Mila
Pensar en sumergirme, después de tantos años, detiene el flujo de aire a mis pulmones, pero estar con él me lo puede devolver.
Luego de una larga ducha para quitarme la caminata de encima, me lanzo al cojín en el piso.
Busco el contacto de Manu y abro el chat.
“Mila: Hey, ¡necesito un favor!”
Contesta enseguida.
“Manu: dime”
“Mila: necesito que me lleves mañana a una de las cámaras.
“Manu: es para Kai?”
“Mila: si”
“Manu: te recojo a la 1, ¿llevo el equipo?”
“Mila: si, tx”
Cierro los mensajes. Abro el navegador. Busco papel que resista bajo el agua y no dañe el ecosistema.
Lo ordeno online, me llega en la mañana.
Todo preparado. Estoy lista.
***
Miro a la puerta como si no tuviera timbre. Tengo el traje de baño puesto debajo y la mochila en el hombro hace media hora. Careta de snorkel, pesos para anclar y hojas de papel mineral escritas con marcador negro, todos los ingredientes del plan.
Faltan cinco para la una y ya estoy sentada en el sofá, con la pierna moviéndose sin permiso. Escucho el auto de Manu. Trae enganchados dos jet skis.
Salgo con paso apurado y cuando llego al asiento del copiloto:
—Hey Mila —Arlo sentado allí.
—Hola chicos —los saludo y me siento detrás.
Me sorprendió ver a Arlo pero agradezco que haya venido.
—Y bueno, ¿cuál es el plan maestro? —pregunta Manu.
La curiosidad lo mata.
—Tenemos que ir a esta cámara —saco mi móvil entre sus asientos para que vean las coordenadas— Uno tiene que bajar hasta la cámara y el otro tomarme una foto —indico las tareas— ¿Cómo repartimos?
Se miran por un segundo como si tomaran la decisión por telepatía.
—Manu te tira la foto que tiene arte —lo señala Arlo.
—Dale, ahí vemos cómo la quieres —agrega Manu.
No saben cuánto agradezco lo que están haciendo, sé que lo hacen por Kai.
Veinte minutos hasta que llegamos al puerto. Manu y Arlo bajan los jetskis, estacionan cerca y nos cambiamos para salir.
Guardamos los dos carteles en el compartimento seco del jetski de Arlo.
Manu me pasa un chaleco salvavidas.
—Hoy no lo necesito —le digo convencida.
—¿Estás segura? —agrega Arlo.
—Si, estoy segura —asiento, aunque las manos me tiemblan.
Subo al jetski detrás de Manu.
Salimos.
El motor ruge suave y vamos directo a la boya donde está la cámara. El viento frío de enero me golpea la cara. Manu levanta la voz para que pueda escucharlo.
—Está a unos siete minutos. La corriente está bien hoy.
Eso debería tranquilizarme, pero no lo hace. No todavía.
Agarro más fuerte su cintura cuando una ola nos levanta. Manu ríe sin mirarme.
—Confía, Mila. No voy a dejar que te pase nada.
Lo sé. Ese no es el problema. El problema soy yo.
Llegamos a la boya. Manu y Arlo apagan el motor y los jet skis se quedan meciéndose, como si también dudaran.
Saco los carteles del compartimento seco. Ambos listos, con mi letra de medio lado, de tanto que me temblaba la mano al escribir.
—Toma este —le doy a Arlo uno de los carteles ya enganchado a dos pesos— colócalo justo en el ángulo de la cámara para que se vea completo.
—Como ordenes jefa —saluda con la mano en la cabeza como militar.
—Esperamos a que termines —le dice Manu.
Arlo se coloca la careta, tubo de snorkel y patas de ranas. Toma el cartel con los pesos. Nos hace una seña y se lanza al agua.
No debe tardar, solo bajar, colocar el cartel con el peso y subir.
—¿Cómo quieres que la haga? —pregunta Manu mientras esperamos.
—Bajamos un poco en el agua y me haces la foto con el cartel delante —le explico.
—Ok, pero bajamos solo lo suficiente para la foto —suena preocupado— y me dices enseguida si algo va mal.
—Listo —sonrio para tranquilizarlo.
Se preocupa por mí, sabe que tengo miedo.
Casi dos minutos después sale Arlo desesperado por aire. Jadea mientras sube de vuelta al Jet ski.
—Joder… eso está a más de diez metros seguro —respira acelerado— quedó listo.
Entro al sitio web y reviso la transmisión.
—Perfecto chicos —levanto el pulgar.
—Nuestro turno —anuncia Manu.
Asiento. Me coloco la careta y agarro el cartel con cuidado de no estrujarlo.
Respiro hondo.
Una, dos, tres veces.
Y me dejo caer.
El agua me abraza como un recuerdo que había querido olvidar.
Fría.
Densa.
Pero no me ahoga. No esta vez.
Manu desciende rápido, ágil como si tuviera branquias. Yo bajo despacio, moviendo las piernas como si fueran de acero.
Sostengo el cartel frente a mí. Manu me hace una seña desde abajo. El flash de su GoPro ilumina el agua verdosa.
Ahí, suspendida, con el cabello flotando alrededor y el corazón a mil, entiendo algo: No es el mar lo que me daba miedo. Era yo.
Salgo a la superficie con un grito que se disfraza de exhalación. Manu sube después, agitando el pelo.
Me siento en el jetski, respirando como si hubiera corrido kilómetros. El corazón todavía galopa, pero no es miedo. Es ganas.
—Te paso la foto en el muelle —dice Manu— ¿Qué viene ahora?
—Ahora solo tienen que entretenerlo —les hago una seña.
Vamos de vuelta al puerto. Recogemos todo. Las tareas están asignadas.
El plan va perfecto, solo espero que no sea tarde.
***
Kai
Abro las puertas del balcón por primera vez desde año nuevo. El aire frío entra de golpe y mueve las cortinas.
Mila vino ayer, buscándome.
Me tiro en mi lado de la cama. Miro al otro. Pienso en ella. Joder, otra vez en el mismo lugar.
La primera vez lo guardé todo. Voy directo al cajón de abajo del escritorio. Justo al lado del cubo de rubik. Y ahí está.
La caja.
La misma mierda que guardé con trece años. Un letrero rojo en la tapa: “No abrir.”
Editado: 27.01.2026