Mar de Sales

Confiar

El silencio se apodera de todo. De las miradas inseguras, de los pensamientos. Rylan conduce, ella le ha cedido el lugar. Ninguno de los dos es capaz de emitir sonido alguno, ni siquiera el reproductor del carro que ilumina sus rostros con colores, con el volumen en cero.

Entran sigilosos, no por temor, sino por vergüenza. Alicia pregunta en voz baja por Santiago, al confirmar que no está, sigue a su esposo hasta la habitación. Una vez dentro deja salir un largo respiro, de inmediato se le enrojecen los ojos. Llora, sin poder ya contenerse. Solo necesitaba esto, de un lugar íntimo junto a su persona favorita, su otra mitad. Rylan la enrolla entre sus brazos. También cierra los ojos, entregado a un alivio cargado de tristeza.

—Ha sido horrible —susurra ella entre llantos—… fue la cosa más horrible, pensaba que no me volverías a hablar.

—Lo siento por tardar tanto…

—No, no, yo también tengo mucho perdón por pedir.

Se recoge el cabello, se sienta en el borde de la cama, muestra su duda mordiéndose los labios y buscando donde posar la vista, cuestiona demasiado las palabras que tiene por decir. Él se mantiene a su lado, expectante y nervioso, sin esperar nada, pero con unas ansias tremendas por salir ya de los insultos que cree le esperan.

—Fue estúpido de mi parte usar un trauma —dice al fin, concentrada en las líneas marrones del armario—. No quería admitir que sentí envidia —sonríe avergonzada—, y rabia. De la noche a la mañana te conviertes en una celebridad, y se veía venir, como si todo estaba armado para que pasara. Mientras que yo luché por ello, y por favor —se limpia la cara—... había olvidado lo difícil que es fingir. No extrañaba apagar mi cerebro y sonreír delante de las cámaras solo para llamar la atención, y perdí… perdí todo lo que logré por tu culpa.

—Alicia…

—No, no —ríe, a la vez que llora—. Por tu culpa aprendí a confiar, por tu culpa descubrí que alguien puede quererme por quien soy, y ahora mi codicia supera este límite… ¿No le puedo exigir al mundo que me quiera igual que tú? ¿No es cierto?

—¿Quererte como yo? —pregunta incrédulo—, creo que soy el que menos ha dado en esta relación… y por eso estamos así.

—No —sonríe—, dentro de tu caótico mundo, donde todo es gris, yo soy el centro. No te importa si vas bien o mal, te tiras al suelo por mí, y aunque me encanta esa devoción, me hice adicta a esa clase de… admiración. Créeme que fue una parte chocante de la terapia, yo sola deduje cada cosa y… desde entonces me siento perdida y sin nada.

»Cuando la soledad me regresó a ese momento de la infancia, me encontré sola. Y me convencí que si me acostumbraba a tu ausencia podría lidiar con eso, porque pensaba que no debo necesitar de nadie para vivir. Mientras que tú dices que sin mí pierdes todo, yo buscaba tener todo, estés o no estés. —Choca los dedos y los separa—. No pega, ¿entiendes? Porque en mi corazón todo crece, y quiero ser más yo, y quiero crecer y quiero ser… hasta un punto del asco. Ya no quiero saber más de mí, ya ni siquiera puedo definirme… llegué a un punto muerto donde ya no quiero nada de lo que tengo, y prefiero volver a ese cementerio antes que recuperar lo que “tanto me costó construir”.

Rylan no tiene palabras e intenta responder rápido pero le cuesta. Ella asiente y lo entiende, porque todavía le duele.

—Y yo decidí pagarla contigo, y lloré —las lágrimas regresan—. En esa casa me quedé tendida en el suelo, derrotada por el dolor. Porque no solo era mi mascota, era tu compañera, y hacerte ese daño dolió mucho más que cualquier otra cosa. Perdóname amor, yo sé que no quisiste que nada de esto pasara y no estuve para ti cuando me necesitabas… —Lo abraza.

—Ya, ya estamos aquí.

—No, tengo que decirlo para que ya no quede nada —se separa. Levanta el dedo índice a la vez que se encuentra de frente con él—. Yo te perdono, pero solo si es una sola.

—No da gracia.

—No es broma… —tuerce la boca, le tiembla la mano.

Rylan suspira, todavía le cuesta creer que esta mujer, la chica fuerte que tiene enfrente, la misma que ha demostrado que puede destruir lo que sea, aguantar como un gran pilar; tenga esa inseguridad capaz de romperla en pedacitos.

—No tengo ojos para otras mujeres, ni interés. —Le sujeta la mano, bajando el dedo que lo acusa—. No me acosté con ninguna, para ser más específico, y te puedo prometer que tampoco lo haré, pero a cambio te pido que no bromees con el tema, ni me vuelvas a acusar, no me gusta.

—Es que es difícil —se abraza a sí misma—... pensar que no te interesa nadie ahora que tienes catálogo.

—Amor, por favor.

—Lo sé, lo sé… me expreso fatal pero es que me quema la rabia.

—¿Qué hacemos ahora? Si quieres me mudo contigo, no sé como se lo tome tu madre…

—No, ya no aguanto vivir con ella. —Se tira de espaldas a la cama—. Por ahora estoy muy cansada, y aquí —cierra los ojos—, se siente tan bien.

—¿Una ducha caliente y un masaje? —sonríe.

—Ah, sí, ¡por favor! —se levanta con emoción—. Y ya para mañana nos revolcamos.

—Por supuesto —ríe.

—Pero… ¿ducha? ¿No hay tina?

—Solo el cuarto principal tiene, ahora es un estudio.

—Podemos colarnos… ¿no? —sonríe coqueta.

—No hay nada más sagrado para Santiago, que el estudio —él se niega.

—Está bien —resopla desanimada—, será la ducha.

La última semana que tenían antes de volver a la gira, se ha acabado. A pocos días de comenzar a organizar las maletas, apenas han logrado definir el estilo de algunas canciones para el nuevo álbum, complicando las cosas y sumando trabajo a su viaje. Tendrán que seguir trabajando en el proyecto mientras cumplen su itinerario. La disquera les exige las nuevas canciones para comienzo del año, gracias a que su primer sencillo ha sido un éxito, “Abismo”. A veces inventar conlleva tener más trabajo.

Santiago lee, malhumorado, los mensajes. Sentado frente al mesón a la espera del café, con el celular en mano y la vista perdida en la pantalla sin mover un dedo. Como si solo con verlo encontrará la solución a sus problemas. «Tres meses» se repite mentalmente. Tres meses de viaje, tres meses para acabar el año, tres meses para ponerse al día si quiere tener tiempo libre para Hamel. Lo último es lo que más le pesa, sumado a que todavía ella no le confirma nada en concreto, no sabe si ya renunció, si volverá a la ciudad o si aceptará su propuesta de unirse al viaje. Resulta ser que es buena evadiendo las preguntas.




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