Mar de Sales

Influencias

El café está caliente. Tan caliente que prefiere dejarlo en la mesa a que se enfríe un rato. Todavía le da vueltas a la respuesta sobre el mensaje que recibió ayer. Tiene razón, su esposo ha dado en el punto y ella lo reconoce. Pero las fotos que subió Omar a sus historias, esas donde todos están de fiesta, esas donde a Rylan se le ve de media sonrisa. No parece estar tan arrepentido como lo dice su mensaje.

«Lo siento, no pude ocultar mi molestia, y no es tanto por la sorpresa, ni mucho menos porque no quiera compartir una casa contigo. El otro día, el solo hecho de tomar la decisión de separarnos me molestó. El llegar a casa y encontrarla vacía me molestó. Que no me avises ni me incluyas en los planes, me molesta. No es tanto la sorpresa, sino que no me siento parte porque mis decisiones no pesan. Hice los ejercicios para procesar mejor la información, no quiero mostrar o pensar que he olvidado todo lo que aprendí en terapia. Y te quiero demasiado como para caer en estas peleas de ego. Así que propongo que volvamos a hablar, esta vez con calma y centrándonos en nosotros, sin escapar a otros temas, por favor. ¿Cuántas fresas podridas me debo comer para que me perdones?».

Alicia vuelve a leer la pared de texto que Rylan le ha dejado. Por supuesto que quiere decir que sí, es obvio que se arrepiente y quiere volver. Pero le cuesta dejar todo este dolor atrás, incluso si reconoce que en parte es su culpa. No puede evitar las señales que se le han encendido. Él dijo con claridad algo que todavía no acepta: «siempre lo haces, dices que es por mí, cada sorpresa que haces me incomoda, solo quieres tener el control».

Prueba de nuevo el café, ahora está frío. Arruga la cara y deja la taza a un lado. Busca las llaves y sale al garaje. Llegará un poco tarde a su consulta.

Al otro lado de la misma ciudad, ya por la tarde, Santiago estaciona su carro en el estacionamiento del edificio donde vive. Con el motor apagado y el techo plegado, abre la puerta un poco y se queda dentro, pensativo. La conversación de anoche, más bien madrugada, terminó diferente a lo que creía. No comprende a Hamel, acaba de dejarla en el aeropuerto y no pudo seguir haciéndole preguntas, así que se toma un momento para pensar en lo que pasó.

—Déjame entender —dijo él, todavía cómodo en el sillón, relajado y con un toque cómico—. Tú eres quien quiere ir a trescientos kilómetros por horas en esto, ¿y de pronto me dices que mantengamos el secreto? —dejó salir una risa incrédula.

—Mira, conozco a esos, y no quiero que te fastidien.

—No lo harán, ¿se te olvida que yo soy su jefe?

—Lo entiendo, pero igual te molestarán —Hamel suspiró, entregada a los nervios—. Sí dejaré el trabajo, pero eso no implica que tiraré por la borda el tiempo acumulado, nunca se sabe…

—¿Qué no se sabe? Dime que vas a olvidarte de esa idea de trabajar por treinta años en cualquier cosa de caridad.

—En cierto modo, sí. —Sonrió avergonzada ante la cara molesta de Santiago—. Soy consciente, ¿si? Tengo que volver y presentar mi carta de renuncia, y como tampoco quiero dejarle tanta carga a mis compañeros; me quedaré hasta fin de mes.

—¿Y luego? No veo el problema en que me alcances y estés conmigo.

—Que estarán ellos, y prefiero que primero demos leves señales, para que cuando se enteren, no sea así —movió las manos bruscamente—, en la cara.

—Puedes colgar cuantas señales y carteles quieras, igual les va a agarrar por sorpresa.

—Quizás tengas razón, pero… —sus hombros cayeron junto con su ánimo—. Estoy a solas contigo, me pongo muy nerviosa; no me pidas que me exponga a esta intensidad frente a ellos, al menos no todavía.

—Esas cosas no se piensan, eso se vive, se enfrenta y listo —se sacudió las manos, prefirió restarle importancia, Hamel no estuvo de acuerdo—. ¿Y cuánto tiempo sería necesario? —Santiago logró comprender un poco, pero eso no le quitó la molestia.

—¿Medio año?

—¿Qué? Eso es demasiado.

El silencio se abrió paso entre los dos, reinó por dos minutos hasta que Santiago añadió:

—Volveré en diciembre, tres meses, ¿de aquí a allá, no es tiempo suficiente?

Hamel negó. No fue un no rotundo, para ella fue un tal vez, sin embargo, para él, solo hizo crecer la confusión.

—Ni siquiera sé si estaré aquí para diciembre —ella recordó—, quedé en pasar por el orfanato… no el viejo, ese ya no existe…

—No me jodas. —Santiago se levantó, ya se le comenzaba a notar el cansancio—. Mejor seguimos mañana, ya no aguanto el sueño y eso me pone de mal humor.

—Anda, descansa, de seguro mañana también estarás de mal humor.

—No si me despiden bien —le invitó a levantarse junto a él para un beso de buenas noches.

Deja salir el aire por la boca como si fuera un globo al desinflarse. Menea la cabeza, quizás eso le ayude a despejar los pensamientos, las dudas que no dejan de surgir. «Que ridiculez» se dice dispuesto a salir del auto. Cierra de un portazo y se dispone a no pensar más en tonterías, en posibilidades inducidas por temores. «No creo que ella no esté segura de lo que siente».

De subida, en el ascensor, logra despejar la mente. Las luces blancas sobre el marcador le recuerda a todo el trabajo acumulado que tiene, el que hizo a medias esta mañana por desvelarse. Eso también le recuerda lo poco que ha dormido, difícil funcionar bien con solo tres horas de sueño. Cierra los ojos imaginando la cama, pero la frustración le llega por un sonido, una guitarra eléctrica que repite el mismo sonido, algo que ha venido pasando desde hace un par de días. Entra al estudio, encuentra a Rylan tirado en el sillón con la guitarra encima, toca la misma secuencia de notas, espera un segundo y las repite.

—Por favor, ¿puedes parar? —Santiago desconecta el instrumento—. Nunca pensé que escucharía a una guitarra maullar.

—Suena igual… —Rylan permanece con la vista perdida en el techo.

—Por lo menos escribe algo si tanto te pesa. —Se sienta delante de la computadora, comienza a ver las letras borrosas.




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