Mar de Sales

Olvidé lo que vivimos

Se levanta desorientada, con las manos se estruja el rostro. No recuerda en qué momento se quedó dormida. La voz de Santiago y sus manos paseando por su espalda, bajo la tela, es lo que le ronda en la mente.

Sale con su gatito de ojos desorientados. Lo deja en el mesón de la cocina, se aleja un par de pasos, atenta y observando:

—Luces como un tonto —le dice al peluche—, te pareces a mí.

No puede con los sentimientos tristes y angustiosos que la consumen. A medida que avanzan los minutos, ella empieza a esclarecer los recuerdos.

—¿Cómo sabía que eso me calmaría?

—Sencillo, piel con piel relaja —Santiago le prometió que pasearle la palma abierta por su espalda era la solución a sus problemas.

—Enserio, dime, alguien tuvo que haberlo dicho.

—¿Qué buscas Hamel? No te voy a hablar de esas experiencias —suspira, deteniendo el movimiento.

—Tú habías mencionado a uno que…

—Y no te daré nombres, ni buscarás nada. ¿Cúal es el punto? —Asiente ante el silencio—. Quizás fue demasiado capricho mío exigir que te quedaras despierta hasta tarde. —Se levanta del sillón, le ofrece la mano—. Te acompaño a la cama —sonríe ante la sorpresa de ella—, no será nada de eso, solo me aseguraré de que duermas bien.

Hamel suspira agotada y de un manotazo voltea el peluche.

—No me mires con esa cara, no seré tonta otra vez… —Cierra los ojos, hablar con un objeto no es precisamente la mejor forma de demostrarlo. Se apoya en el mesón, con ambas manos oculta su rostro y niega, moviendo la cabeza, evitando ceder al llanto.

La idea llega con rapidez. Deprimida, regresa al cuarto en busca del celular. Mientras teclea regresa a la cocina, a contarle a su amigo de felpa.

—¿Cómo no recordé que él tiene un registro en línea? Alguien tuvo que guardar esos detalles —sonríe al dar con un foro de fanáticos—. Exacto, acá tenemos la lista de parejas y es… —Las fotos la dejan helada.

De un manotazo deja el aparato en el mesón y levanta al gato, sentándolo de nuevo.

—No es justo sabes —llora, con los dedos mueve de manera suave su nariz.

Le preocupa el futuro, lo que todavía no se tiene pactado, pero los planes no son simples palabras soltadas al aire. No confía y quiere negar la certeza que siente, por más que lo intenta, una parte de sí condena a Santiago. Sabe que en algún momento la cambiará. No tiene cuerpo de modelo, como sus anteriores parejas, tampoco una edad prometedora.

El ruido del ascensor la asusta, de inmediato se adentra a la cocina para lavarse la cara. Observa inquieta la entrada, sin saber quien podría ser, si ayer el dueño le confirmó que no paga servicio de limpieza.

—Oh —Elú queda paralizada—, lo siento no sabía que estarías aquí.

—Hola —sonríe, o eso intenta.

—¿Estás bien? —se acerca—. Supe lo del accidente, hoy en la tarde iba a pasar a saludar… —corta las palabras al darse cuenta.

—Sí, estoy bien —Hamel aparta la mirada.

—Lo siento, vine a buscar una pista en la computadora, Santiago siempre olvida subirlas, no estoy aquí por otra cosa, por favor, no quiero malos entendidos —habla sin parar, igual de nerviosa—. Mira —deja el llavero sobre el mesón—, sí tú estás aquí, ya no necesito de esto. Era solo porque no había nadie.

—Espera —respira con dificultad—, ¿tú también sabes de lo nuestro?

—¿Era un secreto? —Elú se aleja, necesita un momento para recordar—. No, no, te prometo que Santiago y yo solo hablamos de trabajo.

—¿Si? —se cruza de brazos, las ganas de llorar se le han esfumado.

—Es por las fotos —levanta las manos, deseando quedar libre de culpa—. No es que estuviera revisando, él simplemente las dejó abiertas.

—¿Qué fotos?

—¿No lo sabes? —sonríe, aliviada de verla bajar los brazos—. Santiago tiene una carpeta, escondida entre otras carpetas, que está llena de fotos tuyas —ríe—, nunca lo había visto tan obsesionado. Te las mostraré.

Hamel la sigue hasta el estudio. Comparten un silencio incómodo mientras esperan a que el equipo encienda.

—Primero enviaré la pista —teclea rápido, abre varias ventanas en la pantalla—, le estamos consiguiendo a Rylan tantas colaboraciones… Listo —se hace a un lado, mostrando la dichosa carpeta.

Hamel se acerca, pensaba encontrar fotos, pero en su lugar, la pantalla está repleta de videos de las cámaras de seguridad.

—¿Qué?

—Me hubiera encantado ser esa chica —Elú los mira con tristeza—, a duras penas tenía cinco fotos mías en su celular. No me ha contado de ustedes, pero basta con observar un poco como te mira, y sé muy bien cuando le escribes, porque sonríe apenas lee tu nombre.

—Pero tú…

—No, ya nada de eso. —Se queda en silencio, indecisa y pensativa mientras Hamel toma asiento delante de la computadora—. Yo también tengo mi obsesión.

—¿Cómo? —de inmediato voltea, buscándole el rostro.

—Creo que Andrés me ha lanzado un hechizo —ríe avergonzada—, es que no dejo de pensarlo, pero es solo eso, no creo que le interese alguien mayor, como yo.

—Elena le lleva cinco años a Uno, eso no es un problema para ellos —ríe, aún incrédula—. No tienes que inventarte esto para hacerme sentir mejor, lo siento si me agarraste en un mal momento…

—Quisiera que fuera un invento —levanta los hombros, sonriente.

La sonrisa se le borra con rapidez, en un suspiro la deja escapar. De inmediato se abraza así misma con la pista perdida en la pantalla. Hamel se da cuenta, tampoco sabe que decir, quisiera hacerla prometer que nunca más estará con Santiago, pero ella no es el único problema.

—Bueno… —Elú rompe el silencio—, te dejo.

—Llévate las llaves.

—No hace falta…

—Santiago es quien decide eso, es su casa —dice, sin prestar atención a nada, solo mantiene la mirada fija en el icono del reproductor, conteniendo el aire, hasta que escucha la puerta cerrarse.

Cierra los ojos con profunda tristeza, no se entiende, no sabe reconocer ese sentimiento que se apodera. Confusión, dudas, desconfianza, comienza a buscar verbos que le den un sentido y, mientras mantiene su mente aturdida, reproduce un video. Luego otro, uno más. La imagen es un poco borrosa, tienen sonido, lo supo al escuchar un pequeño ruido escaparse por los auriculares. Se coloca los cascos, sigue en la tarea de husmear los videos, hasta que uno en particular le eriza los vellos del cuerpo. Ese día, en la ventana, al amanecer. Está frente al momento, la escena capturada del primer beso. Y lo vuelve a escuchar, lejano, distante, casi inentendible por la distancia, pero ella lo recuerda muy bien «Lo siento… Es que te veía similar a…».




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