Sale emocionada de la casa, feliz como una niña pequeña que puede cumplir un capricho.
—¿No deberíamos esperar a que termine la transmisión? —Hamel, agotada, le sigue el paso—. Digo, me gustaría quedarme en casa.
—Puedes quedarte, yo voy y vengo —Alicia sube al auto.
Hamel suspira derrotada. Todo el día dio vueltas de un lugar a otro en el hospital, la rutina de exámenes y consultas la mantiene desgastada. Ha pasado un mes desde que llegó, sabía que no sería un proceso rápido, pero tampoco esperaba una jornada tediosa.
—Está bien, te acompañaré —entra al auto—, pero no quería perderme el concierto.
—Tranquila —toquetea el reproductor—, ahí está, no nos perderemos nada.
En la pantalla sale Rylan, con su típico andar de un lado a otro en el escenario mientras canta.
—Es increíble que mi corazón se siga emocionando cada vez que lo veo —Alicia admira el en vivo—. Pero un dulce a media noche puede más —ríe, enciende el auto.
—Ventajas de tener carro… y de saber manejar.
—¿No sabes manejar?
—Sí, pero hace años que no toco un volante, de seguro olvidé todo.
—Tranquila, eso no se olvida.
«Antes de terminar, le tenemos una sorpresa» la voz de Rylan llama la atención, ambas chicas miran con curiosidad. «No se emocionen tanto, solo es un pequeño avance del siguiente álbum» ríe y bromea.
—Su ánimo es tan —Alicia sonríe—, me contagia cuando está así.
—Sí, no eres la única que lo nota —le sube el volumen para escuchar la nueva canción.
«Es una saturación que te acelera el ritmo, aturde los sentidos y quedas paralizado ante las sombras».
—Suena un poco escalofriante, ¿no?
—A mí me encanta.
El acelerador es una opción, pisar a fondo, presiona lo más que pueda. Los sentidos están perdidos, ni el tiempo, ni el espacio encajan con lo que se tiene a la vista.
Alicia para delante del semáforo en rojo. Aprovecha para observar la pantalla. Sonríe atenta, le encantaría estar entre el público y la pregunta le salta a la mente: «¿por qué no estoy allí?».
Ebrio, sin percepción de la distancia, se lanza sobre la isla que divide los canales, cruzando hacia el lado contrario.
«Ya no hay bondad, se desborda la maldad. No expongas el corazón a palabras necias. No te escondas ante lo inofensivo», la voz de Rylan la mantiene embelesada, de pronto, de un sobresalto recuerda la realidad, la luz está en verde.
El piano, tocado por Manuel, al finalizar la canción trae consigo la confirmación necesaria. Ella asiente mientras pone el auto en marcha: «lo alcanzaré, iré con él» se promete; y su corazón se paraliza, su pulso se acelera ante la inmensa mancha que invade su campo de visión, del lado izquierdo, desde fuera. Su primer impulso es cerrar los ojos con fuerza, «ya es tarde», el impacto del golpe es acompañado con un par de gritos.
El público enloquece con la nueva canción. Rylan abre los brazos agradecido, hace una reverencia y se despide. Su corazón late deprisa, la adrenalina comienza a bajar. Desde su lugar observa a los demás secarse el sudor. Sonríe, convencido de que fue una buena noche. Ahora solo quiere tomar una ducha y escuchar el día de su esposa. Pasa entre las risas de los demás, directo a una botella de agua.
—¿Cuál es la siguiente canción del álbum que vamos a revelar?
—¿Lo normal no sería lanzarla en redes?, digo, el público parece perdido al no conocerla.
—La siguiente canción la practicaremos en la semana —responde Santiago—, y no me importa, lo seguimos haciendo a nuestra manera, igual Elú ya nos dio el visto bueno.
—¿Pedimos para comer en casa? —suplica Rylan, se le nota cansado.
—¿Cómo no vamos a salir a comer para celebrar? Por favor, es una canción más —Omar se ofende.
—Y vienen muchas más, no nos vamos a embriagar por cada una de ellas —ríe Manuel, revisa su celular y la sonrisa se le borra junto a la luz que le baña el rostro.
Observa con atención a Rylan, trata de convencer a Omar para que la noche de hoy sea calmada, luego mira a Santiago, cruzado de brazos, intentando comprender de donde sacan tanta energía. Y suspira pesadamente antes de hablar:
—Tengo malas noticias… —se corta al ver las caras atentas.
—¿Qué pasó? —añade Santiago con molestia, detesta esos chistes.
Manuel es incapaz de hablar, hace años que no volvía a sentirse cobarde. Le muestra la pantalla a su amigo, quien no tarda ni un segundo en leer el mensaje de Carolina.
Le arrebata el móvil de las manos y en seguida marca el número de su prima.
—¿Qué? —Rylan queda con la duda, y con la mirada hace preguntas pero Manuel solo niega.
Todos observan en silencio y con atención a Santiago, quien se alejó y solo da vueltas de un lado a otro poniendo caras inentendibles a la distancia.
—Hamel y Alicia tuvieron un accidente —regresa, entrega el celular—. Estarán bien —se apresura a aclarar.
—¿Qué? —Rylan se vuelve pálido—. ¿Cómo?
—Será mejor irnos al aeropuerto —Santiago calla los murmullos—. Tú y yo, volvemos pasado mañana mismo.
—Vayan, nosotros arreglamos todo por acá —asegura Manuel.
—Todo va a estar bien —Uno le da una palmada al cantante.
—Sí, seguro que sí —responde, «tiene que…». Se levanta, recuperando su brújula emocional—. Vamos directo.
Esperan en silencio en el estacionamiento privado, detrás del evento. Desde abajo Rylan observa lo alto de la estructura que rodea el escenario. Mantiene sus hombros caídos y una mirada triste, dentro, en sus pensamientos no se siente distinto. La noche es oscura, de este lado las estrellas no están, quizás por la contaminación eléctrica, de tantas luces y edificios altos que rodean todo. O porque la preocupación le inunda los sentidos, haciéndole sentir una fragilidad inigualable.
—¿Qué hacemos aquí? —al fin su voz recupera el tono.
—Esperando el taxi —Santiago responde inexpresivo, con la vista perdida en el celular—. No hay vuelos disponibles, el siguiente sale en cuatro horas, vamos a la residencia y esperemos.