Abre la puerta, lo primero que buscan sus ojos es la cama. Un escalofrío le recorre el cuerpo, como chispa eléctrica que se lleva la tensión, logrando que sude frío. Su esposa está ahí, sepultada bajo mantas, con una mano expuesta donde tiene puesta “la mariposa”, cubierta por un adhesivo, lo que protege a la aguja que le suministra el suero.
Carolina se acerca, le toca la frente y comprueba que Alicia está despierta.
—Cariño, han venido a verte —le susurra de manera dulce.
—¿Quien? —se descubre el rostro—. Amor… —su voz desaparece en un hilo invisible que le arrebata lágrimas.
Rylan se apresura a estar junto a ella, como si la prisa pudiera calmar su llanto. Se arrodilla junto a la cama especial, le besa la mano a un lado del adhesivo.
—No llores amor —expresa entrecortado, también le cuesta hablar.
Para ella es imposible no quebrarse, la venda que le tapa la mitad del rostro, la respiración agitada por el llanto y las palabras que se le traban producen un ahogamiento incómodo.
—Cariño, trata de calmarte —la voz de Carolina sigue dulce pero su firmeza se acentúa como regaño .
Ella asiente, de inmediato trata de respirar profundo. Le toma un momento calmarse, mientras aprieta la mano de su esposo con fuerza.
—¿Qué tiene? —al fin Rylan se decide, levantándose para pegar su rostro junto al de su esposa, y con ambas manos le acaricia las mejillas.
—La herida en el rostro ya está tratada, no es profunda pero —suspira—, dejará marca. Tiene una fisura en la costilla derecha, la segunda contando de abajo hacia arriba, no necesita de intervención, pero no podemos evitar el quirófano —tuerce la boca, intentó aligerar el ambiente, sin embargo no es momento para bromas—. Estamos esperando los resultados para operar el peroné izquierdo.
—¿Operar? —Rylan cierra los ojos y susurra—. Perdón amor.
—¿Perdón? —sonríe, también le acaricia, con la mano que no le duele; se entretiene detallando los vellos de la barba—. Estás aquí, ni siquiera te esperaba, pero te llamaba mucho con la mente.
—Te dejé sola —le besa la frente.
—No, Rylan —respirando profundo para aguantar las ganas de llorar—. Mi querido, no tienes la culpa de nada, por favor, no te castigues.
Él no escucha, ni siquiera puede organizar sus pensamientos. No sabe cómo actuar, ni qué debe preguntar: «enfócate Rylan» se exige y recuerda las palabras antes dichas:
—¿Qué hay que hacerle? —busca de inmediato a Carolina—. No entendí que se rompió.
—El peroné es un hueso de la pierna…
—¿Podrían no hablar nada de eso delante de mí? —interrumpe desde la cama—, prefiero no saber nada del tema, confío por completo en la decisión que tomen… —mira con tristeza sus piernas bajo las mantas—. Ahora no quiero saberlo.
—¿Cómo no vas a saberlo? —Él se sorprende y cae en cuenta—: ¿Cuánto tiempo le tomará la recuperación?
—Un mes, dos quizás.
—¿Un mes? —sopla las palabras junto con su aliento.
—Amor… —estira la mano, logra rozar los dedos—. Sé lo que estás pensando…
—¿Un mes Alicia? —entrelaza sus manos con ella—, ¿cómo? ¿Aquí, en casa?
—Luego de la operación tocaría esperar el alta, puede pasar el tiempo en casa…
—¡No, no no, no quiero saber nada! —aguanta las ganas de llorar, de nuevo.
—También puede quedarse aquí, tendría al mejor personal para atenderla —Carolina continua.
—Este lugar tiene pinta de ser costosísimo…
—Tranquila, con gusto colaboramos —Sonríe, abraza la tabla de estadísticas—, por ahora los dejo.
El silencio, que deja la puerta al cerrarse, crece de manera abrumadora. Rylan sigue sin saber cómo organizar sus ideas, la culpa, la tristeza de verla así y la impotencia de saber que nunca ha tenido el control, le agobian. El odio se enciende como fuego al dar con el verdadero culpable, el responsable de dejar a su niña así. En la cama, visiblemente hinchada, intentando dibujar una sonrisa que no tapa la expresión del dolor.
—¿Por qué estás tan callado? —le vuelve a tocar la mano, juguetea con los dedos.
—Me creerías si te confieso que… no sé qué hacer o, ¿de qué hablar? —Como puede arrastra el mueble individual hasta quedar al lado de la cama—. ¿Cómo te sientes? —le inspecciona el rostro: perdida con la mirada fija en el techo blanco.
—Me dieron un calmante, pero igual siento un dolor esparcido, un extraño hormigueo. —Suspira—. Me siento y creo que me veo golpeada, ¿no es así? —sonríe con ligereza—. Me pica tantas partes del cuerpo…
—¿No te puedes mover?
—Sí, pero creo que mejor me mantengo quieta, no quiero mover esa pierna, luego me regañarán —ríe—, además, esta aguja en mi vena duele mucho, mejor no me muevo; si no lo siento, no existen.
—No tienes porque hacerte fuerte…
—No, nada que ver, me hace feliz verte aquí.
—¿Quieres irte a casa o prefieres quedarte?
—Sin duda, me iré a casa. Este cuartito está bien equipado, parece una residencia estudiantil más que un hospital —sonríe, no esperaba un baño interno, una televisión flotante y una nevera pequeña—. Pero es cerrado y prefiero observar el sol, desde nuestro cuarto se ve precioso.
—Iremos —le besa la mano—, todavía no he dormido en esa casa.
—No. —Mueve la cabeza, y para, expresando una mueca de dolor—. Me encantó el detalle y te lo agradezco, entiendo perfectamente que tienes muchos compromisos, no hace falta que te quedes.
—Eres mi esposa, ¿cómo crees que volveré como si nada? Cancelaré todo, aunque de seguro Santiago se molestará —respira con pesadez—. Renunciaré.
—No bromees con eso —sonríe tierna—. No me hagas hacer cuentas ahora, que me da dolor de cabeza, por encima te diré que mi tienda no da para todos estos gastos: la casa, la remodelación, esta clínica. Sé que Carolina pondrá un aporte, pero no será todo.
—Entiendo…
—El seguro no va a cubrir al cien por ciento este capricho —echa una vista rápida al lugar, desde su corta visión, la comodidad tiene un precio—, tampoco quiero meterme en papeleos por ahora, además, no creo que quieras volver a buscar trabajo remoto en línea.