«¡Hermano! ¡No puedo con esta tensión! ¿Por qué no publican nada? Hay demasiadas preguntas, mira eso, en la caja de comentarios no paran de escribir. ¿Qué pasó con Alicia? ¿Se cancelará el concierto de mañana? Ten en cuenta la diferencia de horarios. Sí, pero para llegar, ¡tendrían que volar, ya! No entiendo por qué en ningunas de sus redes dan señal de vida. Ya hasta hay hilos de gente molesta que exigen no perder su entrada. ¿Es que no son considerados? Un aleatorio por acá dice: nadie se ha muerto, no veo el problema… ¿Esto sí que es intenso, no?».
Se prenden las luces al abrir el ascensor. Santiago entra primero, con un dedo mide la cantidad de polvo. Curva la boca al ver que no está como pensaba, todo permanece limpio. Voltea para encarar a su acompañante, ella se detiene en seco. Al estar solos, los nervios se le alborotan y su corazón late deprisa. Se sonroja, haciendo obvia la escena que tiene en mente.
—¿En serio, amor? —él ríe.
—¿Cuándo fue la última vez que te hiciste un chequeo médico?
—¿Qué? —Santiago extiende sus brazos—. Me ganaste…
—Te lo pregunto de verdad —respira aliviada, la presión funcionó, decidió buscar en su lista mental los temas pendientes—. Yo terminé con los míos, todo está en orden para los planes que tenemos… —la vergüenza le regresa.
—¿Planes? —Con una mano se limpia la cara, como si así pudiera quitarse la frustración—. ¿Y si le bajamos un poco a la velocidad?
—No —arruga el rostro—, no uses metáforas que me recuerden al accidente.
—Eso… ¿si mejor hablamos de eso?
—¿Cómo voy a confiar en ti, si evades una simple pregunta?
—A ver. —Se sirve un vaso de agua, mientras lo bebe, contempla la botella de vino—. El último fue hace seis meses, como te habrás dado cuenta, tengo una madre similar a ti, que me atormenta cada año por estas cosas.
—¿Te atormenta?
—Estamos aquí, solos, con la noche por delante, ¿y prefieres hablar de formalidades?
—Es que… —Hamel comienza a sentir el peso del cuerpo—. Lo siento, solo que me dio un poco de tristeza saber que tus negocios serán la prioridad. —Se quita el collarín—. Entonces, ¿de qué otra cosa podríamos hablar?
—Sí que sabes dar en el punto, ¿no? —procesa con dolor esa frialdad—. Esa no es mi prioridad, sino, no estaría aquí. —En definitiva, necesitará de esa copa—. Pasa lo siguiente —el líquido rojo oscuro cae—, en este caso, no aplica. ¿Por qué?, me dirás. —Prueba un sorbo—. Sencillo: estás bien. Alicia también, y no es un compromiso que podamos cancelar, se puede, por supuesto que sí, pero es mejor evitarlo. —Le ofrece vino.
—No puedo, sabes que tomo el medicamento para la tiroides.
—Bueno, ese y otros más —ríe—, ¿me creerías si te digo que me acabo de ir a otro tiempo? Por un momento olvidé todo.
—Por eso tomas, ¿no? Para dejar de pensar.
Santiago mira la copa vacía con remordimiento. No tiene manera de probar lo contrario, ni siquiera sabe cómo decir que ella no tiene la razón, cuando todo apunta a que así mismo es.
—Te traje por un motivo —guarda la botella.
—¿Sabes? Creo que prefiero dormir —lo sigue hasta el estudio.
Prende las luces de todos los equipos, en la oscuridad se miran los colores que titilan hasta que quedan mezclados con la luz blanca de la lámpara, detrás de la computadora. Mete la mano en el equipo, cambia la luz por un anaranjado para dar ambiente. Le entrega los auriculares y la invita a tomar asiento en la silla giratoria. Ella acepta con cautela, no sabe qué esperar. Santiago gira la silla, dejándola de vista al sillón, reproduce la música y se va al mueble, atento a la cara de ella.
Hamel asiente ante el piano acompañado por un chelo, de pronto un vuelco en su pecho le invade al escuchar la voz de Santiago. Canta la misma canción que ella, en el día de la primera y casi única cita que han tenido. Contiene la risa, cruza la mirada con él, el bucle de la canción le remueve, dejándole los pelos de punta. Sonríe plácidamente, atenta a cada nota y se tapa la cara al escuchar su voz, mezclada con todo.
—Solo quería sentirme parte de tu nombre una vez más —canta susurrante—. Necesito escucharla de nuevo —habla alto, no escucha su propia voz, por los cascos.
—Como gustes —se levanta para ponerle de nuevo la canción.
Le encanta verla, pasó meses trabajando esa pieza para ella. Imaginando cada expresión que pondría. Ahora, al fin se ha cumplido ese sueño, es mejor, mucho más satisfactorio de lo que pensó. Hamel se pone de pie, le toma las manos y lo invita a dar vueltas al ritmo que solo ella escucha. Santiago ríe, siguiéndole el juego.
—No hay señales, ni luces, queda la ausencia, es la respuesta a todas tus formas de querer —ella canta, sin importarle estar afinada, solo alegre, con la emoción que se desborda.
Coloca los auriculares con cuidado en la mesa, se muerde un labio, indecisa de qué continúa.
—Me encanta —dice—, tiene ese toque…
A Santiago no le importan las palabras, tampoco es lo que esperaba, por lo que decide callar los halagos con un beso apasionado.
—Eso no es todo —le susurra, sin lograr apartar la vista de sus ojos.
—¿Hiciste otra canción?
—¿Por qué no miras bajo la tela en el sillón?
Sonríe coqueta, con un par de brincos se acerca, levanta de un tirón y se le paraliza la respiración al encontrarse con un gran peluche. Un gatito de ojos inseguros que sostiene una gran caja de bombones.
—No… —Hamel lo abraza, hace tiempo que quería tener uno. Desde que se mudó, regaló todos sus peluches.
—Me faltaron las flores, no sabía que te daría esto ahora, se suponía que iba a ser después, cuando regresara.
—Es obvio —sonríe—, no lo compraste todo hoy en el aeropuerto. —Se desploma en el sillón, apretando con mucha fuerza el peluche—. Me muero de cansancio.
—Me sorprendió que tuvieras energía para bailar. —Se une a su lado.
—Y pensar que me hubiera perdido de esto si… —cierra los ojos.