Mar de Sales

Inquietud

Una firma, tras otra. Rylan toma el cartón entre las manos y detalla el rostro de Alicia, con los ojos cerrados y ese filtro gris que la hace lucir callada y perdida. Son miles de cartoncitos con la portada del álbum impresa, los que tienen que firmar cada integrante para regalar en los próximos conciertos. Firma bajo el mentón de su esposa, ocupa el espacio que le corresponde. «Solo tres días» recuerda el tiempo que le queda antes de comenzar de nuevo con la gira. Vuelve a dejar todo atrás, tiene que cambiarse el suiche, apenas se le había olvidado lo que era estar sobre el escenario. Y mientras firma arruga la boca, mueve las manos en automático a la vez que se encuentra perdido en los pensamientos. «Otra vez la dejaré sola, de nuevo tendrá ese espacio para probar la oscuridad sin mí, ¿saldrá con otra historia similar?» sus dudas afloran, sobre todo porque no tiene la menor idea de qué quiere hacer ella. Ahora que la encuentra en casa, tranquila sin tomarse en serio sus redes, ni le importa arreglar el problema de los rumores, ni va mucho para la tienda. Se tomó un descanso, y cree que se lo merecía, sin embargo, eso no evapora las dudas y no responde las preguntas.

Manuel sube al auto, por fin logran escapar del día atareado que han tenido. Rylan, en el puesto de copiloto, se mira en el espejo y suspira, luce igual de cansado como se siente.

—¿Crees que esto no nos traerá problemas?

—¿No es tarde para cuestionarse? —Manuel ríe—, a veces me sorprendes, puedes ser rápido o lento, dependiendo de la ingenuidad del tema.

Arranca, sale del estacionamiento, rumbo al evento que les espera.

—Digo —Rylan sigue inquieto—, que el cantante de Mar de Sales se presente, por ahí, ya sabes, como quien no quiere la cosa, no creo que esto haga mucho revuelo, ¿no?

—Esto es un proyecto personal, no uses en ningún momento el nombre de la banda. Tu contrato no pide exclusividad por lo que no creo que pase a mayores, ahora, eso no te salva de la charla que tendrás con Elú. Por mi parte, yo le recompensaré el hecho de llevar una nueva banda, así que asegurémonos que esos chicos firmen con nosotros.

—Vaya… sí que lo planeas todo.

—En realidad no, pero tengo un buen presentimiento.

—Si tú lo dices… —Rylan deja caer la cabeza sobre el asiento y se pierde en la ventana, en las calles que pasan. Acaba de firmar más de mil cartones y todavía no se siente alguien tan importante, al menos no para que otra persona quiera tener su firma.

Aunque el número de seguidores aumenta cada día, no puede ver más que eso, un número que crece. A veces duda de la realidad que presenta la tecnología, no logra quitarse la sensación de falsedad.

Al llegar son recibidos por el personal del restaurante, les llevan hasta la mesa exclusiva, que solo tiene unas barandas para alejarlas un metro de las demás. De inmediato las otras mesas notan el alboroto y comienzan a murmurar para lograr reconocerlos, y uno que otro celular enfoca a la dirección en donde ellos están sentados, observando el menú, escuchando con atención al camarero que les insiste que la casa les invita.

Al poco rato llegan los integrantes de la banda. Con rapidez arman el escenario, van de retraso diez minutos y les tomará otro diez más empezar con el espectáculo. Mientras que en la mesa toma asiento otra chica, conocida de Martis y habla libremente con Rylan, sin que él le dirija ni la mirada, hasta que toca un punto que le llama la atención:

—Y eso, hago mis propias versiones de las canciones para que no salte la alerta de derecho de autor, pero no es más que yo cantando en acústico con algún otro detalle —ríe nerviosa—. Pero cuando subí el video de “Soñar despierto”, muchos no sabían de ti, y eso se llenó de una lista larga de comentarios diciendo de cómo les resultó reveladora, identificados, que vamos, si quieres deprimirse un rato los puedes leer.

—¿Cómo dices que te llamas? —En realidad no le pregunta el nombre y no tarda en confirmarlo para sacar el celular y encontrar el canal del que habla la chica, la cual sonríe con emoción al verlo interesado en sus interpretaciones.

Quería mirar a fondo los comentarios de lo que habla, no entiende la intriga pero le llama, más le toca esperar porque ha llegado el momento de cantar.

El escenario es bajo, al aire libre, delante de las mesas. La mayoría de las caras lo observan, solo unas pocas escondidas detrás de un celular. Rylan suspira, este era su ambiente cómodo: poca gente, más íntimo. Ahora lo encuentra aterrador, al menos desde los escenarios habituales en los últimos conciertos no le puede ver la expresión a nadie. Por suerte, no vino aquí a cantar sus letras, siente confianza cuando las palabras son de otro.

—Buenas noches —sonríe, prueba el micrófono y procede a presentar la banda, evitándose así mismo.

Comienza a cantar, la canción de Martis es pesada, con guturales que no son la norma en Mar de Sales. Nadie se esperaba esta versión agresiva del cantante, aunque solo sea en su voz, pues su actitud sigue siendo amigable y sonriente.

Pero ya no me importa, yo no respondo por ellos, ni mucho menos ellos por mí —grita con guturales, luego cambia al limpio—. Es demasiado tonto insistir, tanta vanidad, demasiado sueños perdidos, como para seguir detrás, regresar. ¡Lo que sea, no lo haré más!

El público aplaude con emoción, a la vez que piden otra, pero nada de eso fue acordado, por lo que Rylan y Manuel se despiden con una seña y vuelven a su mesa. Los chicos de la banda continuarán con el espectáculo por tres canciones más.

Disfrutan mientras comen aperitivos que la misma casa les invita. Rylan no sabe por cuánto tiempo se quedará, el cansancio comienza a pesar y lo puedo notar en el rostro de su compañero, que ya dejó de sonreír hace rato.

—Puedes irte —le grita para que le escuche—, creo que conmigo basta.

—¿Seguro? —Manuel duda, pero el sueño le pide a gritos que acepte—. Cualquier cosa me llamas.




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