No entiende, ni comprende a las personas. En definitiva su esposo tenía la razón: «no te hace falta el celular, solo vas a encontrar tonterías». Cada comentario que lee, le roba un suspiro lleno de frustración. Aún no concibe cómo pueden insinuar que el accidente fue a propósito. Alicia logró olvidar el dolor en todo el cuerpo por un momento, reemplazándolo por migraña. En cambio, la cuenta de la banda no para de ganar seguidores. Comienza a preguntarse, otra vez, cuánto movimiento tendría Rylan, si tuviera su cuenta pública y no un nombre aleatorio compuesto de letras y números sin sentido. «Es como si hubiera nacido para esto» susurra, la idea vuelve a quitarle el ánimo; hace la pantalla a un lado, escondiendo el celular bajo la almohada. Se queda en silencio, atenta al sonido del aire, es lo único que tiene en esta habitación, esa corriente invisible, fría y opresiva. «No pienses en ello» lo recuerda, como si aún estuviera a su lado. Se despertó triste, le habría encantado estar consciente en esa despedida.
—Un mes nada más. —Se cubre el rostro, escondiéndose del frío bajo la cobija.
—Llegué —Hamel abre la puerta—. ¿Me extrañaste?
—Parece que ya estás bien, me alegro —le sonríe, temía hacerle daño a causa de su imprudencia—. Te perdiste la visita de Elú, pero fue rápida, estaba apurada.
—¿Pasó por aquí? —Revisa la nevera, saca un jugo y con la confirmación de Alicia, procede a servirlo—. Ya la vi en el apartamento de Santiago.
—¿Qué hacía ahí?... No, espera, ¿qué hacías tú ahí? —sonríe con picardía.
—Pasamos la noche, pero no pasó nada, puedes quitar esa cara. —Le ayuda con la bebida, a la vez que disimula la vergüenza.
—Está bien, no bromearé con eso. Entiendo que es un tema que te angustia…
—Es que le mandé hace rato un audio de veinte minutos a Santiago, me dejé llevar y no sé cómo tomará todo eso.
—¿Y qué le dijiste? —le entrega el vaso.
Hamel da pasos cortos hasta dejar el vidrio sobre la mesa. De regreso, ante la cara que espera la respuesta, bufa y mira el suelo al hablar:
—Creo que es la confesión más detallada que recibirá en su vida, quizás no le guste o puede que sé de cuenta de lo tonta que estoy… y ya no me quiera.
—Tienes que aceptar que eres una cosa tierna —sonríe—. Nada de lo que digas hará que ese hombre cambie de opinión, tú tranquila.
—Eso espero.
Tocan la puerta, ambas miran con atención. Si fuera Carolina entraría sin pedir permiso y las enfermeras por lo general hablan antes de entrar.
—Adelante —Alicia alza la voz.
—¿Es aquí? —dice una anciana, se quita los lentes de sol para ver mejor.
—¡Abuela! —Hamel la recibe con alegría, se lanza sobre ella para abrazarla.
—Señora Elisa, un placer volver a verla.
—Y yo a ti, cariño —ríe, fascinada por lo melosa de su niña—. Ya estás grande para la gracia, ¿no?
—Nunca —responde sonriente.
La abuela se acerca a la cama, le revisa la temperatura a Alicia antes de quedarse observando el bulto bajo la cobija.
—¿Qué tan mal está?
—Ay, eso está horrible, mejor ni lo vea —Alicia bromea, pero el estómago igual se le contrae cada vez que piensa en su pierna.
—Ay mis niñas —suspira, toma asiento para recuperar el aire—. ¿Ya se fue el rebeldoso? Me imagino que sigue sin querer verme.
—Dale tiempo, abuela.
—Sí, ese cada vez está más… accesible.
—Ya pasaron dos años. ¿Qué más tiempo necesita? Yo estoy segura que quería deshacerse de mí.
—Pues… —Alicia mira a Hamel con obvia incomodidad—. Abuela, ¿sabes que Hamel tiene novio?
—¿Qué? ¡No!
—Que novio va a estar teniendo esta —la señala—, si te quedas con Andrés sería un milagro. El que está disponible, ¿todavía lo está verdad? Porque Omar, no mijita, ese si no va contigo.
—Abuela tampoco me quieras tanto.
—Hamel, tienes que comprender que la abuela tiene un punto —se cubre la cara, ríe por vergüenza.
—Pues no, Alicia tiene razón. Sí tengo novio. —Se cruza de brazos.
—A mí no me hagas ese puchero, a ver: ¿quién es? ¿Si existe?
Hamel siente el cuerpo frío, se le revuelven los sentimientos junto con las náuseas. Cierra los ojos y respira profundo. «Bien, ya está hecho». Con calma busca en su celular la conversación con Santiago, se acerca para mostrarle la foto:
—Es él, ¿si tienes los lentes?
—A ver —busca en su bolso, toma el aparato para observar de cerca—. ¿Pero este no es el otro cantante de la banda? ¿Me ven cara de tonta? ¿Cómo te voy a creer que estás saliendo con él?
—Sí, es con él, ¿qué tiene de malo?
—Es el hijo de los dueños de esta clínica, ese hombre no encaja en tu perfil —sigue inspeccionando la foto.
—¿Cómo que perfil? —Hamel ríe para no llorar.
—Es cierto abuela, hasta tiene una conversación de novios.
—Tú no ayudas nada.
—A ver —procede a leer los mensajes.
—No abuela, eso es privado. —Falla en la misión de recuperar el celular.
—¿Cómo que te ama? —La señora levanta el rostro, hasta con lentes le cuesta leer.
—¿Qué? —ambas se miran, alteradas.
—Acaba de enviar un mensaje dice… —titubea— es demasiado pronto, pero creo que te amo.
Hamel recupera su móvil de un manotazo, su rostro rojo la delata. De inmediato revisa la respuesta que tanto estaba esperando.
—Niña, yo no te enseñé a ser así, maleducada.
—Lo siento abuela es que… —las lágrimas le cortan las palabras—. Voy al baño —se encierra en la puerta de al lado.
Alicia sonríe nerviosa ante la duda de la señora Eliza, no sabía que esto escalaría de esta forma.
—Bueno… —murmura para romper la tensión— este… mañana me operan.
—¿Ya tienen listos todos los exámenes? ¿Cuándo te dan de alta?
—Sí, ya esta tarde entro en ayuno y sin nada de agua. Deja le escribo a Rylan, que todavía no le he comentado nada, ¿no quiere enviarle una foto?
—Ese ni me quiere ver.
—Pero sí la envio yo, está obligado, venga —la invita a su lado para posar.