrás que ayudarme con lo económico, nada más —habla rápido, nerviosa.
—¿Estamos hablando de inseminación artificial? —se tapa la cara.
—Por supuesto, a menos que quieras…
—Por favor, Hamel —ríe—, tienes razón, es lo más loco que me has dicho.
—Sí, bueno, ya sabemos como soy. —«Trágame tierra» suplica en silencio y fija su mirada en los pies: «o el piso también puede tragarme».
—Tranquila, preciso por esto me gusta hablar contigo. —Respira profundo, se le hace ajena esa petición—. ¿Y por qué conmigo?
—Porque tienes dinero.
—Qué directa —vuelve a reír, siempre le agarra desprevenido.
—En realidad… te lo quería pedir a ti porque eres el único que no tendría problemas en estar ausente.
Su risa se corta de inmediato. Siente que le han dado una bofetada: «doble filo» se dice internamente, reconoce las dos caras de ser sincero y directo. Una le gusta, pero la otra le aterra.
—¿Ausente? —Santiago se levanta—. ¿Tan poco esperas de mí? —va por un vaso de agua.
—Por un lado me has demostrado ser así, y por otro… quiero ser fría y distante.
Puede sentir como el líquido recorre su garganta. Tiene los sentidos atentos en todo los sentidos. Sabía que existía esa posibilidad, hace días se hacía la idea de una familia, es lo único que ella le pide, pero no cede. No puede prometer algo a lo que todavía no está dispuesto, algo que le aterra.
—¿Por qué quieres ser así? —Santiago intenta dirigir la conversación por otro lado, al menos mientras procesa el bajón de emociones.
—Porque estoy cansada de ser tonta, ingenua y soñadora. —Lo alcanza en la cocina, para no tener que alzar la voz—. Siempre creí en tonterías como perseguir los sueños, creyendo en fantasías y básicamente esperando un milagro. Perdí opciones, por creer que la perfecta se alineará con el tiempo.