Santiago sale a la cocina, con una amplia sonrisa. Abre el refrigerador buscando algo para comer, pero se decepciona al no encontrar nada más que agua fría. Bufa y busca en su celular que pedir.
—Te tienen bien embelesado —agrega su amigo, quien todavía sigue en el apartamento, por el trabajo con Rylan.
—Para que decirte que no, sí sí.
—Se me olvidó mostrarte esto —le enseña una imagen en su celular.
Santiago lee con atención y hace múltiples gestos, le cuesta procesar lo que acaba de leer.
—Esa no es Elú, ella no se expresa así.
—Irreconocible, ¿verdad? Por eso Carolina me pasó la captura, ¿de qué otro modo iba a creerle? —Suspira con decepción—. Pero bueno, perdí la apuesta, está encaprichadísima con Andrés.
—Tomando en cuenta que Andrés es la cara de la banda en redes, gracias a sus estúpidos videos que no fallan… —Santiago termina de ordenar la comida y guarda el móvil—. Pero a ver, quizás se le pase, él no parece tan interesado en ella, sin mencionar que es un completo despistado.
—Que conste que fuiste tú quien empezó con la dinámica de los videos —ríe—, sigo sin superarlo. ¿Cómo se te ocurrió tirarle un libro a Omar en pleno en vivo?
—Primero, pensé que era una grabación, segundo, la cantidad de barbaridades que decía por minuto eran impresionables. Y tercero, ¿qué tan reducida debes tener la cabeza para caer en estos videos promocionales con los otros dos tarados fingiendo discutir de fondo?
—Pues fíjate que funcionan bien, llegamos al medio millón de suscriptores. Al final resulta que no son tan vagos y también colaboran.
—Ah, lárgate de una vez.
—Yo también te aprecio —Manuel se despide sonriente. Reconoce que tiene cierto punto reconfortante hacer molestar a Santiago.
Espera sentado con los codos apoyados sobre el mesón, desliza su dedo por la pantalla de su celular con desdén. Tanto contenido en segundos y nada le parece llamativo. Sigue prefiriendo leer foros o ensayos, detesta verle la cara a alguien mientras espera por la información que le interesa. En definitiva, cada vez entiende menos el uso que se le da a la tecnología, y le preocupa cada vez más el cómo puede repercutir en la música. Reconoce que hay una crisis de atención, acompañado de un consumismo exacerbado, que pueden jugar en contra. Respira profundo y exhala lentamente. Se recuerda que decidió hacer esto por gusto, y no por llegar al tope del éxito, cosa que ya consiguió en su momento, hace tres años atrás que dejó su racha. Tiene la convicción que será lo suficientemente rentable para seguir, pero no para generar grandes ingresos.
—Cuánta concentración —Rylan interrumpe.
—Todo es culpa tuya.
—¿Qué?
—Si cantaras como se te indica, pero no, dependiendo de como te salga de los huevos, improvisas y te empeñas en hacerlo a tu modo…
—Señor, váyase a dormir. —Rylan lo observa por sobre el hombro—. Pareces ebrio pero no creo que estés tomando…
—¿Qué quieres? —sigue sentado, a la espera del aviso en su celular.
—Nada en realidad… —Llena su termo de agua. Al cerrarlo se queda pensativo, con la mirada perdida en el mesón, sin levantar el rostro dice—: Hay una canción que no va con la banda… pero me gustaría tocarla en vivo.
—Siempre se puede adaptar.
—No, a esta no quiero hacerle arreglos…
—Por si no lo habías notado, nuestro repertorio incluye una variedad de estilos e influencias bien distintas, por lo que básicamente podemos hacer lo que se nos dé la gana. Esa es la imagen de la banda —lo mira a los ojos—: somos raros. Haz lo que quieras y arma la canción como quieras.
—¿Y si es un tecno merengue?
—Será todo un espectáculo de montar…
—No te decepcionaré, ya lo verás —Rylan sonríe con ironía y se aleja.
—Escribe más, que vamos mal de tiempo.
Llegado el día del primer ensayo, Manuel conduce por un lugar al que nunca había venido, se mantiene atento a la pantalla de su carro, que le va dando la dirección. Rylan, en el asiento del copiloto, observa por la ventana con ligera tensión.
—Esto es un barrio —dice preocupado; la gente observa con curiosidad la camioneta negra de vidrios oscuros.
—¿Nunca han visto un buen auto en sus vidas?
—Meterse por estos lados, creo que no —ríe y señala el camino de tierra—, y ahí termina el asfalto.
—¿En dónde nos has metido?
—Yo no conozco esto —Rylan se defiende.
Estacionan en el punto que les marca la pantalla. Mientras esperan la confirmación de la chica, se dan cuenta de que los vecinos comienzan a salir de sus casas. Se plantan en las aceras con confianza, como si fuera la costumbre, mientras hablan y buscan sillas, no dejan de prestar atención al auto negro.
—Hola —saluda la pelirroja, entra al asiento de atrás—. ¿No quieren bajarse?
—Demasiada atención —Manuel le responde.
—Ah bueno sí —Martis sonríe—, pero ellos son así, es normal.
—¿En serio ensayan aquí?
—Sí, es que los otros lugares que tenemos son apartamentos y la gente se molesta, le dicen “contaminación acústica”.
Los dos se miran las caras, Rylan sonríe y levanta los hombros.
—¿No queda opción verdad? —Manuel suspira—. Traigan sus instrumentos, excepto la batería, iremos a mi casa.
Martis asiente con emoción, sale del auto junto con la promesa de que no tardará mucho. Rylan por su parte comienza a sentir angustia, y una imagen se le viene a la cabeza:
—¿Y si a esta gente se le ocurre grabarnos y luego, entre tantas tonterías, inventan que vine a un lugar como este a buscar a mi cuerno?
—Ni se te ocurra bajarte —Manuel murmura con tensión—, mejor agáchate, que te pueden ver por el frente.
—A ver, verán que van a traer instrumentos, ¿no?
—Ah sí, por supuesto, a los chismosos les encanta esparcir las noticias con todos los detalles —asiente y curva la boca—, son tan considerados, quien diría que no inventan titulares que llaman más la atención.
Rylan desliza la espalda por el asiento, se derrite igual que su ánimo. Ahora se siente tonto o iluso por no pensar en las repercusiones, o por creer que la gente no seria malintencionada.