Mar en versión beta

29. Tengo un plan

Kai

Seguirla en Instagram ayer no era mi siguiente paso. Mi plan era darle tiempo. Pero verla después de tantos días le dio un vuelco a todo.

Podría decir que la culpa fue del tirante de su vestido amarillo, que caía cada cinco minutos de su hombro. Incluso el roce de su pierna sería una buena excusa.

Pero la realidad es que extraño cada jodido centímetro de ella.

Seguirla solo fue para recordarle que existo. Qué no puedo arreglarle sus dudas pero sigo estando aquí.

Demasiada confianza le tengo al botón de seguir.

—¡Kai, nos nominaron! —grita mi padre y se acerca, corriendo y aplaudiendo, hasta encontrarse conmigo en la terraza.

—¿Qué dices? —respondo confundido.

—Llegó un email de la feria de tecnología —se recuesta a la mesa— estamos nominados en la categoría “Mejor proyecto ecológico del año”.

—¿Estás bromeando? —Sigo procesando— No me lo creo.

—¿Cómo voy a bromear? —me da un manotazo torpe en el hombro— acabo de leer el email y verifiqué que es de la feria.

Me agarro el pelo con una sonrisa amplia.

—Sabía que estábamos al nivel —en aquel momento se lo dije a Mila para animarla pero en realidad sé que lo estamos.

—¿Le dices a Mila? —pregunta mi padre.

La sonrisa se me cae. Él entiende. Desde aquel día todo ha sido remoto. Conversaciones profesionales por email. Nada que permita acercarnos.

—Tu madre me dijo… que han estado raros —dice con cautela, no suele meterse en ese terreno.

—Se enteró de que ayudé a su papá —murmuro—. Fue un desastre.

—Oh kid —asiente, me comprende—. Esas cosas duelen distinto.

Se sienta a mi lado.

—Mira, no sé la historia completa —dice—, pero sí sé cómo es querer a alguien que todavía está aprendiendo a confiar en el mundo.

Lo miro. Nunca me había hablado así.

—Cuando conocí a tu madre —continúa, casi riéndose de sí mismo— yo era un lío con piernas. Tenía planes, cero intención de sentar cabeza, y un miedo estúpido a que algo me importara.

Habla tranquilo, sin dar moralejas.

—Ella veía claro todo lo que yo no. Yo… tardé más —dice y se encoge de hombros—. Querer a alguien no es suficiente si no sabes cómo mantenerlo.

Y eso… eso sí me cae como un golpe en el estómago.

—No tengas prisa por entenderlo todo —añade—. A veces solo hace falta quedarse.

—¿Ahora te dicen el abogado del Amor? —bromeo para romper la intensidad del ambiente.

Suelta una carcajada y se recuesta en la silla.

—Las canas no son por gusto kid —me señala con el dedo— y sigue riéndote que vas por el mismo camino que yo.

—Ojalá —mi voz suena con admiración.

Se levanta, me pone la mano en el hombro.

—Dile lo de la nominación. Buenas noticias merecen compartirse. —me revuelve el pelo, hace una seña y se va.

Tengo que contarle a Mila.

Si pudiera hablar solo de eso, sin mencionar que la extraño, sería más fácil.

Subo al auto.

Cuatro semáforos y diez minutos después estoy frente a su puerta.

Toco el timbre.

—Voy —es la voz de Clara.

Abre. Se sorprende de verme.

—Hey Kai —saluda con curiosidad— Mila no está pero ¿quieres pasar?

—Oh, ok… no se preocupe —mi voz tiembla— dígale que nos nominaron para el premio a “Mejor proyecto ecológico” en la feria de tecnología.

Se tapa la boca con las manos.

—¡Felicidades! —su voz llena de energía— le digo a Mila cuando regrese de la entrevista.

Mis latidos se multiplicaron por diez en un instante.

—¿La de Stanford? —pregunto sin pensar.

—Sí, la tenía hoy a las dos.

—Ok, solo dígale de la nominación, le va a hacer ilusión.

—Le digo no te preocupes.

Me despido de Clara. Subo al auto.

La punzada en el pecho grita decepción. No es por la entrevista. Es por no haberla encontrado detrás de esa puerta.

Arranco sin rumbo, siempre llego al mar cuando no pongo mapa.

Suena una notificación de Whatsapp en el carplay.

“Arlo: salimos en el bote?

Manu: llevo cervezas?”

Envío audio:

“En veinte en el muelle, cerveza sin para mi”

Quiero celebrar.

Tengo motivos para hacerlo pero no todos.

***

Mila

Los labios secos y la necesidad incontrolable de contar con mi dedo índice no son buenos compañeros para entrar.

El edificio tiene paredes de vidrio y un logo naranja en la entrada que parpadea como un latido.

Dentro huele a café y a aire reciclado.

Pantallas por todos lados, gente tecleando, startups con nombres imposibles en las puertas transparentes.

El ex alumno de Stanford me espera junto a dos butacas con mesa de centro. Camisa azul remangada, portátil abierto y sonrisa ensayada.

—Mila, ¿verdad? Encantado. Soy Leo. —me extiende la mano y lo saludo.

Intento parecer segura mientras acomodo mi mochila en el centro junto a la botella de agua que no pienso abrir.

—Cuéntame un poco de ti —dice, como si fuera fácil.

Hablo del proyecto del arrecife, del sitio web, de Ocean Breeze, de todo lo que suena bonito y medible.

Él asiente, toma notas.

—Impresionante —dice—. ¿Qué te impulsó a hacerlo?

La pregunta flota.

No sé por qué, pero en mi cabeza aparece la voz de Kai.

“...si nadie más va a salvarlo, tal vez puedo intentarlo yo”.

—Supongo que quería ayudar a salvar el mar… —respondo, buscando las palabras— aunque no todo saliera perfecto.

Él sonríe, satisfecho con la respuesta.

Me pregunta qué espero de Stanford, y le hablo de aprender de diseño, de tecnología.

Todo lo correcto.

Pero mientras hablo, algo se aclara detrás del miedo: no necesito que él me crea capaz.

Necesito creerlo yo.

La entrevista termina con un apretón de manos y un “gracias por tu tiempo, Mila, mucha suerte”.

Me retiro y parece que floto hasta la salida. Me quedo parada unos segundos frente al reflejo en el vidrio del edificio. No sé cuándo va a parar de cambiar la versión que veo, pero al menos ya no parece esconderse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.