La tela cede ante la tijera de un tirón. Clava cada alfiler para asegurar el patrón. Alicia se detiene por un momento, se aleja unos pasos para observar cómo cae el pliegue de la prenda sobre el maniquí. Trabaja desde temprano en la madrugada, casi no ha dormido nada, no ha podido cerrar los ojos debido a la ansiedad. Todavía frustrada, confundida, desesperada por encontrar un equilibrio que le devuelva la paz.
—Fatal —regresa al maniquí, quita cada alfiler y rompe en pedacitos el patrón.
Sale de la oficina. Toma una taza de café, la disfruta mientras observa a los empleados hacer su labor. Está en ese punto, preciso y justo, donde quería estar hace un par de años. A medida que crecen las responsabilidades necesita más. Nada llena, nada es suficiente, siempre hay un nuevo límite que superar, para mover la barrera un escalón arriba.
Los gestos de preocupación de las chicas en la caja la hacen salir de su meditación. Se cruza de brazos al acercarse, ambas empleadas se avergüenzan.
—¿Qué pasa? —Alicia mira fijamente el celular, ahí encuentra los nuevos rumores sobre su esposo—. ¿Qué? —le quita el móvil a la chica. Se le revuelve el estómago, el pecho, se le contrae el corazón.
Regresa el celular, le resta importancia fingiendo desinterés, actúa como si ya lo supiera todo. Se encierra de nuevo en la oficina. «Esa no es Catrina, no puede ser ella». Vuelve a buscar en su móvil. La pelirroja se parece, no logra ver bien la cara en las diferentes imágenes, pero tampoco entiende por qué Rylan saldría con otra. Escarba en cada noticia que encuentra, y cada vez tiene menos sentido.
—¡Mil fresas podridas te vas a comer! —le grita al celular.
Se muerde los labios, no puede controlar la ansiedad. Esto le recuerda lo fácil que podría ser reemplazada. Le sienta fatal el sentimiento, pero asiente al definir las ideas. Ella también puede mostrar lo fácil que sería cambiar todo. Coloca el celular en el estabilizador, sobre el escritorio. Se despeina, desata el cordón de su blusa corrugada, dejando ver sus hombros. Posa en la foto como antes solía hacer, abre un poco la boca para replicar la versión seductora. Revisa y sube, sin decir nada, sin especificar el por qué, no le interesa en que va a repercutir, solo le importa una cosa:
—Quieres guerra, la tendrás.
Por otro lado, en el apartamento la mañana es silenciosa. A Santiago le costó horas despegarse de las sábanas, sale del cuarto a las diez, con estrés, la nariz tupida y repitiendo la lista de cosas por hacer, todo eso sin sumar la resaca que le está consumiendo la cabeza. Se toma un momento para observar la cocina, se saltó la hora del ejercicio, falta poco para el almuerzo, pudo progresar, usar el tiempo de antes para librar la tarde. Desde hace mucho tiempo que no se cuestionaba el hecho de beber, ahora lo piensa seriamente.
—Al fin te despiertas —agrega Rylan, pasa a su lado por un vaso de agua.
—Creo que tengo un problema con el alcohol —confiesa, sorprendido ante su nueva revelación.
—No me digas, creo que nadie se ha dado cuenta. ¿Qué sigue?, ¿reconocer lo hostigante que eres?
—No lo sé, una cosa a la vez. —Revisa la despensa.
—Me cuesta creer que tengas la posibilidad de ser mi cuñado…
—¿Posibilidad? —ríe—, lo seré. —Decide pedir algo para comer—. Y es un buen tema, ve haciéndote la idea.
—Lo pongo en duda hasta que Hamel lo diga.
—Como quieras. —Revisa en el celular, por inercia abre las redes primero y sonríe—. Al menos yo tengo claro lo que quiero. —Le muestra—. No entiendo qué pretendías con el tema de la chica de ayer, pero a tu mujer no le ha gustado.
—Ah… —Rylan suspira, se estruja la cara—. Por supuesto que quería darle celos pero no esperaba que respondiera, al menos no públicamente.
—¿Provocarla y esperar a que no reaccione? Pareciera que la conozco mejor que tú.
—¿Fue demasiado obvio?
—Todos en línea dicen que sí —menea la cabeza—. Ahora se está armando algo más grande por culpa de ella. Cuando todo podría pasar desapercibido…
—A ver, es solo una foto.
—Paséate un rato por los comentarios, ¿quieres? A ver si sigues pensando lo mismo —ríe.
—¿Qué tan malos son?
—Hay de todo, pero sobran los buitres.
El ruido del ascensor interrumpe, Manuel saluda detrás del vidrio.
—¿Y este qué hace aquí? —Santiago le abre.
—Le dije que viniera para discutir un par de canciones que tengo.
—Ah, ¿en serio? ¿Con él? Me tienes aquí al lado, ¿y lo necesitas a él?
—Hola, yo también me alegro de verlos —Manuel entra, toma asiento en un taburete de la cocina, por la tensión que se desborda se da cuenta que ya estaban discutiendo—. Solo me faltaban las palomitas… —observa las caras de sus compañeros.
—Ya habíamos hablado de esto —Rylan responde, todavía frustrado por el tema de Alicia—. Además, son varias letras que tengo, haré mitad y mitad, ¿feliz?
—Por lo menos trabajas, pensé que te estabas convirtiendo en otro vago…
Rylan suspira con pesadez antes de agregar:
—Insisto, espero que Hamel se de cuenta de su error.
—Ya te dije que debes aceptar la realidad, con los requisitos de tu hermana es más que obvio que vamos en serio.
—Sí, porque no puede reproducirse sola.
—En efecto, si puede, pero no puede costearse eso sola.
—Ah, entonces te eligió por dinero —Rylan se cruza de brazos, siente que dio en el clavo.
Santiago arruga la cara, pensativo, mira a su amigo quien le levanta los hombros sin saber que decirle.
—No creo.
—Es que a ver, ¿por qué otro motivo te elegiría? Quizás tengas eso de patán que tanto le gusta, pero no es tan tonta para ir con todo.
—Tengo muchas, demasiadas buenas cualidades, sin agregar mi buena genética.
—Por su puesto.
—Este… creo que ya el tema se fue por las ramas hace rato —Manuel intenta interrumpir pero no lo logra.
—Que a ustedes les cueste diferenciar entre logros y la nada, no es asunto mío. Todo esto lo logré con mi trabajo, por eso tengo dinero, porque sé aprovechar mis cualidades.