Mar de Sales

Entre mesas

Al final la banda entera se ha quedado a acompañar a Elú hasta el final, después de todo, están familiarizados con el personal. Mientras recogen y desmontan las decoraciones, entre bromas y chistes, se les van con facilidad un par de horas. Para sorpresa del mismo Santiago que sigue ahí, actuando como persona decente que ayuda, sin reclamar y hasta de buen humor, a pesar del sueño que se carga.

—Me siento hasta con ánimo de seguir —agrega, en tono de broma.

—¿Qué te ha pasado? —Manuel ríe—, esto no es nada normal. —Ha dejado la barra recogida, lista para que sus empleados la regresen al bar.

—No lo sé… quizás me di cuenta de lo agradable que es la vida —también ríe.

—Por favor, ¿por qué no lo gritas a los demás? A ver cuánto te dura la sonrisa.

—¿A qué es obvio? Y ella insiste en hacerlo progresivo.

—Bueno, eso explicaría por qué aceptó estar a escondidas aquella vez…

—¿Será? —ata ideas—. ¿Cómo es que te das cuenta de eso?

—La ventaja de vivir con una mujer, supongo. —Mira la hora en su reloj—. Aprendes a crear historias para intensificar el chisme, porque sino, me tilda de soso y me da pereza la cantaleta.

—Qué excusa más lamentable, ¿por qué mejor no admites que te has convertido en lo que juraste destruir?

—Nenas —interrumpe Omar—, nosotros seguiremos la fiesta en el bar de al lado, ¿se nos unen? Nos vendría bien ese lado delicado para controlarnos.

—Yo no voy a ser madre de nadie —responde con molestia, ya se le acabó su racha de felicidad.

—Nos llevaremos a Elú, ya saben, para que sepa cómo es una fiesta de verdad.

—¿Qué? —ambos se miran con extrañeza.

—¿No hay rollo, cierto? —espera por su aprobación, como si de ellos dependiera.

—¿Ella sabe a dónde se reúnen ustedes? Por favor, que bajo —Manuel responde frustrado.

—¿Y a nosotros qué? Es bastante mayor para decidir por su cuenta —Santiago, en cambio, se le nota el desinterés.

—Vamos, únanse, como familia que somos.

—Bueno, todavía es relativamente temprano —Manuel ladea la cabeza, no le gusta la idea pero puede escuchar la voz de su mujer que le reclama por dejar a Elú sola con estos.

—Eso sí es raro —Santiago sonríe—, que se diviertan.

—No, no, pero si tú te vienes —se cruza de brazos—, o podemos comentar ciertas cositas…

Asiente con lentitud, procesa la extorsión de su amigo en busca de un sentido válido, algo con más peso que un simple capricho. Y aunque para él no sería ningún problema dar la noticia, no puede asegurar lo mismo de Hamel. Por lo que prefiere no arriesgar y cede sin chistar.

Omar curva la boca en señal de asombro, no se esperaba este nivel de obediencia.

En el bar, ya reunidos en la mesa, con la jarra de cerveza en mano, deciden hacer un brindis. Empezando por Uno, que se ha puesto sentimental al ayudar a otros artistas novatos, cuando él mismo se considera uno:

—Por llegar hasta donde estamos, y por lo que queda, que sea parte de nuestro lema, ayudar a otros, ¿no sería genial? —bebe.

—Pero, espera por las palabras de los demás —Andrés ríe—. Que así no funciona esto.

—Ni que tuviéramos champaña en las manos —Omar también bebe.

—Con ustedes no se puede.

—¿Para esto querías venir? —Santiago le echa una mirada a Elú, cuando en realidad le hace una indirecta a Manuel.

—Me aseguraron que las risas no faltarían —ella sonríe nerviosa.

—Tranquila, cualquier cosa acudes a mí —agrega Elena—, yo sé controlarlos.

—A mí no —protesta Omar—, yo no me dejo zarandear por locas.

—¿Ah, enserio? —Uno alza la voz—, ¿qué saquemos los trapitos dices?

Rylan se levanta en medio de la discusión con la excusa de ir a pedir otra ronda de cervezas. Lleva varias noches consecutivas saliendo con sus amigos, y ya comienza a sentir el cansancio y agobio de socializar. La idea era no pensar, de alguna manera volver a ese punto donde antes, años atrás, estaba sumergido: en fiestas y fiestas sin pensar en el mañana. Pero ahora es diferente, ya la edad pesa y los sentimientos también.

—¡Oh por Dios! —una pelirroja grita a su lado, interrumpiendo los pensamientos—, lo siento pero, ¿puedo hablarte?

—¿Ya lo estás haciendo, no? —Rylan finge ser amable, y voltea a verla con sorpresa. Le recuerda a su ex pareja.

—Martis —le extiende la mano—. Seré sincera, traté toda la noche de colarme en el evento de al lado, pero no pude —baja la mano con desánimo—. Sin embargo —vuelve a sonreír—, aquí estás.

—¿En qué puedo ayudarte?

—¿Es realmente cortesía o de verdad pretendes ayudarme?

—No lo sé, por lo general me piden una foto… —Mira a la camarera, esta le responde con una mueca que aún no tiene su orden.

—Yo quiero una charla de cinco minutos nada más —suplica.

—Creo que tendrías que darme algún otro dato —observa a su alrededor para confirmar lo que tenía en mente, una pareja, a lo lejos, mantiene los celulares apuntando en su dirección—. Aunque, ¿sabes qué? Te daré el beneficio de la duda —cambia de opinión, de pronto una idea se le enciende.

—¿No puede ser? ¿No me estás gastando una broma? —la chica ríe con alegría.

—No, solo dame un momento que llevo esto —recoge la bandeja con jarras de cerveza—, y hablamos en otra mesa.

Cuando regresa, solo encuentra a la mitad del grupo sentado, el resto están en la pista de baile. Deja las cinco bebidas en la mesa y se va, sin decir nada más.

—¿Y este qué? —pregunta Manuel con curiosidad, asombrado de que se siente en otra mesa con una mujer.

—No lo sé… —Santiago suspira, a la vez que oculta su risa interna.

—¿Ellos siempre son así? —pregunta Elú—, me refiero, ¿siempre encuentran mujeres con facilidad?

—En Rylan es raro, Omar y Andrés están solteros porque les sobra de donde elegir.

—Se han calmado desde que están en la banda —Santiago intenta calmarla, puede darse cuenta de su ansiedad por el tono de voz, aunque ella tenga la vista perdida en la pista de baile.




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