Mar en versión beta

31. Esta vez me quedo

Mila
No sé cuánto tiempo nos quedamos así, pegados, con el mar de fondo y las risas de Manu y Arlo perdiéndose a lo lejos.
Solo sé que su pecho sube y baja contra el mío y mi cuerpo por fin no quiere salir corriendo.
—Bueno, misión cumplida —dice Arlo, rompiendo el hechizo—. Yo no quiero ver más romance por hoy, que me sube el azúcar.
Manu suelta una carcajada.
—Nos vemos luego, tortolitos —agrega mientras le da un codazo a Kai.
Kai aprieta un poco mi cintura, como si en lugar de un abrazo fuera una respuesta.
—Lárguense ya —les dice, pero sonríe.
Arlo me guiña un ojo, Manu levanta la mano en un saludo rápido y se alejan por el muelle, discutiendo quién conduce el auto de vuelta.
Nos quedamos solos.
El muelle está casi vacío. Un par de turistas al final, una pareja que se hace fotos con el atardecer detrás.
El resto es agua, madera, y nosotros.
Kai se separa apenas unos centímetros. Lo justo para verme la cara.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.
Pienso la respuesta.
Podría decir “sí” y ya, pero hoy se trata de dejar de correr.
—Estoy aterrada —admito— y… bien. Las dos cosas.
Él asiente, como si la mezcla tuviera sentido.
—Ven —dice, y entrelaza sus dedos con los míos.
Caminamos en silencio hasta el final del muelle. El sol está a medio esconderse, el cielo en el punto perfecto de naranja.
Nos sentamos con los pies colgando sobre el agua. Siento las tablas frías a través de la tela de su sudadera. La que llevo prestada y que no ha dejado de oler a él.
—Me asustaste —su voz rompe el sonido de las olas.
—Salió bien el plan entonces —confieso.
Se ríe suave.
—Agradece porque un plan con esos dos tiene pocas posibilidades de éxito.
Le empujo el hombro con el mío.
El chiste afloja un poco la tensión que aún se agarra a mi estómago.
Nos quedamos mirando el horizonte.
No hay prisa.
—Cuando te vi en la foto… —comienza, y se detiene— joder, no sabía si quería gritar, llorar o tirarme al agua.
—Yo ya me tiré —respondo— escoge otra reacción.
Se ríe otra vez.
Me mira de lado, más serio.
—¿Por qué ahora, Mila?
Podría darle mil excusas: La charla con mi padre, la culpa, el miedo a perderlo. Pero la verdad es más simple.
—Ya no quiero vivir con miedo —digo.
Kai baja la vista a mis manos, que juegan con el borde de la sudadera.
—No lo hice solo por ti —añado rápido, antes de arrepentirme—. Lo hice por mí también. Pero… si hay alguien que merece que me arriesgue, eres tú.
Levanta la cabeza despacio.
—Aquel día me fui confundido, pero… —se detiene— tenía claro que si me ibas a mandar al carajo, quería que fueras tú, no tu miedo.
La frase me atraviesa. Antes habría salido corriendo, hoy solo quiero agarrar su mano más fuerte.
—Te hice daño —murmuro.
—Hey —me aprieta los dedos— tú no eres la única que la cagó.
Lo miro confundida.
—Te mentí —continúa—. Aunque fuera para ayudarte, no estuvo bien.
—Lo hiciste para cuidar de mi familia —respondo—. Fuiste más valiente que yo.
Kai niega con la cabeza.
—No es una competencia de valentía —traga saliva—. Solo quiero que lo sepas. No soy perfecto. No voy a serlo. Pero… estoy dispuesto a quedarme aunque las cosas se pongan feas —se ríe sin humor—. Muy romántico todo, ¿no?
—Es lo más romántico que me han dicho —contesto seria.
Nos miramos un segundo y los dos reímos al mismo tiempo, como si nos hubieran quitado un peso de encima. El sol termina de esconderse. Las luces del muelle se encienden una a una.
—¿Quieres subir? —pregunta Kai— No me fio de que Arlo no aparezca con una pancarta de “team Mila”.
—Eso suena muy Arlo, sí.
Se levanta, me ofrece la mano.
La tomo.
Camino a su lado, con la sudadera colgando hasta mitad de muslo y el mar detrás, más callado que nunca.

***
Kai
Subir a mi habitación con Mila agarrada de mi mano sí que se siente volver.
La recepcionista nos mira, sonríe. No pregunta nada. Debe haber visto de todo aquí. Caminamos por el pasillo. Abro la puerta de la habitación.
Todo está como lo dejé: la cama hecha, la laptop en el escritorio, la caja escondida donde siempre y las cortinas volando.
Mila me suelta la mano. Corre directo al balcón hasta chocar contra la baranda. Hacía eso todo el tiempo hace años.
Observo sus rizos volar. El vestido que asoma por debajo de la sudadera le sigue el ritmo.
Camino hasta ella.
La abrazo por detrás. Mi barbilla en su hombro.
Suspira.
—Somos especialistas en joderlo todo —se ríe.
—Tenemos que buscar otra especialidad, esta me va a matar.
Reímos juntos.
Se gira hacia mí. Sus manos se enredan entre sí, nerviosas.
Busca en el bolsillo de la sudadera.
Saca la piedra en forma de corazón. La gira. Tiene una inscripción. Lo recuerdo: la hice yo.
Un día sin más. No tenía que ser especial, no los estaba contando. Encontré esa piedra cerca del hotel y pensé en ella. Se la di y le pedí que se casara conmigo. Estupideces de trece años. Pero se siente igual de cierto. Acá estoy. Leyendo el mismo mensaje.
“Búscame siempre”
Debajo letras nuevas.
“Siempre regresaré”
—Quiero que te la quedes esta vez —me toma la mano y coloca la piedra.
Sus ojos brillan.
Aprieto la piedra fuerte. La beso en la frente.
—Ven quiero mostrarte algo —la agarro con mi manos por la cintura y la llevo despacio hacia la habitación.
Beso su hombro descubierto por la sudadera caída.
—Cierra los ojos —susurro en su oído.
Mila se sienta en el borde de la cama. Mira las sábanas y las roza apenas con los dedos. Cierra los ojos.
Saco la caja de la gaveta. Me siento a su lado.
—Abre ahora.
Se tapa la boca con las manos. Los ojos enormes y húmedos.
—¡No puedo creer que las tienes! —exclama mientras revisa las polaroids en detalle.
Me paso la mano por la cabeza.
—Si… eh —balbuceo— son recuerdos.
—Esta la tomó Manu —me muestra una de las fotos— casi me parto la cabeza por estar inventando.
—Te estaba cargando yo, no te ibas a caer —le digo entre risas.
Termina con las fotos y descubre los papeles.
—¿Y esto? —suelta una carcajada— qué tontos éramos.
Lee uno de los papeles en voz alta.
“Te traje pastelitos, ¿nos vemos en el almuerzo. <3 Kai”
—Awww, no me acordaba de esto —dice bajito.
—No vas a leerlos todos ahora —le reclamo.
—Por supuesto que si —mete las manos en la caja y los guarda en los puños— ¿o me los vas a quitar?
Se levanta provocando y se aleja de la cama.
—¿Quieres ver? —le suelto con picardía.
Me levanto de un salto y corro hacia ella. Nos perseguimos por la habitación. Brincamos por encima de la cama. Mila no para de reir.
La agarro por la cintura y la neutralizo en la cama. Quedamos los dos agotados de la risa sobre el colchón.
Ella suelta los papeles. Se gira hacia mí. Quedamos de frente.
Acaricia mi cara despacio. Recorre mi cuello hasta la nuca. Sus dedos se enredan en mi pelo.
Me acerco. Siento su respiración, lenta, paciente. Mi mano en su cintura, está cómoda ahí.
Beso la punta de su nariz. Cierra los ojos. Le toma unos segundos rozar mi boca. Apenas siento la humedad de sus labios.
Muevo mi mano a su cuello.
Nos besamos. Sin prisa. Disfrutando el sabor.
Cuando terminamos quedamos a centímetros. Estiro uno de sus rizos. Ella sonríe.
—No vuelvas a cerrarte —le pido mirándola fijo.
—No más, lo prometo —se centra en mis ojos.
La sonrisa se le borra de momento.
—¿Y Stanford? —pregunta.
—Yo quiero intentarlo —le aseguro— ¿Y tú?
—Yo también.
—Entonces lo resolveremos.
La traigo hacia mi brazo. Quedamos los dos mirando al techo.
—¿Te quedas conmigo? —pregunto casi en susurro.
—Vas rápido ehh —responde entres risas.
—Yo diría que voy lento —me río también.
Se gira. Apoya la barbilla sobre mi pecho.
—Solo si robamos comida de la cocina —me aprieta la nariz— necesito energía después de tanta intensidad.
—Yo diría que necesitas energía para la intensidad que viene.
La agarro de la cintura. Me giro rápido y a ella conmigo. Quedo sobre ella.
La beso en el cuello por unos segundos. Le hago cosquillas en el abdomen y suelta una carcajada escandalosa.
Me levanto. Le ofrezco la mano para levantarla. La toma. Se levanta con impulso hasta mi. Quedamos pegados. Su manos alrededor de mi cuello. Las mías en la parte más baja de su espalda.
—Vamos ahora que luego no vamos a salir más —le digo.
—Le escribo a mamá entonces. ¿Le digo que me raptaste?
—Yo tengo que avisarle a tu padre que hoy no puedo ir. ¿Le digo que te rapté?
Nos reímos.
Salimos en busca de comida. Sin soltarnos las manos.
Cuidando que no nos vean. No queremos perder el tiempo.
Ella está aquí.
Conmigo.
Y esta vez, ninguno de los dos tiene miedo de quedarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.